LIGEROS APUNTES DE LA VIDA MERCANTIL Y MINERA DE VICENTE IRIZAR
Autobiografía
"Nací en Elgoibar el 9 de marzo de 1.834 a las cinco de la
tarde, siendo bautizado al día siguiente en la Iglesia Parroquial matriz
de San Bartolomé, por el Sr. Párroco Don Cosme Damián
de Arluciaga. Mi padre, Don Vicente Irizar Echevarría, fue de los principales
fabricantes de acero de la Provincia y murió en 1.846. Mi madre, Doña
Agustina de Aróstegui, ya había muerto para entonces y por eso
a partir de esas fechas, cuando solo tenía doce años, me encontré
huérfano y al cargo de mis tíos y tutores Don José Clemente
Echevarría y Don Francisco de Aróstegui.
Pronto di cuenta de mi despierta inteligencia de niño, y el año
48, cuando solo tenía catorce años, recibí en Oñate
el grado de bachiller en filosofía. Entonces mis tutores me comunicaron
que por estar ya agotados los escasos bienes de fortuna que heredé
de mis padres, no les era factible el seguir costeándome mis estudios.
Determiné por ello, más tarde, el marchar a Bélgica con
el objeto de aprender allí la fabricación de acero que había
sido la industria de mi padre. Pero un incidente casual me hizo desistir de
mi propósito.
Así, el 10 de marzo de 1.850, cumplidos los dieciséis años,
salí de Vergara con el objeto de embarcarme para Méjico, donde
me ofrecían un puesto en el Mineral de las Nieves. Tomé pasaje
en Burdeos, en el "Providence", fragata de vela de doscientas toneladas,
y levamos ancla para América el día 22 de marzo. El barco, que
llevaba doce hombres de tripulación y cuatro pasajeros, iba al mando
del capitán Fourcade. Navegamos con viento fresco y mar gruesa, al
grado que estuve ocho días con fuerte mareo. Llevábamos treinta
días de navegación, cuando se vino una calma que nos tuvo una
semana inmovilizados, hasta que por fin una tarde fondeamos frente a la barra
de Tampico, después de cuarenta y seis díasde travesía.
El capitán Fourcade me propuso que siguiera con ellos en el barco,
pues pensaba ir al África a comprar negros para llevarlos a Cuba, cosa
que resultaba un buen negocio. Pero yo me negué por tener ya compromiso
con el Sr. Medinabeitia en Zacatecas. A mi llegada a Tampico el cólera
morbo asolaba el país. Compré allí un caballo ensillado
y alquilé un mozo para que me condujera a San Luis de Potosí,
y una vez allí me atacó la terrible epidemia poniéndome
al borde de la sepultura. Quiso Dios que así no fuese, y una vez terminada
la convalecencia me dirigí a Cedral, camino del Mineral de las Nieves.
Llegué bien molido a casa de Don Juan Igueravide, y estaba allí
descansando algunos días después, cuando llegó, de paso
para sus haciendas, Don Francisco Sáinz de la Maza. Se interesó
por mí y, enterado de mis propósitos, me ofreció que
me quedase con él en vez de irme a refundir plata en el desierto norteño
de Zacatecas.
Entré pues de encargado, el 5 de agosto de dicho año, en el
escritorio del pequeño banco de avio que tenía Don Santos en
Catorce, que se dedicaba al comercio de la plata y al de toda clase de géneros
y bebidas. Su capital ascendía entonces a unos cuatrocientos mil pesos,
cuya mayor parte consistía en deudas de cobro difícil, en algunas
existencias en numerario, en la hacienda "La Pastoriza", y en una
parte de otra hacienda denominada "La Carbonera" que había
comprado ese mismo año a los herederos de Elorza.
Nuestra casa, la "Casa Maza", como ya entonces se la empezaba a
llamar, había tomad algún auge y en ella compraban productos
algunos tenderos cuando les escaseaban mientras no les llegaban desde Tampico,
único puesto del que podíamos abastecernos. Otro establecimiento
era el de los Sres. Arguisones y Baranda, que tenían la manía
de tratar directamente con Don Santos y ajustar con él los precios
al por mayor en paquetes cerrados, tal como nosotros los recibíamos.
Pero después, empezaban a hacer calas en los paquetes de pasas de Málaga,
en los de fideos de Cádiz o en cualquier otra mercancía, y nos
dejaban un sin número de cajas abiertas y despreciadas. Estas pérdidas
por un lado, y las fiestas que en ellas organizaban los ratones, me traían
aburrido y molesto con las pequeñeces de los Sres. Arguisones y Baranda.
En este tiempo, la tienda de los señores Duque y Rodríguez vino
a menos. Y como nos debían una fuerte suma y no podían pagarnos,
nos cobramos traspasándole la tienda "La Abundancia". Pasamos
a ella todos los efectos que constituían nuestro almacén y se
puso al cargo del establecimiento a Don Ventura Gómez, ompatriota e
inteligente en el ramo del menudeo, pero lo contrario para los números.
Así es, que tuve que ser yo el que me ocupara de calcular las facturas,
hacer los balances, etc.
Para fines de este año, todas las esperanzas de que las explotaciones
mineras de Catorce prosperaran se fundaban el la Compañía llamada
"Restauradora" que había continuado el socavón de
Guadalupe hasta el tiro de Concepción, haciéndose posible con
ello que al año siguiente dieran comienzo los desagües. Su costo
fue muy elevado. A ello contribuyó la dificultad de los trabajos y
el gasto de manutención de las caballerías que se empleaban
para el bombeo de las aguas. Y ello, porque el precio del maíz era
caro y faltaban los pastos, debido a la sequía que sufría la
comarca. Se pudo no obstante bajar el agua del nivel de la sangría
de Santa Brígida, y bajaron a los labrados el Sr. Coghlan y Don Antonio
Hernández entre otros. Se descubrió que estaban en bonanza,
pero el fracaso fue completo
porque no se pudo encontrar la costalera de metales que se buscaba, y que
existía según las declaraciones que Don Matías Aguirre
hiciese en el momento de "cortar sogas" (abandonar la mina).
El Sr. Pavia se permitió decir entonces que dichas declaraciones no
eran ciertas y tuvimos un altercado porque yo le repliqué que Don Matías
no era capaz de mentir. Por fin se aclaró todo, cuando él mismo
manifestó que la mina había sido desaguada anteriormente por
otra compañía hasta la sangría de Santa Brígida,
pero sin penetrar en ella. Y como dicha sangría tenía bastante
desnivel, y los dueños de la mina trabajaban "aguas arriba",
alguien debió penetrar por el lado de la mina y sacar la costalera
de metales sin que la compañía desaguadora, que no pudo vencer
el agua ni desaguar completamente el tiro, se diera cuenta de ello.
Después del fracaso, la Restauradora se limitó a trabajar los
altos y las minas de (ilegible) y Escondida por los socavones de Dolores.
Se redujeron mucho sus ganancias y el Sr. Pavia se marchó a Guanajuato,
encargándose de las minas y de la hacienda de beneficio de Doña
Victoria Rul de Pérez Gálvez. Con la tremenda sequía
de los años 50 y 51 había bajado mucho el nivel del agua en
todas las minas. La "Unión Catorceña", que estaba
trabajando en estas fechas en el socavón de
Santiago, se vio favorecida por estas circunstancias al descubrirse, por el
palero llamado "El Chamuscado", que el tiro de Milagros estaba seco.
La importancia de esta noticia era tal, que al principio no me la creí.
El tiro de Milagros estaba abandonado por impracticable desde hacía
muchos años, y este acontecimiento podía traer la prosperidad
a nuestro pueblo.
Por el tiro se pudo bajar hasta la sangría de San Juan, auténtico
plan de la mina, y hallarse a su poniente dos pozos, también en desuso,
de los que se sacaron muestras de magnífica ley. Esto animó
a todos, y se acometieron de inmediato los trabajos de explotación
de estos minerales. Pero poco duró esta alegría porque, al avanzar
los pozos en blando, vino otra vez el agua, disminuyendo su rentabilidad por
las dificultades que esto suponía.
Una vez más se encontraban los catorceños con el enemigo de
siempre: el agua. La capa caliza de toda la sierra de Catorce es como una
mala azotea cubierta de aperturas. En la época de las lluvias, los
torrentes de agua circulan por esas grietas, y el minero que tropieza con
una de ellas es verdaderamente "hombre al agua", pues se inundan
las galerías y es necesario suspender las faenas porque sería
preciso disponer de máquinas muy potentes para poder desaguarlas. Sin
embargo cuando es temporada de sequía no hay tanta agua en las vetas
y se puede achicar con gran facilidad.
Esto fue lo que pasó en los pozos. Había que comenzar de nuevo
tratando de buscar la veta del mineral a otros niveles por donde no penetrara
el agua. Como el tiro de Milagros permanecía seco, se profundizaron
cincuenta metros más, tratando de dejarlo por debajo de los pozos y
avanzar una sangría hacia el poniente que
diera con la veta. En todas estas operaciones se había gastado una
fuerte suma de pesos y los accionistas de la compañía, entre
los que se encontraba Don Santos con parte muy principal, empezaron a desconfiar.
Se temía un nuevo fracaso a los que ya estábamos acostumbrados,
y se decidió suspender los trabajos.
A pesar de todo, el Sr. Amestoy, encargado de la mina, decidió seguir
avanzando la nueva sangría a la que bautizó "Peor es nada",
y con este espíritu de derrota se descubrió la que iba a ser
una gran bonanza. A los pocos barrenazos se trajo sobre la veta el agua a
los pozos antes dichos, dejándolos secos. El agua había penetrado
por la galería, siguió por el tiro, y cupo toda en los setenta
metros que tenía de longitud. En resumen: se había quitado el
tapón de la bañera.
Inmediatamente se reanudaron los trabajos en el tiro Milagros avanzándose
la sangría, que no tardó en alcanzar frutos riquísimos
y que constituyeron la gran bonanza del salón de las bombas, en donde
se destapó el abra que inundaba periódicamente la mina. La prosperidad
alcanzada por la mina de San Agustín trajo gente de otros minerales,
como Veta Grande y Zacatecas, que se hallaban en decadencia. De los ocho mil
habitantes que decíamos al principio, se había pasado a veinte
mil convirtiéndose la apacible ciudad en un mare mágnum donde
era muy difícil conservar el orden.
Se ideó por los responsables formar unas guardias de fin de semana.
Algunos operarios escogidos se alistaban voluntarios en el cuartel los sábados
por la tarde, con el fin de ganarse una paga extra. Vestían uniformes
ingleses, de paño gris, con enormes gorras grises también y
rematados con borlones colorados. Por ello se les denominaban "Crestones",
dado el aspecto de gallos que ofrecían. Pues bien, a pesar de todo,
las borracheras eran fenomenales y las peleas a puñaladas en
medio de la calle, entre Zacatecas y Catorceños, estaban a la orden
del día. No habiendo día festivo en que no hubiera un par de
muertos y varios heridos.
Sin embargo dentro de la población, aparte estos hechos, la seguridad
de las personas y de las cosas era absoluta. Los robos que se cometían
se llevaban a cabo siempre fuera, en los caminos reales, y a manos de cuadrillas
capitaneadas por famosos bandidos, como "El Amito", que una vez
asaltó en el Garabatillo, a las puertas de San Luis de Potosí,
una recua de mulos cargada de "duros", con la que marchaba Don Juan
Pereda de Catorce.
El Amito, organizándose en el mismo San Luis de Potosí, llegó
a Garabatillo, venció a la escolta de soldados de la Nación,
dejó herido al conductor y a Pereda, y arreó las mulas cargadas
de dinero llevándoselas rumbo a Lagos. Los rancheros de Gallinas y
otros puntos del camino que supieron de la fechoría del Amito, salieron
en persecución de los bandidos, apresando a algunos, pero recuperando
solo unos cinco mil pesos de los cincuenta y cinco mil que llevaba Pereda,
de entre los cuales cuarenta mil eran de la Casa Maza.
Estos hechos no fueron frecuentes ni durante el Gobierno del Sr. Presidente
Arista, que mandaba en el país cuando yo llegué, ni después
durante el del General Santa Ana, declarado Alteza Serenísima. Pero
cuando la caída de éste sobrevino (agosto de 1.855) y las leyes
de reforma trajeron la guerra civil, llamada de los tres años, (a partir
de enero de 1.858) y la subsiguiente intervención, (diciembre de 1.861)
entonces sí, campeó el desordenen todo Méjico y los asaltos
menudearon.
Todo esto hizo que Don Santos y Don Pedro tratasen de conseguir del Gobierno
el establecimiento de una casa de la moneda en Catorce que traería
muchas ventajas y progreso al Mineral, como sucedía en Guanajuato y
Zacatecas, que tenían la suya. Cuando el General López de Santa
Ana subió al poder, (1.853) trabajamos con ahínco para que nuestras
aspiraciones se hiciesen realidad, acumulando los datos necesarios que nos
facilitó el director de la casa de la moneda de México. Llevábamos
estos preliminares con prudencia para que no se enterasen los potosinos y
se opusieran a nuestro proyecto, y ya estaba el contrato con el Gobierno prácticamente
hecho, no faltando más que la firma del Presidente, cuando Santa Ana
tuvo que ir con sus tropas a sofocar el movimiento revolucionario de Los Pintos.
Y aunque le siguió un comisionado en busca de su firma, tuvo que volverse
sin ella porque el General fue derrotado y cayó su Gobierno.
En estos tiempos había en Catorce una pequeña guarnición
de batería de montaña que acababa de recibir órdenes
de retirarse a San Luis de Potosí. Al marcharse, el 10 de agosto de
1.855 en unión del administrador de rentas que llevaba 2 dos mil pesos
recaudados, lo hacían conduciendo una cuerda de voluntarios por fuerza,
que era el sistema que se empleaba entonces para el reclutamiento de soldados.
Viendo esto los operarios de Catorce, e irritados por el procedimiento, aprovecharon
las ventajas que les ofrecía el terreno y acometieron a los soldados
dispersándolos. Liberaron a los forzados y le quitaron el dinero al
recaudador, entregándolo en depósito a la casa de Don Santos
para que este lo repartiese entre sus dueños.
Durante esta trifulca, subía yo en mulo por la cuesta de Los Catorce
conduciendo cuarenta mil pesos, cuando recibí el recado de que entrara
en cause, sin saber por qué razón. Enterado del motivo, me detuve
allí algún tiempo, y cuando llegué a Catorce todo estaba
tranquilo. Al día siguiente recibía Doña Juliana Rentería,
sobrina del cura Párroco, una carta del Coronel N. que con el escuadrón
de Salinas había salido del Cedral, en la que se decía: "Voy
con mis tropas a castigar al pueblo de Catorce y lavar la ofensa hecha a los
artilleros".
Confiada la noticia a tan noble señora, pronto pasó a ser del
dominio de las comadres y no más tarde secreto a voces. Semejante imprudencia
trajo, como era natural, la conmoción consiguiente alborotándose
todo el pueblo que pasó a ocupar las alturas y entradas de la población,
dispuestos a defenderse y a no dejar entrar al coronelito. Para evitar lo
terrible de la situación, se les ocurrió a algunos notables
de Catorce salir en comisión al encuentro del Coronel para disuadirlo
de su intento. Cuando volvieron, a las ocho de la noche, después de
lograr el objetivo, el pueblo en pleno los recibió con vítores,
pidieron música, y empezaron a mezclarse algunas pedradas con los "vivas"
y a exigir en las tiendas de abarrote que se les diera vino gratis para celebrarlo.
Y como eran muchos y los dependientes no daban abasto, comenzaron a saltar
los mostradores para coger ellos mismos las botellas de licor. No tardaron
mucho en ponerse algunos a la cabeza de los amotinados, ya borrachos, para
dirigirse a donde había cosas de más valor de las que apoderarse,
y situándose frente a la Casa Maza empezaron a gritar ¡Aquí!
¡Aquí!
Sorprendido por los gritos, salí de casa tratando de averiguar lo que
pasaba en "La Abundancia", y pude ver a tres operarios con gabardinas
que nada tenían de borrachos. No me gustó nada esto y volví
a casa a decirle a Don Santos que veía la cosa muy seria. Desgraciadamente
no tardó mucho en confirmarse mi temor. Siguieron los gritos, pedradas
y desórdenes, y el cura y los vecinos principales exhortaban a la paz.
El Párroco sacó el Divinísimo a las puertas del Templo,
pero todo fue en vano pues los ánimos estaban muy exaltados y los más
se excusaban ante el Reverendo diciéndose borrachos.
Seguidamente comenzaron a derribar las puertas del escritorio de nuestra casa,
que no estaban hechas para resistir muchos embistes, y a los pocos porrazos
abrieron una brecha en un postigo, al lado del almacén. Temiendo yo
lo irremediable de la situación, cogí una talega de pesos, subí
a la azotea, y empecé a tirarlos a puñados hacia la calle abajo.
Con ello logramos retirar el populacho de las puertas y nos dio tiempo a atrincherarlas
colocando detrás algunas cajas de acero.
Extenuados por el esfuerzo, comenzábamos a recobrarnos, cuando vino
a distraer nuestra atención un hecho todavía más grave.
En la casa de Blanco les habían recibido a balazos y esto había
motivado lógicamente las iras de los amotinados. Temiendo no ya por
las existencias, sino por nuestras propias vidas, y sintiéndonos inseguros
en la casa, aprovechamos el desorden existente para trasladarnos a la inmediata
Parroquia, llevándonos envueltos en mantas a los dos hijos de Don Santos,
Marciala y Gregorio, de nueve y seis años respectivamente. Dejé
a los jefes y chicos en el Baptisterio y subí a la cubierta para ver
desde allí lo que acontecía en la casa de Blanco. La situación
de aquella familia no podía ser más desesperada. El pueblo se
había apoderado de todas las dependencias de la
casa y había saqueado la tienda de ropa que había en ella, perteneciente
a Don Ildefonso Blanco. Don José Blanco en unión de Manuelito
Blanco, de Doña Juana Gómez de la Puente y de las hijas de esta,
se habían refugiado en una bodega pasando por un orificio antiguo capaz
para una sola persona, que era su única entrada. Instalada la familia,
se había preparado una trinchera de sacos de sal y se había
parapetado pistola en mano frente al agujero esperando acontecimientos.
El populacho, al penetrar en la casa y hallarla vacía, creyó
que se habían fugado por la azotea de la casa inmediata. Ya iban a
invadir dicha casa, tratando de perseguirlos hasta el fin, cuando alguien
les encontró escondidos en la bodega y dio la voz de alarma. Quisieron
penetrar por el agujero, y los dos primeros que lo intentaron cayeron atravesados,
uno tras otro, por un balazo de la pistola dragona de Don José. En
esto, se les ocurrió que en la alhóndiga estaban encerrados
los dos cañones que abandonasen los artilleros en su huida de Catorce.
Los sacaron a la calle, apuntaron a una puerta creyendo que era la de la bodega,
y dispararon a bocajarro. El estruendo fue tremendo, y del pepinazo murieron
un sin número de amotinados que estaban detrás de esa puerta,
en el zaguán, tratando de penetrar, como ellos, en la bodega de los
Blancos. Fácilmente se comprenderá las angustias que pasábamos
en semejante situación, desde las once de la noche hasta las tres de
la mañana, hora en que comenzó a caer una ligera llovizna. Para
entonces muchos se habían retirado ya con los objetos robados disputándoselos
a puñaladas. Pero muchos todavía, seguían obstinados
ante la casa de Blanco dispuestos a acabar con Don José y la familia.Fue
una inspiración el que a esa hora, se me ocurriera anticipar el toque
del alba para que creyesen que estaba llegando el día. Encargué
al sacristán que así lo hiciese, y efectivamente, como por encanto,
se retiró la chusma que no quería ser reconocida. Tres días
después se descubrieron a los principales cabecillas de la insurrección,
se les arrestó, y así acabó todo cuanto aconteció
en la aciaga e inolvidable noche del 11 de agosto de 1.855, a la que se le
llamó "La del agarre". ¿Causas? Las indicadas al comienzo
de la narración y la nueva inundación de la mina de San Agustín
que había dejado sin trabajo a numerosos mineros.
La época que siguió fue de una inseguridad total en el país.
Los Gobiernos eran derrocados unos tras otros (1.855 General Álvarez
- 1.856 Comonfort - 1.857 Juárez) y esto los imposibilitaba para mantener
el orden público. Las revoluciones menudearon por doquier, y en Catorce
nos vimos obligados a formar una guardia de vecinos con cien rifles del Mississipi,
de la que fueron capitanes honorarios Don Santos y Don Pedro Blanco. Tal estado
de cosas acabó por amedrentar a Don Ventura Gómez que decidió
marcharse a Cuba, su tierra natal. Pasé entonces yo, el año
56, a ocupar su puesto al frente de la Abundancia, con participación
de los beneficios que produjese y sin perjuicio de continuar en el escritorio
a ciertas horas. Afortunadamente estaba allí como dependiente mayor
José Gómez, joven activo, honrado y de buen mostrador, quien
me ayudó mucho con sus conocimientos, ocupándome yo principalmente
de la contabilidad y de las compras al por
mayor El primer año estuve preocupado hasta conocer el resultado del
balance. La gente que teníaen la panadería acostumbraba, a pesar
de mi vigilancia, a rapiñar pequeñas cosas. Yo pensaba que aunque
no eran grandes cantidades, una gotera diaria es capaz de arruinar a cualquier
establecimiento. Y por ello quedé muy satisfecho cuando practicado
el balance, supe que el año había sido positivo, incluso más
que cualquiera de los anteriores. La suerte y mi trabajo contribuyeron a que
en los años siguientes aumentara considerablemente el capital de Don
Santos. Hasta tal punto, que se pudieron hacer nuevas inversiones y fundamos
en Matehuala una sucursal de la Casa Maza, que se llamó "La Aurora",
y que después traspasamos a Don Pedro de la Maza. Se adquirió
también, a los señores Prieto, la parte de la hacienda "La
Carbonera" que no nos pertenecía, y a Don Alejandro Aguirre, la
de Vanegas.
En 1.857 vino al Mineral Don Gregorio Cortina, socio de la casa García
y Cortina, a ofrecerse a Don Santos para gestionar nuevamente el asunto de
la fracasada casa de la moneda en Catorce. Tenía la seguridad de que
obtendría por fin el tan esperado contracto, pero necesitaba para ello
toda la documentación anterior que teníamos en la casa. Desde
el primer momento sospeché algo raro, pero no tuve más remedio
que entregársela. Y el Sr. Cortina, apenas la tuvo, corrió a
ver al banquero Don Cayetano Rubio a proponerle un negocio bien distinto.
Quería arrendar la casa de la moneda de San Luis de Potosí y
después traspasar a mi jefe y a Don Pedro Blanco el 50% de las acciones,
quedándose ellos un buen dinero, y evitando así que se abriese
la de Catorce, que en nada beneficiaría a la de San
Luis. Pero necesitaban de alguna forma la seguridad de que Don Santos aceptaría.
El se encargaría de ello. Bastaba según pensaba, como así
fue en realidad, para embaucar a Maza, el añadir una cláusula
en el contrato de arrendamiento por la que se les concedía a los arrendatarios
la facultad de abrir la de Catorce sin necesidad de cerrar la de San Luis.
La celada estaba urdida. Don Santos picó, pero no Don Pedro Blanco.
Se cerró el trato y nuevamente quedó abortada la vieja idea
de conseguir una fábrica de moneda para Catorce.
Después resultó que lo que mal empezó acabó bien.
Porque la mina de San Agustín con sus productos hizo subir hasta tres
millones de pesos la acuñación de monedas, que hasta entonces
no había pasado del millón y medio. Y con ello la Casa Maza
obtuvo grandes ganancias. Este mismo año, en agosto si mal no recuerdo,
llegó a este sitio el General Vidaurre de paso para San Luis de Potosí.
Llamó a los principales de Catorce, y fueron entre otros Don Santos
y Don Pedro Blanco a los que les conminó a que pagasen cada uno diecisiete
mil pesos, especie de multa a título de préstamo forzoso, entendiéndose
que si se negaban a
hacerlo serían expulsados del país. Don Pedro determinó
desde este mismo momento que se le diese el pasaporte; que él se iba.
Don Santos en cambio no se decidió en ningún sentido y por ello
se dieron órdenes al jefe político de Catorce para que hiciese
cumplimentar la orden de destierro. Pero antes de que sucediese, teniendo
ya mi jefe incluso el pasaporte en el bolsillo, decidió que sería
mejor acceder a los deseos de Vidaurre. Por ello, me envió a su encuentro.
Llegué a la hacienda Guadalupe donde pernoctaba, dos días después
de que todo esto aconteciese y entregado el dinero volví a Catorce
con una carta del General, dando
órdenes de que levantase a Don Santos el castigo impuesto. El Sr. Blanco
salió a los pocos días siguiendo un itinerario marcado de antemano
y llegó al
puerto de Matamoros, precisamente en una época del año en que
el clima era insufrible, y tuvo que añadir a sus pesares la tremenda
pena de ver morir a varios de su séquito y a su pequeña y preciosa
hija Mauricia. Embarcó para España e invirtió allí
sus ganancias comprando varias fincas en Madrid.
La situación general del país siguió siendo deplorable.
Los revolucionarios tenían amedrentados a los vecinos de las ciudades
y los pueblos y los negocios iban a la
bancarrota porque los préstamos forzosos se hacían cada vez
más frecuentes y arruinaban hasta las más fuertes economías.
Nuestra casa no podía ser una excepción y para evitar la hecatombe
les expuse un plan a mis jefes que consistía en establecer exportaciones
periódicas de plata. Se trataba de que, ya que no podíamos librarnos
de las dichosas imposiciones forzosas, negociásemos con el Gobierno
para que los derechos que se devengasen por las dichas exportaciones se considerasen
abonados a buena cuenta y nos fuesen deducidos cuando estos "préstamos"
se nos exigieran. Accedieron Don Santos y Don Francisco de la Maza a lo que
les proponía, y una vez conseguido del Gobierno lo que solicitábamos,
la mayor dificultad estaba en transportar la mercancía desde Catorce
al puerto de Tampico, a través de caminos infestados, no solo por las
hordas revolucionarias, sino de cuadrillas de bandidos que corrían
libremente los campos y hasta las poblaciones.
Mi edad y mi ilusión de entonces me permitieron saltar los obstáculos,
afrontando la peligrosa situación y se pudo convertir, por este procedimiento,
en cuantiosas ganancias lo que para casi todos fue la ruina inevitable. Esta
clase de negocios, a los que no estábamos acostumbrados, nos obligaron
a invertir cantidades fabulosas, llegando a ser de tal importancia el monto
de las operaciones que Don Pedro de la Maza tuvo que cerrar su tienda de ropas
de Matehuala y trasladarse a
Matamoros para ocuparse directamente de los embarques. Se formó entonces
una nueva sociedad (1.857) en la que Don Pedro y Don Santos se unieron con
un 40% a los Sres. Larrache y Juan Martiñema, que se dedicaban a estos
menesteres, y se empezó a girar bajo el nombre comercial de Maza-Larrache.
En el año de 1.859 por orden del Gobernador Don Santos Degollado, se
impone a Catorce un nuevo préstamo forzoso de veinte mil pesos, que
empieza a colmar la paciencia de todos. Se niegan pues a pagar y, como recurso
para presionarnos, el Gobernador mete a la cárcel a nuestro Don Santos,
que entonces ya era considerado como un jefe por todos los españoles.
Sin embargo nada se consigue así tampoco y es necesario que se produzcan
nuevos y numerosos arrestos, hasta que por fin saliera una comisión
formada por los Sres. Mendizábal, Rodríguez y Velasco a ver
a Degollado, que estaba en Matehuala, el cual hizo un rebaje considerable.
Y pagado al fin el "impuesto" pudieron salir los que estaban en
la cárcel.
A mediados de junio de 1.859, en medio de tantas vicisitudes, reciben Don
Santos y sus hermanos la noticia de la muerte de su madre, mujer anciana de
setenta y uno años, acaecida en Ogarrio el 10 del mes anterior. Su
padre había fallecido ya entonces (2 marzo de 1.856), y ahora quedaba
al frente del clan familiar su hermano Juan, de unos cincuenta años,
cuyos hijos, Joaquín y Pedro, también se encontraban ya en Méjico.
Vino después la intervención de las tres potencias. Mientras
los guerrilleros conservadores cazaban liberales, los líderes políticos
de la misma tendencia gestionaban el apoyo de Europa y el establecimiento
de un segundo imperio. Por su lado, las dificultades financieras del Gobierno
liberal obligaban a tomar la medida de suspender el pago de la deuda exterior
y de sus intereses. Contra tal medida, tomada en julio de 1.861, protestaron
Inglaterra, España y Francia, y decidieron en la convención
de Londres (octubre de 1.861) intervenir en Méjico y obtener el pago
de la deuda por la fuerza. El Emperador Napoleón quería además
poner un muro monárquico y latino a la expansiva República de
los Estados
Unidos. El momento era oportuno. Una mitad de los Estados Unidos luchaba contra
la otra en la guerra de Secesión y no podían ayudar a los liberales.
Las primeras tropas intervencionistas desembarcaron en Veracruz (diciembre
de 1.861), y como Gasset fue el primero que ocupó dicho puerto, la
situación de los españoles en el interior de la República
fue muy peligrosa. Muchos abandonaron sus comercios depositando las mercancías
en poder de los cónsules extranjeros, y otros, como nosotros, hicieron
balances y nombraron apoderados mejicanos para que, puestos al frente de los
negocios, defendieran los intereses de las casas.
Había en Catorce un club dirigido por Germán Medellín,
donde se reunían más de cien operarios de la peor calaña,
cuyo objetivo no era otro que el de hacer una sonada parecida a la del año
55 y saquear los establecimientos. Creyeron ellos que nuestros empleados y
yo estábamos armados, que teníamos mil rifles y enviaron a un
carnicero llamado Manuel Rodríguez para que espiara y les informara
si era cierto cuanto suponían. Puesto en contacto conmigo el carnicero,
y enterado de la falsedad de cuanto creían, se me ofreció para
ser a la vez mi espía dentro del club. No podía confiar ciertamente
en quien procedía de tan extraña manera pero preferí
aceptar y le dije que tuviese cuidado pues ya tenía contactos dentro
del club y podía enterarme rápidamente de cualquier estratagema
que intentara.
Don Santos había decidido ausentarse de Catorce por algún tiempo.
Y ya se preparaba su partida rumbo a Soledad, cuando me avisó el espía
que en el club se habían enterado de todo y habían decidido
dejarlo salir a él, pero no a sus hijos (mejicanos). Decidí
no decir nada de esto a Don Santos para que no aplazase su viaje, y además
porque estaba seguro que, teniendo previsto salir de día, nadie se
atrevería a mover un dedo.
Al día siguiente salí acompañando a mi jefe sin que nada
pasase y, al cruzarme con el Sr. Medellín, le dirigí un ostensible
saludo queriéndoles demostrar que no ignoraba sus planes. Llegué
a Potrero, me despedí dejándole continuar su camino en compañía
de Don Manuel Lavín, y regresé a Catorce sin ni siquiera sospechar
lo que allí se tramaba. Tenía yo una jaqueca tremenda que no
me dejaba vivir y no tuve más remedio que acostarme a descansar un
poco. Mejor dicho, tratar de descansar, pues no había hecho nada más
que cerrar los ojos cuando el Sr. Baranda y otros, que estaban al tanto de
los acontecimientos, llegaron nerviosos tirándome de las sábanas.
Me levanté, serían las siete de la noche, y fui al escritorio
de la casa donde encontré a Don Francisco de la Maza con el Sr. Don
Juan Igueravide y Don Joaquín Vasco. Les avisé de lo inmediato
del saqueo; que la guardia del cartel estaba comprada; que Medellín
iría a intimidar al jefe político Sr. Castilla para hacerse
con la autoridad y que éste no podía dar garantías de
ninguna clase, porque suguardia estaba minada.
El panorama era de lo más negro pero alguien tenía que dar ánimo
en medio de todo. De nada valía cruzarse de brazos esperando que a
Medellín se le antojase venir por nosotros. Por eso dije que, aunque
verdaderamente la situación era grave, no había que desesperar.
Que todos los empleados de la casa estaban armados y dispuestos a vender cara
sus vidas, y además les prometí aprehender al instante al cabecilla
Medellín y a todos sus secuaces y llevarlos maniatados hasta la cárcel,
siempre que mediara una orden de la autoridad expedida de grado o por fuerza.
Mis palabras enaltecieron los ánimos y enseguida empezaron unos y otros
a mover sus influencias a fin de que el Ayuntamiento se reuniese en pleno
y diese esa orden. El Sr. Arvide se encargó de la gestión, ya
que su condición de mejicano le daba bastantes ventajas, y por fin
se consiguió dicha orden, precisamente en el momento en que Medellín
buscaba al jefe político para prevenirle que no se opusiera a ninguna
de las decisiones del club, porque serían secundadas por las tropas
del cuartel. Su audacia no le aprovechó, pues al subir las escaleras,
el sargento de guardia le dijo que pasase a la sala capitular, donde fue arrestado
y conducido a la cárcel. Con ello los miembros del club se desbandaron
como codornices asustadas, y así terminó todo. Por la noche
llegaron ocho o diez rancheros a caballo, procedentes de San Salvador (veinte
leguas), dispuestos a participar en el saqueo que se les había anunciado.
Y aunque estuve enterado de todo por mi "espía particular",
no juzgué oportuno tomar ninguna medida porque, sabiendo ya que estaba
todo conjurado, no quise echar más leña al asador.
Enterado de los hechos el Gobernador de San Luis de Potosí y por él
el Gobierno Juárez, se dictó sentencia de fusilamiento contra
Medellín, cosa que no pudo llevarse a efecto por haber huido, y se
tomaron las medidas necesarias para garantizar la seguridad de los españoles,
pudiendo volver a Catorce los huidos y seguir trabajando con alguna normalidad.
Los acontecimientos en Méjico nos favorecían ahora. El Gobierno
liberal había entrado en negociaciones con las tropas intervencionistas
(Francesas, Inglesas y Españolas) y había conseguido mediante
el tratado de Soledad que se retirasen los ejércitos españoles
e inglés. Con ello se nos empezó a considerar bien por el pueblo
mejicano, contrario en su mayoría a la intervención extranjera.
Quedaron solos los franceses, apoyados por el partido llamado revolucionario
y, después de la toma de Puebla, se extendieron por todo el país
tratando a mejicanos y españoles como a un pueblo colonizado y haciéndonos
objeto de las más despiadadas vejaciones. Esto nos hizo a muchos tomar
parte activa en contra de las tropas extranjeras, y con ello, naturalmente,
aumentó la incipiente corriente de afecto entre ambos pueblos. Mientras
esto sucedía, se había decidido mecanizar la antigua casa de
la moneda de San Luis de Potosí. Don Anacleto García había
traído de Filadelfia la maquinaria adecuada, qu ahora estaba dispuesta
para desembarcar en el puerto de Matamoros.
Don Santos de la Maza, firme en su propósito de dotar a su "pueblo"
de un establecimiento tan beneficioso para la minería, indicó
a su consorcio que era llegado el caso de hacer uso de la concesión
y establecer en Catorce la nueva maquinaria. Pero el Sr. García que
hast entonces había aparentado ser de la misma opinión, decidió
no obstante enviarla a San Luis, tal como en principio estaba previsto. Y
Don Santos, indignado al conocer la noticia, interceptó los carros
que conducían la mercancía y los desvió hacia Catorce,
donde estaba todo preparado para recibirla. Y es que previamente, hacía
ya algún tiempo, se había solicitado del Ayuntamiento que vendiese
parte de la plaza principal, frente a la Parroquia y Casas Consistoriales,
para allí construir la que debería ser la "casa de la moneda
de
Catorce". Y el Alcalde y su cabildo, después de muchas deliberaciones
y consultas con el Gobierno central, pensando sin duda que el sitio era único
por su emplazamiento resguardado contra asaltos y robos y que el proyecto
beneficiaría enormemente a todo el distrito, habían accedido
a la solicitud de Don Santos y acordado vender dicha parte en cuatrocientos
mil pesos. Después resultó que las pretensiones fueron mayores,
que se necesitó mayor superficie y que mi jefe adquirió toda
la plaza pagando el doble de dicha cantidad y comprometiéndose formalmente
a dar a la finca una fachada hermosa.
Pero una nueva circunstancia iba a impedir que se hiciese realidad cuanto
se proponía Maza. La presión francesa llegó a ser tan
irresistible que el Gobierno Juárez se vio obligado a establecerse
en "Paso del Norte" (1.865), a un paso de la frontera con los Estados
Unidos. Los notables mejicanos, de acuerdo con Napoleón III, habían
ofrecido la corona del Imperio a Fernando Maximiliano de Habsburgo y todo
parecía dispuesto y a punto para ello.
Cambiadas pues las circunstancias políticas, mientras el Sr. Almonte
desempeñaba la regencia a la espera de la coronación, los potosinos
aprovecharon el momento e influyeron en contra de nuestros derechos, cosa
que consiguieron, rechazándosenos por tanto la autorización,
que ya teníamos del anterior gobierno. Por accidente y por un negocio
bien distinto, había llegado yo a México D.F. después
de haber sido atacada por Nicolás Romero la diligencia en que viajaba
y de haber podido
salvarme gracias a mis servicios de intérprete entre dicho Nicolás
y los soldados franceses que lo escoltaban, que quedaron prisioneros
Digo que estaba yo en México D.F., cuando recibí instrucciones
desde Catorce para que trabajase cerca del Gobierno defendiendo nuestros derechos
en contra de los potosinos. Me presenté ante la regencia de Almonte,
le enseñé el contrato que teníamos facultándonos
para establecer la casa, le demostré que se habían hecho ya
algunos trabajos para la instalación de la maquinaria, y le hice ver
las ventajas que esto traería para el progreso del Mineral, y sobre
todo la justicia que nos asistía. Todo fue en vano. Salí indignado
del despacho y me dirigí al hotel del Refugio sin esperanzas de ninguna
clase.
Allí estaba en mi habitación mirando el techo y pensando, cuando
se presentó mi amigo Don José Cirilo Elorduy a quien al referirle
todos mis planes me sugirió una solución por si venía
el caso. Se trataba de interesar en el asunto a una persona muy allegada al
Sr. Buclen, jefe de Hacienda Francés, con la que me pondría
en contacto.
Como de todas formas no tenía nada que perder, no lo pensé dos
veces, acepté la sugerencia, y el resultado fue que a los dos días
estaba delante del Sr. Buclen traduciendo al francés las pretensiones
de los catorceños. Lo que antes resultaba imposible, ahora era facilísimo.
Logré pues que se hiciese justicia, que nos concediesen el permiso,
y volví triunfante a Catorce, en donde se seguían los trabajos
para la instalación de la maquinaria, que el Sr. García decía
ser de una potencia de treinta caballos.
Los potosinos, disgustados ante este cambio de actitud del Gobierno, dijeron
que había mediado plata. Que hubo "mordida". Pero no fue
así. Una colección de ricas piedras minerales fue nuestro único
obsequio para la persona con la que el Sr. Elorduy me había puesto
en contacto. El año de 1.863 moría violentamente, en el puente
de Matamoros, Don Pedro de la Maza en parecidas circunstancias a como había
fallecido poco tiempo antes su socio Juan Martiñena. Y como los negocios
de la sociedad que estos habían formado con los Sres. Larrache apenas
habían comenzado, y Don Santos era a su vez socio de su hermano en
todo esto, se convino con la viuda que entre mi jefe y su hermano Don Francisco
se quedarían con la participación de Don Pedro, pagándose
a la testamentaria lo que le correspondiera y liberando a la familia de ulteriores
responsabilidades.
Llegado a la República al Archiduque Maximiliano (28 mayo de 1.864),
la situación de Catorce continuó siendo la de todo el territorio.
Un campo de batalla en el que se liberaba una guerra a muerte entre republicanos
e imperialistas, y en el que las fuerzas francesas se mostraban cada vez más
adversas a los españoles. La Casa Maza, como española que era,
tuvo que sufrir doblemente durante este período luctuoso, y yo, que
jamás quise ocultar mis vivas simpatías por los republicanos,
me vi constantemente perseguido por los intervencionistas, y aún a
punto estuve en varias ocasiones de perder la vida. En cambio gané
para siempre el favor de la casa y el afecto de los buenos patriotas mexicanos.
Pensando seguramente Don Santos en los riesgos que corría y en las
complicaciones que la
muerte intestada de su hermano le trajera, decide dejar bien claro todos sus
asuntos. Y así, el 7 de marzo de 1.865, otorga testamento en Catorce
y deja dicho que es su voluntad que, cuando se produzca su fallecimiento,
se le entierre en la Capilla del Cementerio de Catorce, la más cerca
posible de los restos de su mujer.
Fue por tanto siempre su deseo el pasar el resto de sus días en el
Mineral, y más ahora, ilusionado como estaba con el funcionamiento
de la casa de la moneda desde primeros de año (1.865).
Cansado al fin Don Santos de tan terrible situación que parece no tener
fin, decide abandonar México y regresar a España cuando solo
tiene cincuenta y cuatro años. Deja a su hermano Francisco al frente
de los negocios, y marcha a Santander, cerca de su tierra natal, acompañado
de sus hijos Marciala y Gregorio. Poco tiempo después, casada su hija
Marciala con Don Enrique de la Cuadra, decide trasladarse a Utrera, de la
que tanto había oído hablar por las riquezas de sus campos,
y allí se afincará definitivamente.
Eran momentos en los que la casa, mercantilmente hablando, si bien ofrecía
garantías, no disponía de numerario. El capital invertido en
el negocio de la plata y las fuertes sumascolocadas en el negocio de Matamoros
no hacían posible el disponer de dinero en efectivo. Por eso, en tal
situación, mi jefe no pudo llevarse para España nada más
que unos treinta mil pesos para sus atenciones personales. Pero una vez más
los hechos iban a encargarse de torcer el rumbo de sus deseos. El 20 de marzo
de 1.866, cuando tan solo habían transcurrido catorce meses desde su
inauguración, el Emperador Maximiliano, temiendo que las fuerzas Juaristas
se apoderaran de la flamante casa de la moneda y tuviesen efectivo para sostenerse,
da ordenes de clausurarla. Y aunqu el Ayuntamiento y los principales vecinos
de Catorce recurrieron con un memorial ante el Gobierno de su Majestad, todo
fue en vano. El fallo del Gobierno del Imperio fue inapelable y la fábrica
de acuñación se clausuró para siempre, quedando la gente
desconsoladamente triste y en extremo decepcionada con el Emperador. A los
hombres del pueblo que no querían ir al ejército y como ya queda
dicho, los cazaban a lazos por las calles, les quitaban cuanto tenían,
y les obligaban a enrolarse. Como esto sucedía a menudo, entre una
y otra cosa la situación era más que critica en nuestro pueblo.
Por fin tanto les hicieron a los catorceños, que un mal día
se sublevó la gente y mató a palos y pedradas al teniente Eleuterio
Acosta y a varios de sus soldados. En represalia llegó el odiado Durán
con cuatrocientos dragones armados hasta los dientes y se nos exigió
un nuevo préstamo de treinta y cinco mil pesos. Pero ya no había
tanto efectivo. Las arcas estaban flacas y solo se pudo conseguir algo más
de la mitad, con lo que tuvo que conformarse Durán.
Y esto no era todo. En agosto de 1.866 una fuerza liberal al mando del coronel
Pedro Martínez ocupaba la ciudad desde muy temprano, tomando toda clase
de precauciones para no ser vistos y para no dejar escapar a nadie. Cuando
la gente se dio cuenta de lo que pasaba y cundió la alarma, los vecinos
pobres empezaron a remontarse por el cerro, de donde eran rechazados a tiros.
Se exigió el préstamo correspondiente y se metieron otra vez
en la cárcel a los principales vecinos y a sus dependientes. Las tropas
se entregaron al saqueo, se llevaron dos cajas con piezas importantes de la
clausurada casa de la moneda y rompieron varias de sus maquinas. Después,
se llevaron prisioneros a los detenidos, y aunque algunos de los principales
volvieron maltratados, otros ya no regresaron. Nos
dijeron que todo había sido en venganza por la derrota anterior y
por "mochos". Pero volvamos a México donde hechos importantes
están ocurriendo. En los Estados Unidos ha terminado la guerra de Secesión
y ahora sí están dispuestos los americanos a impedir a todo
trance la creación del imperio mejicano. Ayudan para ello a las tropas
juaristas, obligan a replegarse al ejército francés, y piden
la salida de éstos para Europa,donde por otra parte eran necesarios
a Francia para defenderse de los prusianos.
Maximiliano se rinde en Querétaro y cuatro días después,
el 19 de Junio de 1.867, es fusilado en el cerro de las Campanas. La derrota
de la intervención extranjera deja a México libre de la presión
exterior, incluso la de los Estados Unidos. El haber tomado el país
la forma de estado de República los hace ahora amigos, aliados y vecinos,
y la victoria política y militar del grupo liberal sobre el conservador
significa el término de las agrias disputas. Parecía pues, que
por primera vez
en su ya larga y agitada historia México estaba libre de acechanzas
exteriores e interiores y que iba a gozar de la paz y tranquilidad necesarias
para dedicar todo su tiempo y esfuerzo a salir de la pobreza.
No obstante, en lo concerniente a nuestro negocio las cosas no ocurrían
exactamente así. No había transcurrido todavía un año
desde la partida de mi jefe, cuando la situación empeoró considerablemente.
Al agotamiento de los frutos en la mina de San Agustín, se unía
ahora el incendio de dos importantes partidas de algodón pertenecientes
a la casa, la una en la misma aduana de San Luis de Potosí y la otra
en el ex convento de San Agustín de México, donde la tenía
depositada sin asegurar nuestro consignatario Martínez y Cía.
y la baja que tuvo este artículo, que nos obligó a vender a
la cuarta parte de su precio unas cantidades grandes que teníamos en
Inglaterra. Como consecuencia de este cúmulo de fracasos, me envió
Don Francisco de la Maza a Matamoros para que liquidase con aquella casa.
Pero esto no fue posible, porque, al hacer yo los balances, pude darme cuenta
de que todo el capital de Larrache y Cía., Juan Martiñena y
Ollos, se reducía a treinta y cinco mil pesos. Es decir, que la responsabilidad
insolidum recaía casi exclusivamente sobre nosotros. Así es
que decidí pagar las deudas más apremiantes con lo que se pudo
salvar del incendio de México, y después, con la mayor reserva
y previo convenio particular suscrito por Don Francisco de la Maza y Don
Fernando Larrache, que había venido a España para hacerse cargo
del negocio en sustitución de su hermano Ramón, vilmente asesinado
por estos días, seguimos con la operaciones mercantiles sosteniendo
con nuestro crédito una situación que, de haber sido conocida
por los acreedores, hubiera traído consecuencias funestas e incapaces
de prever. Como durante los diez años que llevaba en "La Abundancia"
había conseguido ahorrar algún dinero y ya me encontraba en
condiciones de cambiar de estado, así lo decidí, ingresando
en 1.867 en dicha cofradía, no sin antes avisar oportunamente al ahora
mi jefe Don Francisco de la Maza, porque al mismo tiempo estaba resuelto a
independizarme de la casa. Para ello tenía dos caminos: traspasar "La
Abundancia" y quedarme con ella, o bien dedicarme a la agricultura en
un clima que fuese más benigno para mi compañera, Doña
Amalia Darquileguia Sánchez, acostumbrada al cálido clima de
Tampico de donde era
natural. Convine con Don Francisco los términos del traspaso, pero
una vez practicados los obligados balances mi jefe se arrepintió, y
yo me decidí entonces a asociarme con Don Pedro Verástegui,
para labrar las haciendas de San Diego y del Ojo de Agua del Solano, situadas
en Rioverde. Obligado es decir que me despedí de Don Francisco en magnífica
armonía y que me ayudó con una apreciable cantidad, que unida
a mis ahorros formaron mi aportación al negocio. Preparé pues
mis cosas, hice las maletas, y, aprovechando que Maza tenía que ir
a Zacatecas, marchamos juntos hasta San Luis de Potosí, donde nos despedimos.
Estaba al día siguiente practicando los inventarios en San Diego, cuando
recibí por correo urgente desde San Luis de Potosí una carta
de Don Genaro de la Fuente, en la que se me daba la inesperada noticia del
fallecimiento de Don Francisco de la Maza. Me decía, que sus últimas
palabras habían sido para encargarle que me rogara que volviese a su
casa (ahora como Encargado General), ya que hallándose Don Santos ausente,
era yo el único que conocía el negocio.
A la honda pena que produjo tan triste noticia, había que añadir
las dificultades que preveía para la reactivación de nuestra
economía. Pero después de quince años de haber trabajado
con él, los deseos de Don Francisco eran como una orden para mí.
Así se lo comuniqué al Sr. Verástegui, y como no se había
formalizado todavía la escritura de mi asociación con él,
dejé para otra ocasión mis deseos de independencia. Para practicar
la liquidación de la testamentaria me serví de los libros de
la casa y de la magnifica colaboración de Don Genaro de la Fuente,
contador-partidor. Resultaba que la viuda y sus aláteres creían
que Don Francisco era dueño de más de lo que realmente le correspondía,
siendo así que solo le pertenecía el 25% de las utilidades de
determinados negocios desde el año de 1.850. A este clima de desconfianza
se unía el que Don Francisco hacía referencia en su testamento
al de Don Santos, y como éste no aparecía por ninguna
parte, creían que era yo el que lo había traspapelado intencionalmente.
Se hizo pues la liquidación sin este documento, fiados todos, a la
fuerza, en lo que yo decía, y cuando volvimos a Catorce con Don Genaro
de la Fuente y Don Miguel Ramos Arvizpe, representante de la viuda e hijos
menores, buscando nuevamente entre los papeles de Don Francisco, se encontró
el tan buscado testamento. Respiré tranquilo con el hallazgo, y cuando
les dije que lo abrieran, seguro de que nos proporcionaría las aclaraciones
precisas que vendrían a darme la razón, nadie quiso hacerlo
porque durante el transcurso de los días habían ya confiado
en mí. Me daban así una satisfacción de la que quedé
naturalmente muy agradecido. Después, de acuerdo con Don Santos, liquidamos
las testamentarias relevando
a la viuda e hijos de toda participación en el negocio, para lo que
fue necesario el pagarle su parte y que nos quedásemos con una gran
cantidad de crédito activo de dudoso cobro. Instalado con mi mujer
en Catorce, me dispuse con todo afán a sacar a la casa del penosísimo
paso económico que atravesábamos después de satisfacer
los gastos de la testamentaria, y que sin duda nos llevaban a la ruina.
Mis contactos con los mineros durante tantos años me habían
familiarizado con el negocio, y hasta había hecho que entendiese algo
de él. Bajaba frecuentemente a la mina de San Agustín, de donde
pensaba que podía venir la única salvación posible, pero
los metales que de ella se extraían se iban agotando a los rumbos de
poniente y de cielo. Por ello, de acuerdo con el minero Don Juan Andorregui,
puse un destajo al oriente, al nivel del tiro general, en el cañón
de San José, a pesar de que era sabido y notorio que por ese rumbo
la mina no hacía virtud. Había que jugársela. Afortunadamente,
cuando llevábamos avanzados unos setenta metros y las esperanzas iban
agotándose al mismo tiempo que nuestra economía, se produjo
un cambio repentino. Se alcanzaron frutos de doce kilogramos por tonelada
en una cinta terrosa de sesenta centímetros, con lo que esta bonanza
empezó a ser rentable y pudimos liquidar las deudas pendientes y hasta
enviar fondos a Don Santos, con los que adquirió las fincas de Morón.
Se acometieron obras de investigación, y con ellas pudimos alcanzar
pronto una segunda bonanza, también al oriente, a la que llamamos la
de la "Vaca". El éxito nos alentó a acometer el gran
socavón de la Purísima, proyecto que hizo el ingeniero López
Monroy y que me tocó ejecutar a mí. Se trataba de un túnel
que partiendo
del barranco del voladero debía llegar hasta el tiro general de San
Agustín para permitir el desagüe general de la mina hasta los
cuatrocientos metros de profundidad.
Su construcción estaba llena de dificultades. Llegados a un punto,
faltaba un pozo cielo, es decir, un conducto vertical o casi vertical ascendente
para comunicarlo con el tiro de San Antonio. Ofrecí a los operarios
trescientos pesos de gratificación si avanzaban cinco metros a la semana.
Pero al cabo de dos, sólo habíamos recorrido cuatro y medio.
Llevaríamos pues en total unos once metros, cuando ordené que
siguieran los trabajos. Pero no me hacían caso porque se corrió
la voz de que los cálculos estaban mal hechos y que por eso los barreneros
polvoreaban sin indicio de agua por ninguna parte. El viernes de la tercera
semana las bromas eran generales. Todos al saludarme se chanceaban y decían
a modo de santo y seña: "El frente del ataque, seco".
Al rectificar la medida con el ingeniero Don Ignacio Cornejo dándonos
cuenta mutuamente de los cálculos que cada uno habíamos hecho,
resultó que a mí me daban noventa y seis metros desde el machote
y a él ciento y dos. Recuerdo que entonces, al darle yo cuento de mis
noventa y seis metros, me dijo magistralmente: "Son poquitos. A mí
no me falta nada". En fin, nada resolvimos. Mantuvimos cada uno su postura,
y cuando llegaba el destajo a mi machote, pero sin agua, creí que pasaría
por debajo del plan de San Antonio, fiado en la medida de Cornejo.A pesar
de todo me hallaba nervioso temiendo una desgracia y tenía resuelto
ese mismo dí (viernes) rectificar la medida del pozo cielo. Pero por
tener que despachar la correspondencia con Europa lo había dejado para
más tarde. En ese mismo omento,
cuando estaba ocupado en dichas tareas, se presentó un operario jadeante
y asustado diciendo que la comunicación estaba hecha y que el agua
salía en gran cantidad por el socavón. Eran las ocho de la mañana,
hora del relevo del pueble y cabía la posibilidad de que no hubiese
nadie trabajando dentro. Inmediatamente monté a caballo, me presenté
en el túnel, y pude enterarme que acababan de entrar diecisiete hombres,
a los que desde luego consideré perdidos, pues se les había
venido encima una gran columna de agua de ciento doce metros de altura. En
cada piso se había preparado un escape para que al establecerse la
comunicación por
medio de barrenos de guía, como se acostumbraba a hacer en estos casos,
pudieran refugiarse los operarios. Pero esta vez, creyendo que los cálculos
estaban mal hechos y que por eso presentaba sequedad el tajo, no actuaron
así. Emplearon barrenos de mayor tamaño y según podía
deducirse de la cantidad de agua que salía por el túnel, se
había desfondado el tiro.
Hasta la noche no pudieron penetrar los primeros y sacar muertos a seis de
los que se hallaban sepultados. Pasado algún tiempo, los ánimos
estaban por los suelos. Se habían perdidos ya las esperanzas de encontrar
a alguien con vida y todos querían abandonar los trabajos hasta el
día siguiente. Tuve que imponerme a los paleros por su poca fe, y les
dije que de allí no nos moveríamos ninguno hasta que vivos o
muertos fuésemos sacando a los once que faltaban.
El martes a las ocho de la mañana corría el rumor de que se
habían oído voces en la comunicación. Inmediatamente
fui a cerciorarme y penetré en el túnel hasta que encontré
al minero Vidal, quien me confirmó que él mismo los había
escuchado. ¿Para que esperar? Le pregunté
Rápidamente,
sin pérdida de tiempo, dispuse que los carpinteros fueran aserrando
las escaleras comunes, haciendo de cada una dos para ganar tiempo, y una vez
logrado penetrar, salvamos al peón destajero llamado Quintanilla que
con otros compañeros se había refugiado en el escape del segundo
piso. Seguimos avanzando, y en el piso inferio nos encontramos a Eduardo con
siete más. En total se salvaron diez operarios, muchos de los cuales
eran padres de familia numerosa, y a los que se les vendaron los ojos para
que no
recibieran de golpe la luz de la que habían carecido tanto tiempo.
Se los alimentó cuidadosamente dándoles también unas
copitas del riquísimo vino de Jerez que tenía yo en mi casa,
y así terminaron unas jornadas desgraciadas que pudieron haberse ahorrado,
si muchos intrigantes no hubieran corrido la voz de que la medida estaba errada.
Después, a pesar de esta primera sangría, quedó anegado
el piso de San José y fue necesario avanzar las obras hasta el tiro
general para dar un segundo desfonde, que se hizo con más precaución
y sin pérdidas de vidas. La gran ventaja del desagüe espontáneo
no dio sin embargo los resultados que se
esperaban. Los planes se encontraron estériles, y ni al nivel del túnel
se pudieron hallar más frutos que los del clavo alcanzado en el crucero
de San Leandro, que fue de poca duración. No obstante, esta grandiosa
obra sirvió y servirá para mantener los trabajos sin la ruina
de los accionistas.
El 1º de enero de 1.871, estando yo en Matehuala a donde había
ido a pagar un nuevo préstamo forzoso, llegó jadeante un mensajero
a avisarme que la guarnición de Catorce se había sublevado.
Y que esa misma noche, a las doce, se habían subido sigilosamente a
la azotea de mi casa y habían comenzado a disparar contra puertas y
ventanas. Con la mayor angustia que se pueda imaginar y el pensamiento lleno
de los más terribles presagios, monté a caballo y marché
para allá sin pensármelo dos veces. Me acompañaban Don
Pedro Trueba y otros buenos amigos, con los que a mata-caballo, sin concedernos
un respiro, llegué a Catorce. Ya entonces todo había pasado.
Ante el acoso, Don Pedro de la Maza, sobrino de Don Santos, no había
tenido más remedio que abrir las puertas a los asaltantes, que se habían
llevado cuanto de valor encontraron a su paso (unos cuatro mil pesos). Pero
afortunadamente, ni a mi mujer ni a mis hijos Vicente y Lola le habían
hecho
el más mínimo daño. Todo sucedía tan rápido
que no daba tiempo a reflexionar. Por un lado el ataque de nervios de Amalia
y el llanto de los niños; por otro, Don Pedro Trueba y los demás
dándonos detalles. Y mientras, el cambio de caballos, volver a montar,
y volar otra vez más que cabalgar, hasta que después de einticuatro
horas y casi cincuenta leguas alcanzamos a los sublevados en Coyotillos. Los
atacamos y tras un breve combate los pusimos en fuga, no sin antes haber hecho
a cinco de ellos prisioneros y resultado muerto otro. En fin, marchamos a
Charcas, lugar más próximo, allí los entregamos, y regresamos
a Catorce.
Este terrible suceso y el fusilamiento que siguió por orden superior
en el Real, había atemorizado a mi mujer que de ninguna forma quería
seguir viviendo en el Mineral. Decidimos pues llegado el momento de establecernos
en mi patria para emprender una nueva vida más tranquila y educar a
nuestros hijos en mejor ambiente. Y como tenía ya algunos ahorros que
me habían proporcionado las ¾ parte de barra que había
adquirido de la mina de San Agustín, cuando llegó por estas
fechas Don Gregorio de la Maza, así se lo dijimos. Accedió Don
Santos a mis deseos y cuando a finales de 1.872 se cumplía la fecha
convenida para mi partida, mandé a mi mujer y a los niños a
Tampico a despedirse de sus abuelos y yo me quedé en Catorce ultimando
los balances. Pero cuando ya todo lo tenía
dispuesto, vendidas mis acciones de la mina de San Agustín y con el
pie en el estribo, como vulgarmente se dice, recibí carta desde España
suplicándome Don Santos que continuara un año más.
¿Suplicarme a mí mi jefe? Le contesté que él no
tenía que suplicar sino ordenar. Que se haría como disponía,
y que lo único que sentía era el no haber recibido su carta
antes de que mi familia se trasladase a Tampico, ya que en las presentes circunstancias
resultaba muy peligroso el regreso hacia el interior. Así es que deshice
mis planes, llevé a Amalia y los niños a México, vía
Veracruz, la dejé instalada, y me preparé a pasar un año
más en la casa a pesar de que mi sueldo de entonces era inferior al
que había recibido como apoderado de "La Abundancia", en
donde tuve participación económica.
Estaba a punto de cumplirse el nuevo plazo, al que yo le contaba los días
como un colegial cuenta el tiempo que faltaba para sus vacaciones, cuando
recibí un cablegrama de España en el que se me daba la inesperada
noticia de la muerte de Don Santos, acaecida en Utrera, en la casa de la plazuela
de Gibaja nº 1, el día 5 de diciembre de 1.873. Una apoplejía
había acabado con su vida a la temprana edad de sesenta y dos años,
cuando gozaba de un merecido descanso rodeado de sus hijos y nietos.
Como albacea que era, tuve que encargarme de todos los trámites posteriores.
Cuando recibí los amplios poderes de Marciala y Gregorio, cogí
la copia del testamento que yo tenía en el escritorio y la partida
de defunción que ya había recibido, y me fui a Matehuala con
el fin de notificar la muerte al Juez de primera instancia de dicho lugar
y solicitar que se promoviese el testamento a escritura pública.
Como resultaba que algunos de los testigos del acto de otorgación habían
muerto y otros se encontraban ausentes, presenté a una serie de personas
conocidas del finado para que testificaran que las firmas que aparecían
en el testamento eran auténticas, y que las otras que figuraban en
el sobre cerrado eran efectivamente las del licenciado Don Antonio Ortiz García,
Juez de primera instancia por aquellos tiempos de dicho partido, y las de
los Sres. Don Manuel Rada, Don Manuel Blanco, Don José Blanco, Don
Joaquín Velasco, Don Manuel Lavín, Don Domingo Crespo, Don Lázaro
Echevarría, Don Ignacio Álvarez, Don Manuel Cienfuegos, Don
Manuel Rodríguez Lacavez, Don Rogelio López, Don Luciano Salazar
y Don Osorio Aparteguia. Por deducirse de todo esto que el testamento era
el auténtico, y habiendo testificado los Sres. Don Lázaro Echevarría,
Don Manuel Blanco y Don Domingo Crespo, testigos presénciales del otorgamiento,
que Don Santos estaba en aquellos momentos en su sano y cabal juicio, se procedió
a su apertura y el Sr. Juez presente sentenció el elevarlo a instrumento
público, mandando protocolarizarlo en el registro de actuario el 28
de enero de1.874.
Tan pronto como tuve terminado el inventario de la casa y el balance del año
73, marché a España acompañado de mi mujer e hijo Vicente.
A mi llegada a Utrera, pude pronto darme cuenta de las dificultades con que
me iba a tropezar. A Don Enrique de la Cuadra, marido de Marciala, le habían
hecho creer algunos intrigantes que el negocio de las minas estaba abocado
al fracaso, que más valía tener realidades en España
que ambiciosos proyectos en México. Por eso, cuando le mostré
el último balance, pareció muy sorprendido al comprobar el alcance
de las utilidades desde mi último ingreso en la casa. Pero a pesar
de todo, su decisión era ya firme. No quería bienes en México.
Este punto de partida hacía complicada mi situación. La mayor
parte de las propiedades a repartir estaban en México, y además
casi todas consistían en bienes muebles, semovientes o en deudas activas
de difícil realización, al menos sin ocasionarnos un grave quebranto.
Y aunque Gregorio dijo que él a su vez tampoco quería bienes
en España, el problema era peliagudo e incluso de muy comprometido
trato para el futuro de la casa. Entonces se me ocurrió proponer una
única salida: que a Gregorio se le adjudicasen los bienes inmuebles,
rústicos y urbanos de la República Mexicana, y que a Marciala
en cambio, se le compensase con los de España, dándole además
una cantidad, por su menor valor. Y en cuanto a los bienes raíces,
los verdaderamente irrealizables, propuse que se crease una sociedad en comandita
entre los dos hermanos, a la que se le fijara un plazo de vida de diez años,
y cuyo único objeto era el que Gregorio, con las utilidades que obtuviese,
pudiese pagar a Don Enrique una cantidad anual hasta que se saldase la deuda
testamentaria.
Puestos de acuerdo en todo los hermanos, dejé a mi familia en España
y volvía a México a recoger el resto. Porque ahora, ya nada
ni nadie podía impedir hacer realidad mi tan acariciado sueño
de establecerme en mi tierra y, una vez de vuelta, trasladarme a Elgoibar
para dedicarme a la minería. Pero sin embargo poco duró mi gozo,
porque no calculé que estando España recién salida de
una guerra Carlista, su economía estaba deshecha y las oportunidades
para un advenedizo como yo eran pocas, por no decir ninguna. Y viendo disminuir
a grandes pasos mis ahorros, no tuve más remedio que aceptar la proposición
que me hizo Don Gregorio y volver a América.
Empezaba así una segunda etapa de mi vida, a las órdenes, ahora,
de Don Gregorio y Don Enrique. Mi única condición fue entonces
que no se me obligase a residir en Catorce. Todavía teníamos
vivo el recuerdo del tremendo asalto a nuestra casa y por nada queríamos
volver a ese peligroso lugar. Quise por tanto que se añadiesen al efecto
una cláusula a la escritura de formación de la sociedad, y el
escribano Don Enrique Lacarra la recogió, quedando claro todo lo que
yo exigía.
Pasé pues nuevamente el charco, pero esta vez tuve que dejar en España
a toda mi familia, que entre tanto se había visto aumentada con una
niña nacida en Elgoibar el 29 de julio de 1.875, y a la que pusimos
por nombre María Luisa. Mi cargo era el de Gerente General con plenos
poderes, e iba a sustituir a los hermanos
Joaquín y Pedro, primos de Don Gregorio, que lo desempeñaron
durante mi ausencia. Ellos quedarían en Catorce, y yo, conforme a lo
establecido, marcharía a Zacatecas para ocuparme directamente de la
importante negociación de Sauceda. Mi misión se complicaba.
Había que conseguir suficientes beneficios para satisfacer el compromiso
que Don Gregorio contrajera con su cuñado. Y como todo el mundo sabe,
los negocios mineros ofrecen alternativas imprevisibles, exigiendo a veces
grandes inversiones sin recompensa inmediata. Las minas de Sauceda, como tantas
otras, habían pasado por parecidas vicisitudes hasta que
el año 62 o 63, no recuerdo bien, pasaron a mano de Don Genaro de la
Fuente, acreedor testamentario de Don Juan Manuel Egure. Se encontraban entonces
inundadas. Y como para desaguar la de San Acacio y sus colindantes (Almadén,
Puerto Cabra, Esperanza y San Vicente), se necesitaba una fuerte suma de la
que no podía disponer Don Genaro, se le ocurrió acudir a mi
jefe para proponerle asociarse en este negocio. Se formó sociedad,
y entre Don Genaro y Don Víctor García se repartieron doce barras,
pasando el resto y la hacienda de beneficio a ser propiedad de Don Santos.
Más tarde, cuando falleciera Don Francisco de la Maza, y por liquidación
de su testamentaria nos encontrábamos en situación de poca liquidez,
me envió mi jefe a
entrevistarme con Don Genaro para que le propusiera el dividir más
la propiedad. Pues las fortísimas inversiones necesarias para establecer
los desagües, caso de que fracasaran, podía llevarnos a la ruina.
Sin embargo, tan mal cayó a nuestro socio la noticia que hasta nos
amenazó con vender su parte. Y aquí empezaba una guerra entre
Don Genaro y yo, en la que cada uno trataba de arrimar el ascua a su sardina
pero con la suficiente habilidad como para no romper la cuerda y mandar todo
al gárrete.
En este tira y afloja pasaba el tiempo, y entonces me di cuenta que los niveles
del agua en San Antonio y La Esperanza no bajaban al mismo ritmo. Mientras
en la primera descendía medio metro, en La Esperanza bajaba uno y medio,
y hasta dos. Esto nos llevó a sospechar que su profundidad no podía
ser grande. Debía estar por encima de la cota del desagüe. Bajamos
sin demora a comprobarlo, y a la altura del nivel de las aguas se pudo ver
una cinta corrida de medio metro de espesor que nos auguraba un buen porvenir.
Entre una cosa y otra había pasado más de un mes. Algún
tiempo después, establecido ya el desagüe, los resultados mejoraron
y no fue necesario el dividir las acciones. Don Genaro había ganado.
Pero ahora que me tocaba a mí ocuparme directamente de la explotación
de estas minas las perspectivas eran bien distintas. Cuando volví a
sustituir al Sr. Fuente en Sauceda ya habían decaído de su anterior
auge. En San Acacio los planes estaban inundados nuevamente, y en La Esperanza
y San Vicente solo podíamos lograr algunos metales. La cosa fue de
mal en peor. El año 80, en que volvió Don Genaro de España,
yo pasé a ocuparme de San Acacio pero los resultados no cambiaron fundamentalmente.
En tal situación se decidió vender la negociación a un
tal Sr. Flay, que se decía representante de una compañía
americana. Se les dio una opción, pasaron más de dos años
en los que no se emprendieron obras de investigación, y al fin todo
se deshizo. En vista de lo cual, me puse en combinación con una compañía
inglesa de mayor solvencia, pero después de aceptar el precio de cien
mil libras esterlinas, con las que pensábamos saldar la deuda de Don
Enrique, todo fracasó nuevamente debido a la desgraciada quiebra de
una casa fuerte de Londres.
No nos quedaba más remedio que bailar con la fea. Había que
emprender los trabajos. Afortunadamente, los esplendidos resultados de la
mina de Santa Ana nos permitieron empezar un túnel para desaguar la
mina de San Acacio, a una profundidad de doscientos setenta y siete metros,
que iría cortando distintas vetas en su trayecto. Cuando se terminó
y se pudieron desaguar, se registraron los labrados antiguos, se establecieron
tiros de desagües, y, en fin, se siguieron alternativas más o
menos lisonjeras. Y cuando abandoné la dirección de estas minas
para ir a Catorce a encargarme de la hacienda de San Gabriel, las minas de
Santa Ana y éstas, estaban en bonanza.
Hecho este paréntesis para explicar lo que ocurrió en la negociación
de Sauceda, demos un salto atrás y situémonos nuevamente en
el momento de mi vuelta a México, después de la muerte de Don
Santos. Yo había mandado a México D.F. a Don Martín Bengoechea
para que, como representante de los antiguos contratantes, gestionase la devolución
de las minas de Concepción y anexas que, dejadas por la Cía.
Restauradora, las explotaba ahora Don Francisco Lavat, el que
fuera encargado de la dicha Compañía, y Don José de la
Luz López Ibarra. Y se había firmado ya la escritura de devolución
convenientemente inscrita en el registro de la propiedad de Matehuala.
Todo esto lo había ideado porque eran unos momentos en los que había
mano de obra abundante y creía que sería fácil firmar
un convenio con la Compañía "Unión Catorceña"
y ejecutar el crucero del socavón de la Purísima para desaguar
por él todas las minas de "Veta Grande". Empezaron los trabajos
y al bajar el nivel del agua en Concepción, quedaron en seco algunos
labrados antiguos, pudiendo verse su bondad. Fue justamente un día
que yo estaba en Catorce, cuando ocurrió lo que decimos. Enseguida
puse un telegrama a México al Sr. Bengoechea y lo puse al corriente
de los hechos. Con tan mala fortuna, que mi escrito fue visto en telégrafos
por ciertos Sres., y se apresuraron a denunciar la mina como abandonada en
la Diputación de Minería. Con ello establecían su derecho
a explotarla.
Tamaña fechoría nos cayó como ustedes pueden pensarse.
Y aunque protestamos y recurrimos en contra de la sentencia que les daba la
razón a ellos, se tuvo que terminar con un convenio entre todos, porque
las tremendas presiones de muchos "prohombres" que tenían
intereses en el asunto nos lo hizo aconsejar así. La propiedad de la
mina quedó dividida por la mitad, y el caso fue que la bonanza que
produjo sostuvo durante años el movimiento del Real, mientras duraba
la paralización de San Agustín y los trabajos de apertura del
gran socavón de la Purísima.
El año 75 empezamos el socavón de San Joaquín y se reconocieron
los labrados altos de la veta de Villanos. Se hicieron algunas investigaciones
que dieron frutos
abundantes y, sobre todo, nos situamos en condiciones de contratar la mina
de Santa Ana. En general, se puede decir que estábamos en una nueva
y renovada época de prosperidad. Nuestros negocios se ensancharon de
una manera gradual, y la Casa Maza llegó a ser una de las primeras
sociedades de todo San Luis de Potosí y Zacatecas.
Eran lo años en que el General Porfirio Díaz, elevado al poder
en 1.877, ocupaba el primer puesto de la República. Se preparaba una
época de paz y prosperidad en contra de las acostumbradas revueltas
políticas de antaño. La fórmula "poca política
y mucha administración" funcionaba satisfactoriamente porque el
país ansiaba la paz y quería mejorar su condición económica.
En Utrera sin embargo, los tiempos no corrían paralelos. Los informadores
oficiosos que seguían "aconsejando" a Don Enrique, hacían
nacer la discordia entre los cuñados que discrepaban en la forma de
dirigir los negocios. A tanto llegó el desacuerdo, que tuve que dirigir
mi correspondencia a nombre de los dos, y recibir las respuestas firmadas
por ambos.
A fines de 1.879, sucedía lo inevitable. Un cablegrama fechado en Utrera
llegaba a la Ciudad de México, donde me encontraba, diciendo que sin
pérdida de tiempo me trasladase hacia allá. Comprendí
enseguida de que se trataba y, deseando a su vez cerciorarme, cablegrafié
de inmediato preguntando si practicaba el balance de fin de año antes
de partir. Que no perdiera tiempo, fue la respuesta. Así que, con la
urgencia que el aviso requería, zarpé vía Veracruz el
1º de enero de 1.880, llegando a mi destino veintiséis días
después. Todo un record que sorprendió a los cuñados.
Pero Don Enrique tenía prevista al día siguiente una cacería
en "La Encinilla", y no podía atenderme. Me invitó,
y acepté suponiendo que en algún momento hablaríamos.
Pero pasé allí una semana descansando sin que se tocara el tema
en absoluto. Volvimos a Utrera, y entre una y otra cosa pasaban los días
en blanco, hasta que por fin, a primeros de marzo, cuando ya mi paciencia
llegaba a su limite, me dijeron los cuñados que habían decidido
desligarse. Es decir, disolver la sociedad en comandita antes de que se cumpliese
el plazo fijado.
Otra vez el mismo problema. Todo mi proyecto de sociedad en comandita para
saldar la deuda con Don Enrique había sido en vano. Las utilidades
de todos estos años, mejor dicho, los cincuenta mil pesos anuales,
que yo mandaba a cuenta de estas utilidades, se los habían repartido
por mitades "como buenos hermanos". Estábamos como al comienzo.
Don Enrique seguía en sus trece y no quería bienes en México,
salvo la parte que le correspondía de la mina de San Agustín.
En total cuatrocientos mil duros que tenía que pagarle Don Gregorio,
más una fuerte cantidad que se haría efectiva a la hora de firmar
la escritura de compromiso. Se convino que dicha cantidad se pagaría
por anualidades de a cincuenta mil, y que caso de producirse algún
retraso en los pagos, devengaría el 6% anual. Yo por mi parte, también
quedé comprometido con mi jefe, Don Gregorio de la Maza, para seguir
como Gerente al frente de la casa, y le prometí que pondría
todo mi esfuerzo en sacarle del apuro, o que sucumbiría al pié
del cañón.
Desgraciadamente mis cálculos no contaron con una serie de imprevistos
que nos acechaban a la vuelta de la esquina. Tales fueron, la quiebra de Don
Blas Pereda de San Luis de Potosí, principal corresponsal de la casa,
el agotamiento de los metales de la mina de San Agustín y la decadencia
absoluta de la negociación de Sauceda. A pesar de ello como ya quedó
dicho, gracias a los trabajos realizados en la veta de Villanos, pudimos salir
adelante, pagar la deuda de los cuatrocientos mil e incluso contratar la mina
de Santa Ana y continuar el socavón iniciado por Don Antonio Hernández.
El año de 1.891, debido precisamente a las cuantiosas inversiones que
fueron necesarias en Santa Ana, la casa empezó a alarmarse, y con razón,
porque las pérdidas eran ya de dos millones de pesos. Me propusieron
suspender los trabajos, pero creí conveniente apurar un poco más
y tuve la suerte de encontrar un filón que nos compensó con
creces de las pérdidas anteriores. Mis viajes a España menudeaban
ahora más que otras veces. Uno de ellos, en julio de 1.894, acudí
llamado por Don Gregorio a solucionar un asunto pendiente entre los dos cuñados.
Y cuando me encontraba en San Sebastián con mi hija Dolores dispuesto
a
continuar el viaje hasta Utrera, recibí un cable desde allí
con la inesperada noticia del fallecimiento de Don Enrique. Cuando llegué,
el cuadro era desolador. Encontré a la desconsolada Doña Marciala
y a sus hijos en una situación que no podía ni haber imaginado.
Su marido había contraído cuantiosas deudas, y ahora era ella
la que debía salir al paso con su dinero, e incluso enajenar alguna
finca para poder saldarlas. Por otro lado, las dificultades que hallé
para solucionar la liquidación de cuentas entre Don Gregorio y su cuñado
eran casi irresolubles. La contabilidad de Don Enrique no existía ni
había existido nunca. Solo pude disponer de una especie de diario de
Don Gregorio y de las comprobaciones verbales que pude conseguir de Don Pedro
Rivas y Don Juan de los Ríos.
Mi actuación en este sentido fue escrupulosa. Podría haber intercedido
ante mi jefe en favor de su hermana, pero como ya se preparaba el próximo
enlace matrimonial entre mi hija Dolores y Don Fernando de la Cuadra Sáinz
de la Maza, me encontré sin fuerza moral para solicitar ningún
tipo de consideración.
Este último acontecimiento, celebrado en Utrera el 19 de septiembre
de 1.895 en la capilla de la casa familiar de la plazuela de Gibaja, me obligaba
a replantearme nuevamente mi vida. Lola había desempeñado las
veces de madre desde que faltara mi mujer, y ahora que no podía venir
conmigo, tuve que marcharme solo a México, porque decidimos que los
pequeños se quedarían a vivir con el nuevo matrimonio. Entretanto,
la casa continuaba su marcha feliz debido fundamentalmente a los magníficos
productos que continuaba dando la mina de Santa Ana. Era una época
de prosperidad en todo el Real, oportuna para pensar en la realización
de una obra portentosa. La población de Catorce se encontraba casi
aislada debido a lo abrupto de las montañas que la rodean, y solo existían
caminos difíciles y peligrosos, la mayoría de las veces infestados
de bandidos. Para remediar esto propuse la construcción de un gran
túnel que hiciese posible establecer un ferrocarril que nos conectara
con la estación del Potrero, y a través de ésta con el
resto de la Nación. Se trabajó primeramente para conseguir la
concesión del Gobierno, y una vez obtenida, el 22 de agosto de 1.896,
nos pusimos mano a la obra sin pérdida de tiempo. Mi hijo Roberto,
que ya entonces era un flamante ingeniero de minas, se encargó de la
dirección de las obras desde esta fecha hasta el año de 1.901,
en que se terminaron y se inauguró, bautizándolas con el nombre
de "Túnel de Ogarrio" en memoria del pueblo en que naciera
Don Santos. La obra había costado dos millones de pesos, pero los augurios
eran buenísimos porque, estando como estaba el Real en plena producción,
por él habrían de salir todos los productos hacia la casa de
la moneda de San Luis de Potosí.
En Santa Ana también seguíamos invirtiendo. En junio de 1.895,
"nuestro benemérito presidente", el General Porfirio Díaz,
se dignó inaugurar y apadrinar personalmente la colosal maquinaria
de desagüe del tiro general de dicha mina; acto honorísimo, que
la casa agradeció en la debida manera y que fue causa de una fuerte
polémica por lo suntuoso de las fiestas
A poca distancia de los
trenes esperaban más de veinte carruajes, con cinco mulas cada uno,
para conducirnos a Santa Ana. Mientras el presidente y sus acompañantes
ocupaban los vehículos, una doble línea de fuego se iba extendiendo
rápidamente a ambos lados del camino, formada por los intrépidos
operarios de la Negociación, que encendían a toda prisa sus
mechas mineras y se adelantaban corriendo a ocupar sus puestos en aquella
magnifica procesión. Cuando emprendieron la marcha los carruajes, había
más de mil operarios en formación llevando cada uno a la espalda
la herramienta de su oficio y en unamano la mecha encendida, cuyos hermosos
resplandores inundaban de luz el camino, como si fuera de día.
Al año siguiente, después de una de mis venidas a España,
tuve que volver de prisa y corriendo porque el panorama había cambiado
por completo. La mina de Santa Ana se había emborrascado. Mi presencia
se hacía imprescindible, y todavía más a causa del fallecimiento
de Joaquín Sáinz de la Maza y de la precaria situación
en que quedó su numerosa familia. Y aunque volví algún
tiempo después para asistir al casamiento de mi hija María Luisa
con Don Federico de la Cuadra Sáinz de la Maza el 11 de diciembre de
1.897, fue por poco tiempo. Marché nuevamente para ayudar a Pedro Sáinz
de la Maza, como si realmente fuera su hermano Joaquín, y poder solucionar
en algo la papeleta pecuniaria por la que atravesaba la viuda e hijos. Otra
empresa importante que acometimos fue la construcción de la Presa de
San José, para abastecer de agua a la ciudad de San Luis de Potosí,
que carecía de tan preciado elemento. Cuando las obras, la del túnel
y la de la presa, estaban ya encarriladas y notablemente mejorada la marcha
de los negocios, recibí noticias de España del mal estado de
salud en que se encontraba Don Gregorio. Marché a su lado, a San Sebastián,
y cuando lo vi ya estaba abatido por la enfermedad. Su aspecto era lastimoso
y se presentía lo peor. Allí permanecí a su lado, hasta
el 30 de noviembre de 1.902 en que fallecía en su casa rodeado de los
suyos, cuando solo había sobrepasado en algo los cincuenta años
de edad. Después, aunque volví a México a solucionar
algunos puntos relativos a su testamentaria, fue por poco tiempo. Y el año
1.906 volví a España ya definitivamente, aunque entonces no
sospechaba que fuese así.
A sus setenta y dos años, vegetando en su patria y con el alma puesta
en México, tal y como nos dice, dejó Don Vicente inconclusas
sus detalladas memorias. Sin embargo nosotros vamos a prolongarlas basándonos
en algunos datos que hemos encontrado. Desde ahora su vida transcurrirá
entre Utrera, Rota y Lugar Nuevo, viviendo con sus hijos Vicente, Lola y María
Luisa y rodeado de nietos a los que contará una y mil veces las aventuras
de su vida. Pero sobre todo, desde este su nuevo cuartel general, seguirá
con interés los acontecimientos de la vida y negocios mexicanos, y
continuará manteniendo una estrecha relación con sus numerosos
amigos. Con Doña Carmelita Gutiérrez Solana, viuda de Don Gregorio,
y con sus hijos Leopoldo y Adolfo, con los suyos propios, Roberto y Salvador,
así como con Don Pedro de la Maza, ahora apoderado de la casa, a quien
escribirá muchas veces dándole consejos y aclarándoles
dudas.
Pronto va a conocer Don Vicente una serie de acontecimientos que no alcanza
a valorar en toda su medida. Primero, porque nadie podía hacerlo al
carecer de la suficiente perspectiva histórica, y segundo, porque desde
su natural inclinación a no dar nada por perdido y crecerse ante la
dificultad, no podía admitir ningún desastre como definitivo.
La crisis económica de los Estados Unidos de 1.907 arrastró
naturalmente la de la nación mexicana. Para salvar la inflación,
los gobiernos adoptaron el patrón oro como metal regulador del mercado
monetario, y aparecieron los primeros billetes de banco, cosa que trajo consigo
la disminución del precio de la plata hasta limites qua jamás
se habían alcanzado.
Por otro lado, ya hacía algún tiempo que en distintos lugares
del país se habían levantado enormes fundiciones y refinerías
de metal, propiedad de poderosas compañías extranjeras, en las
que se usaba el modernísimo método de la cianuración.
Esto ponía en mal trance a las antiguas haciendas que no podían
competir en precios. Y como los capitalistas del Real no vieron la posibilidad
entonces de instalar su propia planta de cianuración al pie de las
minas, dadas las adversas condiciones políticas del país, optaron
por disminuir el ritmo de las operaciones y mantenerse a la expectativa. Don
Vicente, que no alcanza a comprender lo que pasa, le escribe a su hijo Salvador
el 15 de enero de 1.908 diciéndole que "El oro, único metal
regulador del mercado monetario, por voluntad de la Junta, desempeñara
mal su papel. Es insuficiente para garantizar toda la moneda fiduciaria y
ésta vendrá a convertirse en papel mojado. No sé como
llamarán a esa
futura crisis, ni si los altos funcionarios prevén las consecuencias.
Habrá que volver a los fueros de la plata, pero puede ser tarde. Cualquiera
diría que excluir la plata del signo monetario es por la gran existencia
del metal blanco, como le llaman hoy. Pero lejos de ello, es el oro el que
relativamente va en aumento. La plata y el oro que existen en el mundo son
insuficientes para garantizar el abuso del papel". Todavía le
quedaban esperanzas.
Lo que si está claro es que, sea como sea, ahora se necesitan metales
de más alta ley para cubrir gastos, y que como en Santa Ana y en las
minas de San Acacio se habían realizados inmensas inversiones, era
muy difícil abandonarlas y darlo todo por perdido. Siempre quedaba
la esperanza de que el curso de los acontecimientos cambiase. Y entre tanto,
se seguía explotando y almacenando la plata a la espera de un mejor
precio en el mercado. Se tenían grandes sumas inmovilizadas y no se
repartían dividendos, sino gastos. La solución de la casa, nos
dice Don Vicente, debe esperarse de lo que pueda rendir la propia presa y
de los inmensos beneficios que producían las plantaciones de guayule.
Y mientras, a esperar con las miras puestas en la minería, que era
lo verdaderamente importante. Cabe la solución, eso sí, y así
lo recomienda una y mil veces Don Vicente, de asociarse en este negocio con
alguna compañía extranjera, vendiéndole la mayoría
de las acciones pero
reservándose la casa el 25% de ellas, pues estaba seguro de que con
las inmensas obras que en las minas se habían ejecutado, los resultados
no podían ser nada más que excelentes a poco que se tuviera
algo de suerte.
Pero si la Casa Maza puede defenderse gracias a sus plantaciones, para él,
que no tiene estos recursos, la situación era insostenible. Sus ahorros
de tantos años de trabajo se ven muy comprometidos. Tiene acciones
en la presa, pero todavía no han empezado a producir. Y en cuanto a
sus acciones de las minas, no solamente no le dejan nada sino que estando
también en bancarrota el túnel de Ogarrio, debido al escaso
movimiento que se daba en el Mineral, se le cargan gastos también por
este concepto. Y ello, porque se consideraba asociado este negocio al de las
minas, siendo así, como él nos dice, que dicha obra se construyó
en memoria de Don Santos y no debió mezclarse nunca con los asuntos
de las minas.
Y en fin, tiene que ver con tristeza, como al cabo de sus días, después
de tantos de trabajos y esfuerzo en favor de la casa, de no haber cobrado
ni un peso por sus servicios de albacea en las testamentarias de Don Francisco,
Don Santos y Don Gregorio de la Maza, e incluso de haberse costeado de su
bolsillo los viajes que con este motivo realizó, nadie tiene con él
la más mínima consideración, y se ve arrastrado por los
interese del más fuerte, que decide almacenar plata.
Solo le quedaba una salida. Que la empresa de aguas de San Luis de Potosí
empezase a repartir dividendos. Tema que también se demoraba, porque
desde hacía algún tiempo se estaba desencadenando una campaña
periodística, que alertada por interese mezquinos, quería desacreditar
a la empresa. En los días 16, 22 y 28 de mayo de 1.909, el diario "El
Estandarte" de San Luis de Potosí, bajo el título de "No
es buena el agua de la presa para uso doméstico", sale con la
patraña de que la gran masa de agua inmovilizada se está pudriendo
¡Como si fuera un charquito! Se analizan las aguas y los resultados
son buenos, como cabía suponer. Queda por tanto desmantelada la insidia,
y al conocerlo Irizar, le escribe a su hijo Roberto (11 de junio de 1.909)
satisfecho e irónico: "El análisis practicado ha demostrado
que el agua de la Presa de San José es buena y potable para el gaznate
del periodista más delicado. Y que además, si se usa un buen
jabón,
hará buena y abundante espuma con la que podrán lavar sus manos
de las impurezas que se escapan de sus plumas. Tiene también la ventaja,
por su presión, que conducida convenientemente a los excusados puede
usarse como lavativa para usos internos sin más que aplicar a la tubería
un canutillo de goma. Dejándonos de bromas, sigue Don Vicente, espero
que con esto aumenten los contratos con particulares, que acometen el agua
a sus viviendas, y que el negocio empiece a rembolsar el capital invertido,
que es mucho, pues a lo gastado en la presa hay que añadir el costo
de las entubaciones, permisos, etc. Pero la guerra solo había empezado.
El Estandarte, animados por aquellos cuyo negocio era vender agua de los numerosos
pozos que existían en la ciudad, que dicho se de paso, esos si
que estaban contaminados por la proximidad de las incontables fosas sépticas,
vuelve a la carga. En su publicación del 12 de septiembre del mismo
año, con el título de "Un peligro que puede evitarse a
tiempo" inserta unas declaraciones de Don Guillermo Reitter, ingeniero
que proyectó la presa y dirigió las obras de su cimentación,
en las que decía que puede existir peligro si se almacenan más
de los treinta mil metros cúbicos calculados. Y que hay que estar alerta
y no poner obstáculos en los desagües para aumentar el nivel del
agua en el depósito, pues en esas condiciones podría sobrevenir
una fuerte avalancha y, no
siendo bastante la capacidad de estos, dar margen a un desbordamiento peligroso
que, según él, no podría solucionarse ni abriéndolos
entonces.
La treta había sido bien urdida. Se había escogido como interlocutor
al Sr. Reitter, y no precisamente por casualidad, sino porque, una vez terminados
los cimientos de la presa, habían surgido ciertas desavenencias entre
la dirección y la propiedad. Y todo por causa de que en este momento
el Sr. Reitter había exigido un complicado andamiaje que había
que traer de los Estados Unidos, y la propiedad, antes de desembolsar su elevadísimo
costo y después de consultar al ingeniero que construyera la presa
de Guanajuato y cerciorarse de que no era necesario, cesó al Sr. Reitter
y encargó la prosecución de los trabajos sin el dicho andamiaje
al nuevo ingeniero. Bien es verdad que se habían hecho ciertas modificaciones
en las compuertas de desagües, pero siempre bajo la dirección
técnica especializada, de acuerdo con el Gobernador y bajo la inspección
y el visto bueno del ingeniero del Estado. En fin, lo cierto es que ahora
según parece, el Sr. Reitter quería sacarse la espina y atacaba
con letra impresa. Como se ve, el camino estaba lleno de obstáculos
que no sabemos a ciencia cierta como se solucionaron. Seguramente el asunto
no tuvo mayor trascendencia y todo quedó en una polémica periodística,
o quizás otros hechos ocuparon las primeras páginas de los periódicos.
Porque por esta época el desconcierto general del país era grande.
En Catorce por ejemplo, la era floreciente había pasado a la historia.
Cuando vinieron los violentos días de la revolución maderista
(iniciada el 20 de noviembre de 1.910) poco quedaba de sus minas. Solamente
dos de ellas, Santa Ana y otra, estaban en activo, pues, como queda dicho,
las cuantiosas inversiones que en ellas se habían hecho obligaban a
las empresas a sostenerlas, aún a costa de pérdidas.
Los trabajadores que quedaban se encontraban en malas condiciones, pues se
les ocupaba esporádicamente, nada más que por rutina y sin mayor
estimulo. En Santa Ana, hubo un día en que los obreros se amotinaron
haciendo peticiones que la empresa no pudo concederles. Sitiaron la planta
de empleados de la oficina, y se desarrolló un tumulto tal, que tuvieron
que defenderse a balazos. Después, el director, burlando el bloqueo,
salió a pedir ayuda a una partida de maderistas que por allí
acampaba, pero cuando llegaron ya habían minado los amotinados un socavón
por debajo de las oficinas e introduciendo en él cincuenta cajas de
dinamitas, amenazaban con volarlo todo. Afortunadamente, al verse rodeados
desistieron de la idea, se retiraron, y todo acabó bien (11 de junio
de 1.911).
Aunque con el triunfo de Madero, el General Porfirio Díaz tuvo que
marcharse del país, la paz no vuelve fácilmente a la nación
mexicana. Apenas han pasado veinte días, y ya Emiliano Zapata se levanta
contra él. Momento a momento la situación se hace más
compleja y peligrosa. Madero es incapaz de gobernar en tales condiciones,
y los mexicanos vencidos se alían con el ejercito porfiriano, casi
intacto a pesar de su derrota. Se agrupan instintivamente, y con Carranza
por caudillo emprenden la lucha para restaurar el orden constitucional, roto
por el cuartelazo huertista
Como consecuencia de todo, se siguen numerosas
revueltas y crímenes, y México se ve envuelto una vez más
en graves conflictos internacionales. A Don Vicente, la edad y los continuos
ataques de gota le tienen prácticamente anclado y
abatido. Hace tiempo que ya no puede desplazarse a ningún sitio. Y
ni ahora (junio de 1.911) que su amigo el General Porfirio Díaz llega
vencido a San Sebastián puede ir a recibirlo. Ni tres años antes
(20 octubre de 1.908), cuando se rendía el último homenaje a
los restos de Don Gregorio, que embarcaban rumbo a Méjico en el vapor
Alfonso XIII, para ser enterrados junto a los de su madre, en la capilla del
Padre Flores del Cementerio de Guadalupe, pudo estar presente. Estas circunstancias
vividas tan deprisa y tan en lo hondo de su alma, reavivan en nuestro bisabuelo
el desánimo y la desesperanza. Y como ya no confía en que la
paz vuelva pronto a su segunda patria, resuelve escribirle a su amigo Don
Eduardo Meade confiándole que venda sus acciones de las minas de Catorce
y Zacatecas.
Es un paso doloroso, porque tiene que desprenderse del fruto de muchos años
de trabajo en los que ha puesto todo su cariño. Las minas son para
él como sus propios hijos, y a nadie les parecen feos los suyos. Por
eso, piensa que bastaría que se hiciesen algunas obras en el socavón
de la Purísima, para que se desaguase toda el agua de la Veta Madre,
y volviera Santa Ana a por sus fueros dando buenos y rentables productos.
A pesar incluso del bajo precio de la plata. Además, según él,
también en San Agustín existían halagüeñas
expectativas, porque si al mismo tiempo se aprovechase esta agua para producir
electricidad en su salto, se podrían instalar grandes compresores y
abaratar su explotación.
Bien es verdad, que para todo esto se necesitarían fuertes inversiones.
Pero alguien debería hacerlo. Las minas no pueden morir. Por eso, al
mismo tiempo que da órdenes para enajenar su parte, ruega que se escoja
al comprador para que pasen a manos emprendedoras y con posibilidades económicas.
Sabe que esto es difícil y que quizás la mejor solución
sea acudir a Doña Carmelita Gutiérrez Solana y a sus hijos Leopoldo
y Adolfo, porque son ellos con su capital los llamados a salvar a todo el
Real. Pero incluso si esto no fuese posible, su necesidad le impedía
a vender a cualquier gran sociedad, de esas que empezaban a florecer en los
Estados Unidos, siempre que estuviese dispuesto a invertir. Mientras tanto,
no tiene más remedio que acudir a sus propiedades en Guipúzcoa,
de las que nunca nos había hablado.
Don Paulino Caballero, copropietario en pro indiviso del salto de agua de
Cazquizano, le propone ahora la compra de su parte. Y como en otro tiempo
fue el propio Don Vicente el que intentara adquirirla sin resultado, sigue
fingiendo que le interesa y deciden sacar la totalidad a subasta, pudiendo
pujar naturalmente tanto Don Paulino como él. La base de licitación
se fija en setenta y un mil pesetas y Don Vicente Irizar, que quiere animar
la puja, pide un crédito y presenta sobre cerrado con su oferta por
valor de setenta y un mil doscientas pesetas. Afortunadamente, la de Don Paulino
fue más alta, y Don Vicente recibe las cincuenta y un mil que le corresponden
por su parte, y que le sirven para aliviar su economía. Pero el problema
principal sigue latente. Sus cartas se repiten queriendo evitar lo irremediable,
pero nada. Todo en vano. La economía en general estaba deshecha y los
grandes capitales se retraían de toda inversión. Solo en noviembre
de 1.914, se alumbra una esperanza. Un tal Sr. Carson, que escribe desde Nueva
York pidiendo precio por la negociación, dice que tiene compradores
ricos y formales. Y solo después, en agosto del año siguiente,
la casa recibe otra opción, esta vez de arrendamiento, por las minas
de San Acacio. Eran los Sres. Reiners, que ofrecían mil pesos-plata
mensuales durante tres años, y sí al cabo de los cuales seguían
interesados en el negocio, se comprometían ya a comprarlo en un millón
de pesos-plata (quinientos mil pesos-oro). Pero ni una ni otra cosa llegó
a culminarse. La situación política seguía inestable,
y las minas, cada vez peor trabajadas, eran ruinosas para sus propietarios.
Todo iba quedando definitivamente muerto, Catorce seguía despoblándose,
y las maquinarias de muchas de sus minas se habían vendido ya como
chatarra. Los techos de los edificios empezaron a caerse, los revocos a reventarse,
y el abandono y los agentes atmosféricos se encargaban de terminar
la obra destructora.
Y al mismo tiempo que envejecía el Real, envejecía también
nuestro bisabuelo que, aunque claro de mente, siente ya el peso de los años.
Andaba ya por los ochenta y dos, y el privilegio de la edad, como él
mismo decía, le había permitido asistir a la desaparición
de muchos seres queridos, y a conocer un sin número de calamidades
que nunca hubiera deseado presenciar. A la muerte de sus antiguos jefes y
amigos, tiene ahora que añadir la del joven Adolfo de la Maza (28 de
febrero de 1915), siempre delicado, y la de su madre Doña Carmelita
Gutiérrez Solana, acaecida en Madrid el 2 de enero de 1.916.
En cuanto al negocio de minas, creemos que nunca conoció con exactitud
lo irreversible del desastre. Todavía en sus últimos años
creía que algo podría remediarse, que aunque ya él no
alcanzase a verlo, volverían a ser lo que fueron. Pero la realidad
era bien distinta. Cuando el 14 de marzo de 1.917 muriera Don Vicente en
Utrera, el Real de Catorce había muerto también con él.
En 1.920, de las veinte mil almas que llegó a tener en sus buenos tiempos,
quedaban nada más que doscientas cincuenta. El correo y el telégrafo
seguían funcionando gracias al cuidado de una señorita casi
ciega que lo atendía más bien por afición, el presidente
municipal era un campesino que apenas sabía escribir, y solamente los
viejos decrépitos que no podían abandonar sus casas eran los
que concurrían el templo o se sentaban en los bancos de la solitaria
plaza. En fin, Catorce llegó a ser una ciudad fantasma habitada por
las alimañas. Esperemos que algún día puedan ser
nuevamente explotadas sus minas y renazca la actividad en ella.