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Ya lo había advertido Crisóstomo: "Tristes son los pueblos que han perdido a sus
dioses". Este, sin embargo, no ha sido precisamente el caso de México, que aún
conserva sus antiguas divinidades. En nuestro orbe prehispánico, el verbo se hizo
piedra, y si esas añosas esculturas ya no son lo que los antepasados imaginaron,
tampoco pueden ser menospreciadas como si se tratara de monolitos relegados.
Estamos ante formas y símbolos que durante siglos recibieron invocaciones y
fueron adorados; obras sagradas que daban sentido al horizonte del hombre americano. La gentilidad mexicana no sólo concibió un riquísimo panteón religioso, sino que también gustó de reunir y coleccionar a los númenes de otros pueblos. En el Coateocalli o "Casa de los diversos dioses", los mexicas congregaron a las distintas deidades de cuyo culto se tenía noticia, en particular a las de aquellos pueblos que habían sometido en sus continuas guerras. El Coateocalli se localizaba en pleno Templo Mayor, es decir, no lejos del actual Colegio de San Ildefonso, donde hoy día se dan cita nuevamente los "Dioses del México antiguo". Para la museografía no existe un tema más seductor y para el mortal nada más paradójico que recrear a los dioses. Empero, las divinidades mexicanas nunca antes habían sido convocadas como tema de exhibición. Ello se debió tal vez al miedo que otrora despertara la idolatría o quizás al desinterés de un siglo que, como el que está a punto de concluir, mostró poca inclinación hacia los temas religiosos. Lo cierto es que en esta exposición las deidades pretéritas despiertan una vez más emociones espirituales; que si bien no son de índole devota, en cambio provocan las mejores expresiones del arte; de ésas que llevaron a hombres de talento como Justino Fernández a considerar que la representación de la Coatlicue Máxima, la diosa de la Tierra, constituía una obra cumbre del arte mexicano. En sociedades tan teocráticas como las precolombinas, correspondió a los dioses sustentar la existencia del universo; por ese motivo, al ocurrir la violencia de la Conquista y la destrucción de los "ídolos", naufragó toda una explicación de la vida y de la permanencia americanas. Las deidades fueron derrumbadas o mutiladas, e incluso sus efigies sirvieron como claves constructivas para los nuevos templos. De manera simultánea, diosas como Tonantzin trascendieron a su escenario histórico y facilitaron la implantación de la nueva religión. Por suerte, muchas otras divinidades escaparon a la intolerancia de los hombres y hoy encuentran refugio seguro en los museos. Dentro de estos recintos los dioses son valorados en su justa dimensión, y si el mutismo de la piedra aprisiona los poderes ocultos que se atribuían a aquello que representaban, la museografía aspira a destacar el lado amable de las que fueron deidades terribles a los ojos de Occidente. Así se exaltan los finos labrados de sus rostros y expresiones, amén de los materiales nobles sobre los que fueron esculpidas, talladas o modeladas. En tiempos recientes se ha comentado con insistencia la similitud que existe entre los museos y los templos religiosos. Esta apreciación no es gratuita o circunstancial; ya que por un lado los primeros museos fueron templos griegos, y por el otro, los museos de hoy podrían convertirse en las catedrales del mañana. Semejante predicción la justifican los millones de visitantes que acuden con fervor a estos sitios; adoptando al ingresar, actitudes de admiración, recogimiento y búsqueda de valores que transforman la estadía en una curiosa liturgia alterna. Es en esa larga tradición de convergencia entre lo sagrado y lo humano que se expresa en los museos; donde queda inscrito el acierto de la presente exposición, ya que en ella se amalgamaron ambas vertientes para brindar la posibilidad de desarrollar un asunto crucial y una museografía a su altura. El acercamiento al tema y a las piezas fue concebido con el respeto que corresponde a lo divino; pues a pesar de que los dioses quedaron desprovistos tiempo atrás de sus antiguos atributos, continúan siendo patrimonio de una conciencia colectiva que impide sean abordados de manera irreverente. Todo posible sacrilegio fue anulado para lograr que las deidades retornaran a sus pedestales, no con el afán de que volvieran a ser veneradas, sino apreciadas. El tratamiento cromático está acorde con este concepto: tonos variados pero sombríos propician un ambiente que enfatiza lo sacro y lo contemplativo. A pesar de que la piedra es la materia dominante y de que otras directrices museográficas exigirían reducir los elementos de utilería a su mínima expresión, se recurrió a un conjunto de ambientaciones realizadas en madera. Estas escenografías, necesarias para romper cualquier monotonía de las salas, habrían resultado demasiado pesadas si se hubieran ejecutado en piedra. Simulaciones de ofrendas, de un juego de pelota y de algún basamento o ruina; todas realizadas en madera, pero en to nalidades pétreas; evidencian una vez más los principios de nuestra museografía: colocar las piezas en su contexto y no de manera aislada, a diferencia de lo que sucede en las instalaciones sajonas. El Antiguo Colegio de San Ildefonso, a pesar de ser hoy en día uno de los grandes centros culturales del país, no fue planeado originalmente como museo; por lo que resultó necesario compensar adecuadamente sus espacios, y resolver el problema de la circulación, integrando en un todo, los deambulatorios anexos a patios y la imponente "Capilla",que es la sala donde culmina la presente exposición. La seguridad y conservación de las colecciones fueron otras preocupaciones prioritarias. No se pretendió solamente proteger ese patrimonio durante su exposición, sino también prevenir daños en la etapa de su manipulación y traslado. Ello requirió de cuidados y estrategias especiales. El volumen de las inmensas esculturas de piedra, así como la fragilidad de las pequeñas piezas en barro, obligaron a la elaboración de empaques hechos ex-profeso y a la presencia de personal especializado en el diestro manejo de los mismos. Reportes de estado de conservación de las obras, limpieza y tratamiento preventivo de ciertos objetos que así lo requerían, programación del instrumental necesario para el debido mantenimiento de las colecciones en salas; fueron sólo algunas de las medidas aplicadas. Uno de los criterios generales más acertados que se siguieron, fue el de solicitar a la parte curatorial que estableciera un balance entre las obras seleccionadas. De esta manera, fue menester que ciertas piezas célebres estuvieran presentes, ya fuese por su carácter irremplazable o por su calidad de arquetipos. Asimismo se hizo acopio de ejemplares localizados en los depósitos y bodegas de varios museos, que resultaban poco conocidos por gran parte del público. Algunas de las divinidades que ahora se exhiben fueron encontradas en fechas recientes, siendo resultado tangible del esfuerzo de los Proyectos Especiales de Arqueología. Fue de esta manera como se logró conjuntar un repertorio que difícilmente volverá a reunirse en mucho tiempo. Con los criterios museológicos anteriormente enumerados, resultó posible determinar los ámbitos de competencia de cada uno de los diferentes equipos de trabajo museográfico, cuyas tareas específicas se detallan má s adelante. Sin embargo, antes de llegar a ese punto, conviene recalcar que "Dioses del México Antiguo" es una muestra organizada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y por ello cuenta con el apoyo del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde los grandes repositorios arqueológicos de esta institución; como el Museo Nacional de Antropología, el Museo Templo Mayor, los Muse os Regionales de Yucatán y Puebla, y los museos de menores dimensiones, pero poseedores de acervos igualmente fundamentales para el caso; como son el Museo de Santa Cecilia Acatitlán, el Xólotl en Tenayuca; los Museos de Sitio de Teo tihuacan; Chichén Itzá, Cuicuilco y algunos más que se encuentran localizados en el estado de Campeche; contribuyeron a materializar los guiones temáticos. Del mismo modo, otras instituciones culturales de la República p articiparon generosamente para que los dioses de regiones remotas también estuvieran presentes en este evento. En este sentido destacan los Museos de Antropología de Xalapa y Toluca; el Museo Amparo de Puebla y el Museo Apaxco; que aceptaron desprenders e temporalmente de sus valiosos tesoros para compartirlos con el público que visite la muestra.
Un total de 182 piezas de primer orden, sin contar lotes, integran la colección.
Estas ocupan la planta baja del inmueble que, para el presente evento, reservó una vasta superficie de 1080 metros cuadrados de exposición y circulación continua. Una sala adicional fue destinada a los servicios educativos, cuya inte
nción es la de hacer descender a las deidades mexicanas para que
sean reconocidas por los visitantes más jóvenes; mediante la difusión de las hermosas leyendas que acompañaron los orígenes del mito y al despertar de la
memoria. Además del propio personal del plantel, capacitado en materia didáctica, voluntarios de diversas universidades han quedado encargados de atender a un
público mayoritariamente joven.
El primer paso que se dio para montar la exhibición "Dioses del México Antiguo",
consistió en fabricar maquetas a escala que permitieran determinar la exacta ubicación de cada pieza, respetando un mínimo de dos metros libres de circulación, con
el objeto de no angustiar a los visitantes ni de poner en riesgo las piezas. Por
lo que respecta al color, se decidió que cada espacio de la muestra contara con una
gama cromática distintiva, basada en un tono dominante, trabajado en diversos
matices.
Es preciso reconocer que por lo general, la iluminación es el lado oscuro de la museografía mexicana, su falla tradicional. Para superar tal estigma, se procuró esta vez la contratación de iluministas que imparten su especialidad en la Maestría de Museos, instituida en una de las principales universidades mexicanas. Evitar el calor excesivo al interior de las salas a causa de sistemas obsoletos, concentrar la luz sobre las obras maestras sin dañarlas, esparcirla cuando convenga sobre conjuntos y ambientaciones, alumbrar debidamente rostros y detalles sobresalientes, todo ello depende de esta técnica auxiliar de la labor museística. Una iluminación bien resuelta y dirigida es otra de las metas que se persiguieron; después de todo, fueron los dioses quienes supuestamente crearon la luz. Más que nunca, el alumbramiento de esta muestra ha podido cumplir con sus altas expectativas.
No obstante las bondades de la iluminación, muchos empeños del trabajo museográfico tuvieron que permanecer a la sombra, sin que llegaran a ser percibidos por el público. Estos esfuerzos especializados, aunque no reconocidos, s on los del montaje, de cuya eficiencia depende en grado mayor la calidad del proceso museístico. Dentro de tal rubro se inscriben la elaboración y colocación de soporterías que sostengan las piezas, evitando siniestros a causa de vibraciones y descuidos; la adaptación, mediante el uso de acrílicos, de toda clase de bases, siguiendo la forma de cada objeto; la búsqueda del mejor ángulo de las obras exhibidas, de común acuerdo con el curador, y muchas otras acciones que rara vez son valoradas con justicia. Esta etapa postrera de la museografía es, tal vez, la m&aacu te;s creativa. Requiere de sensibilidad y larga experiencia, no sólo en el manejo de las obras, sino en la resolución de composiciones. Si bien es cierto que muchas técnicas inciden en el quehacer museográfico, también resulta indiscutible que las artes se hacen presentes gracias a la paciente y delicada labor del montajista anónimo.
Hecho el recuento somero de las labores emprendidas en el campo de la museografía, se vuelve pertinente mencionar que Dioses del México Antiguo es una exposición acorde con las inquietudes que despierta el fin del milenio. Por tal mot ivo, el montaje de la misma quedó fincado en sólidas investigaciones, a través de las cuales se pretendió provocar reflexiones y mostrar un selecto conjunto de obras divinas que fueron concebidas y trabajadas por los hombres. En otras palabras, Dioses del México Antiguo tan sólo anhela la resurrección de patrimonios tangibles e intangibles.
MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ |