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Se afirma que el mesoamericano fue "el hombre de maíz". Lo dicho es justo. Se
nutrió de maíz, y el cultivo del maíz fue la base de su civilización. Con el modelo
de vida de la planta de maíz construyó el arquetipo del devenir cósmico. Puede
afirmarse, por tanto, que el pensamiento mesoamericano empezó a forjarse, a sentar las bases que no abandonaría durante milenios, cuando los cazadores-recolectores, 2 500 años después de haber aprendido a
cultivar el maíz, se convirtieron
en agricultores; esto es, cuando llegaron a alimentarse fundamentalmente de este
grano, abandonando así su vagar estacional. El maíz nace
hace unos 7 000 años, hacia el 5000 a.C.
La cosmovisión que ahora se describe perteneció a uno de estos pueblos llegados tardíamente a la región de los lagos. Como otros que se establecieron en el territorio después de la caída de Teotihuacan,
los mexicas hablaban la lengua náhuatl. Ocuparon unos islotes del lago de Texcoco y dieron a sus poblaciones los nombres de México-Tenochtitlan y México-Tlatelolco. La fundación de estos sitios fue hacia el año 1345.
Cuando arribaron eran pobres cazadores, recolectores y pescadores lacustres que habían vivido de sus oficios acuáticos desde tiempos antiguos en lugares distantes.
Las sociedades nahuas de la época se agrupaban en unidades llamadas calpultin. Estas organizaciones poseían tierras propias que distribuían entre sus miembros con la condición de que las familias poseedoras
las cultivasen adecuada y constantemente. El calpulli tenía gobierno propio, puesto en manos del téachcauh o
"hermano mayor". Formaba una unidad tributaria, integraba un cuerpo militar y
su barrio era uno de los distritos administrativos de la entidad política a la cual
pertenecieran. La mayor cohesión ideológica del Calpulli derivaba de las concepciones religiosas. La principal concepción remitía al origen ancestral. Los
miembros del Calpulli creían descender de un antepasado divino que se identificaba con el protector sobrenatural del grupo. Este dios recibía el nombre de
Calpultéotl. |
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Los mitos acontecen en el tiempo primordial, cuando los dioses estaban en proceso de dar a los seres del mundo sus formas definitivas. En los mitos se habla de las
aventuras de los dioses (algunas de ellas sumamente crueles). Porque el relato mítico es una forma sintética de explicación de cómo cada ser mundano fue formado;
y en los mitos los personajes son divinos porque los seres del mundo fueron creados a partir de los dioses. Los antiguos nahuas suponían que los dioses se habían
convertido en los seres que poblarían el mundo. Por ello algunos dioses tenían
apariencia o atributos vegetales o animales, pues eran los antecedentes y las esencias de las criaturas. También por ello muchos de los héroes son animales que
hablan. No sólo el hombre, sino los astros, los animales, las plantas y las rocas estaban hechos de sustancia divina.
En el territorio mesoamericano existen dos estaciones: la de lluvias y la de secas. A partir de esta división anual y tomando como arquetipo el cultivo del maíz de temporal, los antiguos concibieron el gran ciclo de la vida y de la muerte.
Imaginaron
una gran montaña sagrada, Tlalocan, en cuyo interior estaba el gran recipiente de las riquezas de la vegetación: las nubes y las lluvias, el dañino granizo, los truenos y los rayos, las aguas de los ríos, las del mar
que circundaba la tierra y todas las formas vegetales. Tlalocan era, paradójicamente, uno de los ámbitos de la muerte.
Los mexicas concebían un universo geométrico, estructurado, poblado todo por dioses que hacían llegar sus influencias a la superficie de la tierra. El cielo y el
inframundo se habían formado a partir del cuerpo de Cipactli, una diosa de apariencia monstruosa, como de un enorme cocodrilo que había sido tronchada por la mitad. Sus
partes, separadas, quedaron una sobre otra. La parte superior, la celeste, era masculina, caliente, luminosa, y estaba representada por el águila. La inferior, la terrestre, era femenina, fría, húmeda, oscura, y su animal
era el jaguar. Cuatro dioses
levantaban el cielo, como gigantescas columnas, para que el cielo y la tierra no
volvieran a unirse. |
Los 13 cielos y los 9 inframundos. Códice Vaticano A |
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Caña, cuchillo de pedernal, casa y conejo eran también los símbolos de los años,
porque el curso del tiempo se originaba en cada uno de los cuatro segmentos horizontales, en los cuatro árboles cósmicos. Para entender lo anterior hay que recordar
a la diosa-cocodrilo, Cipactli. Del cuerpo de Cipactli había salido la sustancia
de la cual se formaban los dioses. ¿Y qué era el tiempo? Era sustancia divina que
procedía del cielo y del inframundo. Los días, los meses, los años eran, en sentido
estricto, dioses que viajaban invisibles por el mundo, luchaban entre sí y todo lo
transformaban. ¿Cómo se explica esto? La diosa Cipactli quería volver a recobrar
su integridad; pero las columnas cósmicas se lo impedían. Entonces su sustancia
fluía dentro de ellas, y ahí se encontraban, furiosas, las corrientes frías del inframundo con las calientes del cielo. Dentro de los troncos de los árboles cósmicos
se daba, pues, la guerra... o, si se quiere, el acto sexual. El producto era el tiempo
que brotaba, combinado por cada uno de los cuatro postes y siempre en orden levógiro.
El curso de la vida estaba regido por la combinación de los números básicos y sus
productos: el 2 era el número de la unidad del cielo y de la tierra, del dios supremo; el 3, del dios del fuego; el 4, de los rumbos del plano horizontal; el 5, de los
cuatro rumbos más el centro de la Tierra; el 9, de los pisos del inframundo; el 13,
de los cielos; el 20, el 52, el 73, el 104, el 18 980, etcétera, eran los productos de
los números básicos.
El Estado se fundaba en principios religiosos de representación divina. Sobre los
macehualtin o plebeyos se encontraba un fuerte aparato gubernamental integrado
por los pipiltin o nobles, que ocupaban los principales cargos. Los dioses tutelares
de cada calpulli quedaban sujetos, en la misma forma, por un dios patrono superior que protegía a todos los habitantes de la Ciudad-Estado. El gobierno supremo
recaía en el tlatoani o rey, de quien se afirmaba que era el representante sobre la
tierra del dios patrono estatal. Su corazón se concebía lleno del fuego divino del
numen, y su naturaleza se tenía por sobrehumana. Así, a Motecuhzoma Xocoyotzin, tlatoani de México-Tenochtitlan, nadie se atrevía a mirarlo a los ojos. Era necesario entender que los intereses del tlatoani y de la
nobleza eran los de todo el
pueblo, pues eran los intereses del dios.
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* Hace algunos años escribí este texto con el propósito de difundir en breves palabras las concepciones
mexicas en torno al cosmos. Consideré que la mejor manera de hacerlo llegar a un público interesado era
entregarlo a la Asociación de Amigos del Templo Mayor, A.C., organismo que en 1989 hizo de él un
cuadernillo muy asequible. Dado que de entonces a la fecha han ido surgiendo nuevas interpretaciones
del pensamiento mesoamericano, no solicité su reedición. Es el propio Eduardo Matos Moctezuma,
director del Museo del Templo Mayor, quien me pide que se publique de
nuevo. Para responder a su amable invitación he dado una remozada
al texto, haciéndole adiciones que considero novedosas.
El orden y las características de las fichas técnicas son los siguientes:
TÍTULO: Nombre por el que las piezas son comúnmente conocidas, o lugar del que provienen, o museo que las alberga
CULTURA
PERIODO: Según el siguiente cuadro de culturas que aparecen en la exposición
MATERIAL
DIMENSIONES: alto x ancho x espesor en centÍmetros. Cuando se da largo o díametro (ø) se especifica en cada caso
COLECCIÓN
No. DE INVENTARIO
