Autor:
B. Traven
Las
compañías petroleras es un cuaderno formado con las primeras páginas de la
novela de B. Traven: La Rosa Blanca. Gran documento para la historia del petróleo
en México.
Las
páginas de Traven demuestran que esta inmensa riqueza beneficiada a todos,
menos a los mexicanos. Sin proponérselo, su libro es un alegato a favor de
la expropiación de 1938, cuyo gran significado no entendimos realmente hasta
que se presentó la crisis de los últimos años.
B
Traven fue un escritor misterioso acerca de cuya obra e identidad hemos considerado
de interés ofrecer una breve nota en las páginas siguientes.
El
Misterio de Traven
El
26 de marzo de 1969 B. Traven murió en su casa de la Ciudad de México. El
19 de abril, en cumplimiento de su último deseo, su viuda, Rosa Elena Luján,
esparció las cenizas del novelista sobre la selva próxima a Ocosingo, Chiapas,
escenario de su libro la rebelión de los colgados. A fines de aquel año aparecieron
sus obras escogidas en dos tomos, con un prólogo de Luis Suárez. En 1966 Suárez
había publicado en la revista siempre la única entrevista que concedió Traven.
A
pesar del gran número de libros y artículos dedicados a aclarar el misterio
de B. Traven, su identidad aún no llega a establecerse con precisión. Él se
empeñó en borrar a su persona para que sólo existieran sus obras, y dijo:
"Lo
importante del escritor son sus libros, no su vida... mi trabajo es lo importante;
Yo no lo soy; sólo soy un trabajador común y corriente."
Con
base en las informaciones disponibles, podemos aventurarnos a intentar una
nota biográfica. B. Traven nació en 1890, en Chicago, hijo de padres suecos
y noruegos que lo llamaron Traven Torsvan Croves. A los once años se embarcó
y recorrió el mundo, como grumete y fogonero de barcos mercantes. Su experiencia
marítima quedó en su primera novela, El barco de los muertos. En su casa mexicana
muchos años después todos lo llamaban "Skipper" (Capitán)
Hacia
1910 se presentó como actor en la ciudad alemana de Essen, asiento de las
fábricas Krupp que produjeron armas para los dos conflictos mundiales. Aunque
no existen datos al respecto, es probable que Traven haya participado en la
Guerra Mundial de 1914, cuando el futuro escritor tenía 24 años.
Reapareció
en la Alemania de 1918, sacudida por la Revolución de Rosa Luxemburgo. Fundó
una revista política llamada El ladrillero y dio a conocer su primer libro:
Cartas a la señorita X. Por entonces firmaba con el seudónimo de Ret Marut.
Cayó
prisionero y estuvo punto de morir. Logró escapar a Bélgica y llegó a Tampico
en 1922. Trabajó en los campos petroleros y recorrió los caminos de la Sierra
Madre Oriental. Allí nació su amor hacia el país que escogió como suyo. Traven
solía decir:
"Los mexicanos son
los mejores hombres de la tierra. En ningún sitio del mundo hay seres iguales.
Nunca me preocupé por el dinero que no tenía en esos tiempos, porque cada
choza era tan acogedora como mi propia casa".
Lo
que vivió y observó como obrero del petróleo, pizcador de algodón, leñador
y gambusino, fue el material de libros que se han leído en todo el mundo,
como la Rosa Blanca, El Tesoro de la Sierra Madre, Salario Amargo.
En
1930 llegó a la Ciudad de México un fotógrafo norteamericano llamado simplemente
Torsvan, a quien nadie identificaba con el autor de la ya famosa novela El
Barco de los Muertos. Torsvan se escribió en la Universidad Nacional, viajó
a Palenque y, apasionado por el mundo indígena, se internó en la selva chiapaneca
y llegó al entonces inexplorado Bonampack.
El
fruto de aquellos años en el sur de México es tan importante o más que el
producto de la época que pasó en el norte: La Rebelión de los Colgados, La
carreta, Traza, Gobierno, Macario, El General, Tierra y Libertad. Hacía el
Imperio de la Caoba. Traven tomó la defensa de los indígenas y campesinos
contra todos sus explotadores. El crítico Manuel Pedro González fue el primero
en pedir que se considerara a Traven un escritor mexicano por la ternura,
la vehemencia, la indignación y comprensión con que penetró en el drama de
los sectores más numerosos e importantes de nuestra sociedad.
En
1948 Luis Spota logró encontrar a Traven en Acapulco y dio a conocer en la
revista Hoy, fotos en que el novelista aparecía de espaldas. Traven se convirtió
en Hal Croves, guionista cinematográfico y "representante" del autor
de la Rosa Blanca. En 1951 se naturalizó mexicano y en 1957 se casó con su
traductora, Rosa Elena Luján. Que Croves era el único verdadero Traven no
era un enigma para sus amigos más íntimos, aunque sí para el público lector.
Como
en Alemania se público un libro en que se decía que Traven estaba muerto y
un grupo de gente se beneficiada ilegalmente con sus derechos de autor, él
decidió conceder la entrevista de 1966 a Luis Suárez. Así demostró que Ret
Marut, Torsvan, Hal Croves y B. Traven eran la misma persona.
Aunque
no escribió en español, B. Traven tiene un lugar único en la literatura mexicana
por los temas de sus libros y, sobre todo, porque no lo hizo parte de nuestra
tierra el azar sino su libre y apasionada elección.
Aves
de rapiña sobre nuestro cielo
En
la República operaban veinte compañías petroleras, entre las cuales la Cóndor
Oil Company Inc. Ltd., S.A. no era la más poderosa ni la más rica, pero si
la más ambiciosa.
No
solamente para el desarrollo del individuo, sino para el de una empresa capitalista,
la posesión de un apetito excelente es de consecuencias vitales, porque es
determinante fundamental del tiempo que se emplea y de la velocidad que desarrollan
para el acaparamiento de dinero, que se traduce en poder.. De ahí que sea
el apetito lo que finalmente decida los medios que deben ser empleados por
determinada empresa, para que ésta llegue a ser un factor de control en los
asuntos nacionales e internacionales.
La
vida en la Rosa Blanca
Una
gran sección de los estados costeros del noroeste, bien conocidos como ricos
en petróleo, eran poseídos, alquilados o controlados casi totalmente por la
Cóndor Oil. Ese vasto territorio era el mayor y más jugoso que la Cóndor había
podido tragarse desde que operaba en la República, y con la posesión de esa
gran faja de tierra, la compañía había dado un considerable paso hacia la
meta que perseguía, y que era ser considerada uno de los factores dominantes
en el mercado.
Colindando
y cortando en partes esa nueva posesión de la Cóndor, se hallaban las tierras
de una vieja hacienda llamada Rosa Blanca.
Rosa
blanca ocupaba más o menos 1000 hectáreas de tierra que producían maíz, fríjol,
ajonjolí, chile, caña de azúcar, naranjas, limones, papayas, plátanos, piñas,
jitomates, y una especie de fibra con la cual se fabricaban reatas y hamacas.
Además, en ella se criaban caballos, mulas, burros, cabras, puercos y algo
más preciado: buenos muchachos y muchachas indígenas.
A
pesar de su extensión y riqueza, la hacienda no enriquecía a su propietario,
ni siquiera le producía lo bastante para vivir confortablemente. En cierto
grado, ello se debía a determinadas condiciones inherentes al trópico.
Sin
embargo, la relativamente escasa productividad del rancho que resultaba se
planeaba y se hacía en la misma forma, o casi en la misma forma, en que se
había hecho cuando los antepasados de don Jacinto eran aún soberanos de la
Huasteca. La organización social y económica era patriarcal, basada en la
tradición y en las características especiales de la raza indígena.
La
vida en Rosa Blanca era fácil. El elemento humano era tomado en cuenta antes
y sobre todas las cosas que se hicieran o tuvieran que hacerse. Nadie se ponía
nervioso, irritado o enojado jamás. Nadie guiaba y nadie era guiado. Ninguna
prisa turbaba aquella paz Angélica que hacía pensar en la Rosa Blanca de un
rosal jamás tocado por el nombre.
Todos
los peones del rancho eran indígenas y de la misma tribu del propietario.
Nadie ganaba salario elevado. De hecho, muy poco dinero pasaba por las manos,
pero todas las familias que trabajaban en el lugar vivían en él, por él y
para él. Cada familia tenía su lugar propio, las casas eran de adobe o petate
forrado de lodo y techos de palma, como son todas las de los campesinos en
la República. Ahora que, como el clima tropical permite a la gente pasar todo
el día a la intemperie durante todo el año, la casa solamente se usa para
protegerse de la lluvia o de algún viento frío. Además, de haber construido
mejores casas, estas habrían constituido más bien un estorbo que una comodidad
para ellos.
Cada
familia cultivaba una parcela cuyas dimensiones iban de acuerdo con el número
de bocas que tenían que alimentar. Los productos de esa tierra eran propiedad
indiscutible de la familia a la que el propietario la había asignado.
Todas
las familias que habitaban Rosa Blanca descendían de incontables generaciones
que habían vivido en la misma forma y lugar. Raramente se aceptaba una nueva
familia, y si ocurría, ello se debía únicamente a matrimonios efectuados con
extraños. La mayoría de las familias eran de uno a otro modo parientes de
don Jacinto. Muchos de ellos tenían que agradecer su presencia en el mundo
no sólo al señor, sino a un buen número de antepasados de don Jacinto. Éste
era padrino y doña Conchita, su esposa, madrina de más de la mitad de los
chicos nacidos en la hacienda.
Convirtiéndose
en compadre y comadre de los padres de los niños, lo que establecía relaciones
que se tenían por más íntimas que las que existen entre cuñados, se consideraban
muy honrados, ya que la elección se basa en la confianza que se profesa al
padrino.
Tomando
en consideración que don Jacinto y doña Conchita eran compadres de la mayoría
de los peones de la hacienda, y que hasta el más humilde tenía derecho a llamarlos
de ese modo, se verán en la relaciones entre el propietario y los peones de
Rosa Blanca eran más íntimas que las que existen entre compañeros y socios,
y mucho más que las que existen entre empleados y patrones. En realidad no
había diferencias sociales en la hacienda. Sin embargo, aún cuando esas extrañas
relaciones abolían cualquier diferencia social en grado máximo, no abolían
las diferencias económicas entre las dos partes. Y naturalmente de esa clase
de relaciones similares a las que habían mantenido los indios mucho antes
del descubrimiento de América, surgían condiciones no comprendidas fácilmente
por gentes extrañas a la raza indígena.
El
patrón se encuentra en posesión legal de la hacienda, que ha pertenecido a
su familia durante siglos, probablemente desde muchos años antes del descubrimiento
de Colón. Atendiendo a buenas razones, los conquistadores españoles reconocieron
derechos a los indios en ese caso particular, así como en ciertos casos más,
ya que muchos lugares era más conveniente tener a los jefes nativos, como
amigos que como enemigos. Siendo indígena no solamente por su color, sino,
sobre todo, por su corazón, alma y concepción de la justicia, don Jacinto
no se consideraba propietario de Rosa Blanca en la misma forma que Mr. Crookbeack
se consideraba propietario de la destartalada casa de apartamentos de Lleigh
Avenue en St. Louis Missouri. Don Jacinto se consideraba solamente un individuo
a quien por casualidad la providencia le había confiado Rosa Blanca por toda
la vida.
Nunca
poseyó realmente la hacienda, solamente tenía derecho para explotarla y no
sólo en interés propio, sino también y quizá más aún, en favor de quienes
formaban parte de la comunidad de Rosa Blanca. Rosa Blanca no era solamente
el suelo, los edificios, los árboles, sino todas las familias que vivían en
ella y de ella, y quienes, debido al hecho de haber nacido en el lugar, gozaban
del derecho inalienable de vivir en la hacienda, con un hombre nacido en los
EE.UU. tiene, por virtud de la constitución y su aceptación general, el derecho
legal de vivir en ese país.
El
mismo golpe que el destino dio para convertir a don Jacinto en propietario
de Rosa Blanca, sirvió para responsabilizarlo de todos los habitantes de la
hacienda.
Don
Jacinto vestía apenas perceptiblemente mejor que todos los demás, y la pequeña
diferencia solamente podía ser notada por los indios de la región. Calzaba
huaraches como todos; su alimentación, cómo la de los otros, consistía especialmente
en tortillas, frijoles, arroz, chile verde y té de hojas de Naranjo o del
llamado té limón. De vez en cuando bebía Café del que crecía en el lugar,
hecho a la manera indígena, con piloncillo, también elaborado en la hacienda.
Sin
embargo, por extraño que pueda parecer, él no había sentado a su mesa a ninguno
de sus peones, ni siquiera a su mayordomo. El honor de compartir su lugar
de comida estaba reservado a sus parientes y huéspedes.
Ninguno
de los vecinos habría ocurrido bajo circunstancia alguna a un juez. Don Jacinto
era la única autoridad de su mundo. Todas las diferencias que surgían entre
las familias que habitaban Rosa Blanca, respecto de la propiedad de un becerrito,
o bien cuando se trataba del deseo de dos jóvenes de unirse indebidamente,
o cuando se disputaban alguna herencia, o tratándose de cualquier dificultad
que se presentara en su vida social y económica, eran sometidas al juicio
de don Jacinto, y el juicio de aquel era inapelable. Ninguno de los vecinos
sabía leer ni escribir, y si era necesario escribir una carta o leer alguna
que se recibía, doña Conchita se encargaba de ello.
Cuando
las cosechas eran malas o un huracán de los muy frecuentes por aquella región
arrasaban los campos y las casas, don Jacinto se veía obligado a albergar
y alimentar a los infortunados. Si morían, cuidaba de que fueran decentemente
enterrados en el cementerio de Rosa Blanca, y que doña Conchita dijera las
oraciones durante el funeral. Don Jacinto se hacía cargo de las viudas, huérfanos
y ancianos del lugar. Atendía a que las viudas hallarán una segunda oportunidad
y de que los huérfanos tuvieran un buen hogar, que no solamente los albergara,
sino que en el encontrarán amor.
En
la casa grande, en la que habitaba junto con su familia, había una veintena
de niños y jóvenes a quienes se emplea para trabajos domésticos. Muchos de
ellos eran huérfanos; algunos, como todo el mundo sabía, inclusive doña Conchita,
tenían perfecto derecho a llamar padre a don Jacinto. Sin embargo, habría
sido una falta de respeto imperdonable que le hubieran llamado así, olvidando
que eran retoños de alguna viuda o de alguna madre que encontrará marido cuando
ya era demasiado tarde para salvar su reputación. Pero de cualquier forma
don Jacinto era el que decidía de que dependía el buen nombre de alguien.
Si él declaraba que una mujer era honesta, y que un hombre de quien se sospechaba
como ladrón de gallinas no era ladrón, todo el mundo aceptaba su juicio.
Cada
año, los muchachos en buena edad debían casarse y formar nuevas familias.
Don Jacinto los proveía de hogar y tierra, porque muy pocos abandonaban Rosa
Blanca después de su matrimonio. Y no importaba la cantidad de hijos que una
familia pudiera producir, porque don Jacinto siempre encontraría un sitio
para ellos.
Bajo
esas condiciones ni una sola persona en Rosa Blanca criticaba a don Jacinto
por vivir en una casa más grande que la de los demás, por comer carne con
más frecuencia que los otros y por tomar unos cuantos tragos de mezcal cuando
lo deseaba. Pero sea cual fuere la cosa que hiciera o cualquiera la forma
en que actuara, nunca actuaba como gran jefe, como ogro que empleaba y despide
a su antojo. De hecho no podía hacerlo: era la providencia la que empleaba
y despedía a sus hombres, y él aceptaba el hecho como una ley natural.
Condiciones
semejantes, por supuesto, existen, o pueden existir en solamente en ranchos
cuyo propietario es indígena, al igual que sus ayudantes. Porque si ocurre
que el propietario es un gachupín, o lo que es cien veces peor, un alemán,
las condiciones son exactamente las mismas que prevalecían en Rusia o en Prusia
en el siglo XVIII.
Las
condiciones de Rosa Blanca eran inmejorables, y cualquier asunto, cualquier
contacto entre don Jacinto y una compañía americana de petróleo, tenía forzosamente
que conducir a una tragedia inevitable, una vez que el contacto estuviera
hecho. Vano intento de mezclar dos mundos extraños entre sí, dos mundos que
no tenían absolutamente nada en común. Las armas de que disponía don Jacinto
y las que sabía manejar en las ocasiones que juzgaba convenientes para determinadas
finalidades, no podían en caso alguno enfrentarse a las esgrimidas por una
gran empresa capitalista explotadora de petróleo, que pretendía hacer varios
millones de dólares anuales para no morir miserablemente.
Los
accionistas de la compañía no podían vivir sin mansiones, mayordomos, yates.
Ni podían pasar sin comprar sus ropas en Londres y París, y todavía les sobraba
lo suficiente para jugar a la bolsa.
Una
primera oferta
La
tierra que rodeaba Rosa Blanca había estado cubierta en parte por la selva
y en parte ocupada por ranchos, pueblecitos y colonias. La Cóndor Oil había
adquirido aquel vasto territorio cuando nadie sospechaba que contuviera petróleo.
Había sido comprado o más bien cambiado de dueño, no sólo mediante pequeñas
cantidades de dinero, sino poniendo en juego toda clase de combinaciones,
corrompiendo a las autoridades, o coechando políticos y acosando a otras compañías
como tábanos a un rebaño en marcha.
Los
propietarios auténticos, indios indefensos o campesinos mestizos en su mayoría,
vieron muy poco del dinero pagado por las compañías a cambio de sus tierras.
Lo que la compañía había gastado no era mucho; por término medio puede calcularse
en menos de medio dólar por acre, del cual los propietarios si habían recibido
10 centavos un poquito más. Si los propietarios no podían ser localizados,
como ocurría o como de propendía a ocurrir en más de la mitad de los casos,
el dinero de los agentes de la compañía llenaban las bolsas de toda clase
de funcionarios corrompidos por la dictadura. El más pequeño acto criminal
cometido por la Cóndor era la falsificación de certificados de nacimiento
para acreditar a supuestos herederos como propietarios.
En
una de las reuniones de directores de la Cóndor Oil se dijo que la compañía
tenía toda la razón para considerar ese territorio, adquirido tanto y desesperadamente,
como su mayor tesoro, en realidad como su tesoro más preciado, como su corona
de perlas. Pero entre esas perlas faltaban la más codiciada: Rosa blanca.
Como
el suelo próximo a Rosa Blanca había resultado inmensamente rico en petróleo,
no podía dudarse de que el terreno en el cual florecía la Rosa Blanca eran
igualmente rico, tal vez más rico.
Dos
cosas había a las que la Cóndor Oil debía atender antes que nada. Una era
comprar Rosa Blanca o conseguirla por cualesquier medios, aún cuando ello
condujera a una guerra entre los Estados Unidos y la República. Otro asunto
que embargaba la mente de los directores era la posibilidad de que otra compañía
más fuerte y en mejores relaciones con el gobierno de la República pudiera
echar mano de Rosa Blanca, sobre la que la Cóndor se sentía poseedora de una
opción ilimitada y hasta de una escritura no signada.
Si
las manipulaciones de los directores de la Cóndor originaban una guerra o
cualquier clase de dificultades internacionales, ninguno de ellos resultaría
perjudicado. Todos habían traspasado la edad señalada para combatir por su
país. Dos, que posiblemente habrían tenido que alistarse si la guerra se prolongaba,
contaban con la buena excusa de un padecimiento cardíaco que los imposibilitaba
para servir ni aún en la cocina de un campo de entrenamiento en California.
Cuando
los agentes de la Cóndor habían adquirido el nuevo territorio no habían olvidado
Rosa Blanca. Pero de momento no les había parecido preciso obtenerla. Además,
como estaba bien cultivado su suelo, cosa que no ocurría con lo ranchos vecinos
y las colonias, habían considerado que el precio sería demasiado alto, tomando
en cuenta sobre todo que nadie estaba seguro de que hubiera petróleo en el
lugar. Y siempre que el asunto salía a colación, los agentes estaban de acuerdo
en que, una vez probado el valor de los terrenos circunvecinos, podría obtenerse
Rosa Blanca por un precio conveniente.
El
propietario, ese indio idiota, se sentiría enormemente feliz cuando le pusieran
enfrente de los ojos dos mil dólares, todos en moneda acuñada, sin un billete
entre ellos.
Los
cinco primeros pozos habían empezado a producir, y se solicito de don Jacinto
el arrendamiento de todas sus tierras, pagándole a cambio dos dólares anuales
por acre. El no dijo ni si, ni no, y una hora después había olvidado el asunto.
Algunas
semanas más tarde se le ofrecieron dos dólares por acre a cambio del arrendamiento
ilimitado o garantizado durante 20 años. Nuevamente olvidó la proposición,
y tres meses más tarde se le hizo una nueva, consistente en pagarle dos dólares
por acre anualmente durante 20 años y el 1% sobre las utilidades resultantes
de la explotación de los pozos que se encontraban en el lugar. Dos meses más
tarde se aumentó la proposición al 8% en lugar del uno, sobre cualquier producto
que se obtuviera de Rosa Blanca.
Había
sido el señor Pallares, agente comprador de la Cóndor, quien personalmente
había hecho a don Jacinto aquella última oferta. -Su proposición es magnífica-
contexto don Jacinto-, pero siento no poder aceptarla. No me es posible alquilar
la hacienda, no tengo derecho para hacerlo. Mi padre no pensó jamás en vender
o alquilar el lugar, ni lo pensaron tampoco mi abuelo o mi bisabuelo. Yo estoy
obligado a cuidar de Rosa Blanca y a conservarla para aquellos que vienen
después de mí, quienes a su vez la guardarán para los que les sucedan. Así
ha venido ocurriendo desde el principio del mundo. ¿No recibí yo todos los
naranjos, tamarindos y mangos de mi padre?. Ahora nada tendríamos de ello
sí mi padre y mi abuelo no hubieran sembrado pensando en las generaciones
venideras. Atendiendo a esa misma razón he plantado algunos cientos de árboles
este año, entre ellos algunos que no habíamos tenido, tales como toronjas.
Las matitas nos llegaron a Tuxpan desde California, ya las tenemos listas
para plantarlas tan pronto vengan las lluvias. Es así como marchan aquí las
cosas. Los muertos piensan en los vivos y los vivos piensan en los que vendrán.
¿Comprende usted, señor?
-Desde
luego- dijo el señor Pallares con aburrimiento. De hecho no comprendía ni
una sola palabra de lo que don Jacinto decía. Él era un hombre de negocios,
para quien la tierra representaba mercancía y nada más. Él, personalmente,
nunca había poseído tierra, ni tampoco su padre. Aparte del tráfico de tierras,
se dedicaba a la política y esperaba llegar a ser diputado algún día, siempre
que pudiera obtener el dinero suficiente para pagar los gastos de su propaganda.
Informó
a la oficina que don Jacinto estaba loco.
-!Es
maravilloso!- exclamó el vicepresidente de la Cóndor cuando leyó el informe-.
Si ese piojoso está loco, debemos enviarle al manicomio y dejarlo allí olvidado
para beneficio de la sociedad humana.
Don
Jacinto no sería el primero que desaparecería encerrado en un manicomio para
morir olvidado, y miserablemente, por no haber facilitado a alguna compañía
petrolera la adquisición de su propiedad.
Un
lugar para hacer dinero
Otro
agente, esta vez el señor licenciado Pérez, se presentó a don Jacinto para
tratar el asunto de la Cóndor. Consigo llevaba una bolsa de lona llena de
dinero. No era toda la cantidad que la Cóndor había prometido pagar a don
Jacinto; sin embargo, era bastante para ser casi a todos los hombres cambiar
de opinión en cualquier asunto, aún tratándose de sus creencias religiosas.
El
licenciado Pérez ya no pretendía alquilar. Los directores ostentaban la idea
de comprar la hacienda definitivamente. En tal caso la compañía ofrecía más
dinero, bastante más en verdad; a ello Jacinto no podía rehusarse. -Pero vea
usted, señor licenciado, ¿cómo podría yo vender la hacienda?- dijo don Jacinto
expresándose como lo hacía usualmente. El tiempo era algo indefinido para
él, lo empleaba para hablar con su esposa, con sus niños, con su mayordomo,
con su compadre, con los traficantes de ganado, con los comerciantes, y nunca
había aprendido a darse prisa-. No; realmente, licenciado, como dijera antes,
siento mucho disgustarlo, pero ya ve usted que me es imposible vender Rosa
Blanca, porque en realidad no me pertenece.
El
señor Pérez se enderezó en su silla, se introdujo un dedo en la oreja, lo
agitó en forma cómica y vio a don Jacinto estúpidamente.
Después
dijo:
-¿Oí
bien? ¿Puedo dar crédito a mis oídos? ¿A dichos usted, realmente, que no es
el propietario? ¿Es verdad eso, don Jacinto?
El
señor Pérez era el principal abogado de la Cóndor en la República y recibía
fuertes sumas por representar a la compañía ante la ley y las autoridades
de la República. ¿Sería posible que él, abogado astuto y hábil, hubiera descuidado
un factor de primordial importancia tal como ignorar que aquel indio no era
el propietario legal de Rosa Blanca? Imposible. Eso cambiaría totalmente la
situación en un lapso de 24 horas. Prácticamente, la mitad de las propiedades
adquiridas por compañías petroleras y mineras extranjeras había sido compradas
a precios ridículamente bajos, y ello se debía, precisamente a que en muchos
casos los propietarios no podían probar por medio de documentos legales sus
derechos de propiedad. Muchos cientos, si no es que miles de propiedades de
la República, a menudo en posesión de la misma familia durante muchas generaciones,
no habían sido registradas en parte alguna, a excepción de la oficina de contribuciones
que nunca se preocupaba por dilucidar quién era el verdadero dueño de una
finca, en tanto que las contribuciones impuestas a la misma fueran cubiertas
puntualmente. Rosa Blanca podía denunciarse como realmente abandonada, reclamarse
como propiedad de la nación y el gobernador del estado o cualquier político
podían rematarla como representantes de la nación, en una falsa subasta, por
diez mil dólares, ganando por ello una comisión de cien mil.
El
sudor baño el gozoso rostro del señor Pérez, quien se lo seco, primero abanicándose
y después con el pañuelo, en medio de gran excitación.
Tragando
saliva con dificultad, dijo tartamudeando:
-Lo
que no... es decir yo he... Si yo mismo he revisado todos los registros, todos
los documentos referentes a la propiedad. Y sólo puedo decir que no halle
ni el más leve error en la documentación. La documentación se remonta a épocas
tan remotas que hubo necesidad de consultar con expertos traductores del castellano
antiguo, para hacerlos legibles en el moderno. Y no se descubrió ninguna falta,
ningún error en parte alguno. Usted es el propietario legal, don Jacinto,
sin el más remoto lugar a dudas. Para hablar francamente, le diré que bien
me gustaría que no fuera así.
El
licenciado hizo una mueca semejante a una sonrisa.
-Claro
está que soy el propietario legal. ¿Quién dice lo contrario?
-¿Pero
no acabo usted de decir, sólo hace un momento, que Rosa Blanca no es suya?
-Sí,
eso dije, pero tratando de significar algo distinto. El lugar es mío. Pero
no me pertenece al grado de que me sea posible hacer con él lo que me plazca.
-!Pero
en el nombre de Dios don Jacinto! ¿Porque no va a poder usted hacerlo?
-Trataré
de explicarlo con claridad, señor licenciado. Naturalmente que yo puedo cultivar
la tierra, plantar en ella todo lo que me parezca conveniente para todos nosotros.
Y lo que quiero que comprenda es que yo no soy el único propietario. Mi padre
poseía la tierra como yo la poseo ahora y como mi hijo mayor la poseerá algún
día, cuando yo haya desaparecido. Así, pues, ella no pertenecía realmente
a mi padre, ya que él tenía que pasármela cómo habré de pasarla a mi hijo
cuando yo sea requerido fuera de este mundo.
-Don
Jacinto, déjese ya de tonterías.
-No
veo por qué ha de ser una tontería que yo diga que Rosa Blanca no es de mi
propiedad en grado ilimitado, y que carezco del derecho de hacer con ella
lo mismo que usted puede hacer con su reloj de oro. Porque aquellos que vengan
cuando yo me vaya cuando yo me haya ido, también habrán de vivir. Y exactamente
como mi abuelo y mi padre supieron que yo seguiría viviendo cuando ellos se
marcharán, y que, por tanto, debía seguir guardando Rosa Blanca, sin que jamás
cursara su mente la idea de venderla o alquilarla, precisamente en la misma
forma debo obrar yo. Comprenda usted, licenciado, es mi sangre la que me hace
sentir, pensar y obrar en la forma en que lo hago. Yo soy responsable de la
suerte de todos los que habitan Rosa Blanca. Yo no puedo abandonarla. No soy
el propietario, soy únicamente una especie de administrador de la propiedad.
Esa es la verdad. Así se han llevado las cosas desde que se fundó Rosa Blanca,
sólo Dios santo sabe quién lo haría, pero debe haber sido hace muchos cientos
de años de acuerdo con nuestras viejas sepulturas, las que tienen mayor significado
para mí que cualquier documento.
-Pero
hombre, esas son palabras solamente, sentimentalismos anticuados, mi querido
señor Yáñez. En este mundo cruel que habitamos, cada quien ha de mirar por
sus propios intereses. Deje que los otros cuiden de sí mismos. Y en lo que
se refiere a sus propios hijos, podrá usted darles todo el dinero que necesiten
para ser felices o, si lo prefiere, podrá heredarlos para que lo gocen después.
¿Cómo es posible que desee usted que sus hijos vivan aquí en las condiciones
de todos esos indios? Ellos son jóvenes y desean gozar de la vida ¿Por qué
han de ser pastores y campesinos, si pueden ser mujeres y hombres cultos:
doctores, abogados como yo, o ingenieros, capaces de vivir decentemente en
una ciudad civilizada? Pero si no desean estudiar, puede comprar todas esas
cosas excelentes que el dinero paga, todas esas cosas hechas únicamente para
la gente que tiene dinero.
-Tal
vez- dijo don Jacinto lacónicamente-. Tal vez, señor licenciado; bien dicho;
nada más que así carecerían de tierra. Son humanos y necesitan comer. Y como
podrían hacerlo si no sembrarán maíz y fríjol.
-No
diga boberías don Jacinto. Sus hijos podrán comprar todo el maíz y fríjol
que necesiten. ¿Qué no podrán con los miles de pesos que vamos a darle por
su tierra?
Don
Jacinto no contestó. No le era dado pensar con la rapidez con que suelen pensar
los abogados. Su pensamiento marchaba con minutos de retraso en relación con
la rapidez con que señor Pérez deseaba encaminar las cosas. Percatándose de
ello el señor Pérez decidió atacar al indio testarudo empleando una estrategia
diferente. Tenía experiencia en el manejo de campesinos y propietarios de
tierras.
-Algún
día será usted viejo, tal vez se vea inválido y entonces preferiría vivir
fácil y confortablemente. ¿Verdad don Jacinto?
-¿Yo
viejo e inválido? ¿Yo? Nunca. No. Nunca. Yo nunca envejezco; el día que ello
ocurra moriré silenciosamente. A mí me bastará sentarme en una silla, llamar
a mi señora y a los niños, si es posible a toda la gente de aquí, para darles
las gracias por todo lo que han hecho por mí y para pedirles perdón por los
errores que haya cometido y los que no me fue posible evitar como humano.
Después les diré adiós y les pediré que me dejen sólo y, una vez solo, moriré
pacíficamente diciendo: "Dios mío y Creador, voy hacia ti nuevamente,
ni malo, ni bueno, solamente como tú deseas que fuera. Gracias por haberme
permitido ver el mundo y vivir en Rosa Blanca ". Después de ello mis
gentes me enterraran en el sitio en que mis antepasados descansan. Ya verá
usted, licenciado Pérez, que en esa forma yo no puedo envejecer y arruinarme.
Eso nunca nos ocurre a ninguno de nosotros. Mi padre jamás envejeció. Murió
precisamente el día en que al levantarse, salir al pórtico y mirar al Sol,
regreso a donde mi madre se encontraba y dijo: "Dios mío, buen Dios,
!Que fatigado me siento ahora, querida Catalina! ". Después trabajo como
siempre durante todo el día, cenó como acostumbraba y murió. Sí, señor licenciado,
así ocurren las cosas entre nosotros. Y en cuanto a la tierra, bien, señor,
no puedo venderla porque aquellos que queden en el mundo cuando yo parta,
necesitarán de ella para vivir.
Se
encontraba listo para exponer al licenciado sus ideas acerca de los árboles
que deberían plantarse en beneficio de futuras generaciones, pero recordó
que ya lo había hecho cuando conversara con aquel otro caballero, con el señor
Pallares, que le había visitado algunas semanas antes. El solamente recordaba
la ligera impresión que sus palabras, que él consideraba expresión de pensamientos
lógicos, ya habían causado. Y se percató de que el licenciado Pérez se mostraba
tan aburrido con su charla, como se había mostrado el señor Pallares cuando
le hablara de árboles y frutos para futuras generaciones.
Al
darse cuenta de que hablaba en vano, pensó en otra forma de atraer la atención
de su visitante.
-Haya
algo más, señor licenciado, que debemos tomar en consideración.
-Bien,
don Jacinto, hable usted, que para escucharlo he venido.
-¿Qué
harán todos mis compadres y mis comadres si yo abandono Rosa Blanca?. Piense
usted en todas estas familias; yo soy responsable de ellas y de su bienestar.
El lugar les corresponde por razón natural. Son como árboles con profundas
raíces en el suelo. Si se les arranca de aquí se marchitarán y sus corazones
y sus almas quedarán destrozados. No, señor, lo siento mucho, pero me es imposible
vender, porque todos los que aquí habitan tienen los mismos derechos que yo.
¿Qué harían? ¿A donde irían? Todas esas gentes son parte de la tierra que
habitan. ¿Qué harían el día que perdieran el suelo en que se apoyan? Contésteme,
señor.
El
señor Pérez encendió un cigarrillo, apagó el cerillo y empezó a jugar con
la mecha emparafinada hasta que la deshizo entre sus dedos. Después, repentinamente,
hizo un gesto como significando que había llegado a la solución de un complicado
problema matemático, y dijo con acento sorprendido:
-¿Me
pregunta usted que va hacer toda esta gente, don Jacinto? Pues la respuesta
es muy sencilla. Todos ellos encontrarán empleo en los campos petroleros.
Ganarán muchísimo más de lo que usted les paga aquí, don Jacinto. ¿Cuánto
les paga usted? Bien, bien, no es necesario que me conteste. Cuando mucho
serán 50 centavos diarios. Tal vez 75 si usted es generoso. Eso es una pequeñez
comparándolo con el salario que pueden ganar en los campos. Cinco pesos será
lo que ganen por día durante toda la semana, y cobrarán doble el tiempo extra.
Además, trabajarán estrictamente ocho horas y se les pagará doble todo el
tiempo extra que trabajen. Yo sé que hay una gran diferencia, porque conozco
la vida nuestras haciendas. Se trabaja de Sol a Sol, y se reciben en pago
unos cuantos centavos cuando al hacendado les da la gana. Hablo en general,
don Jacinto, no me refiero exclusivamente a su hacienda.
Don
Jacinto movió la cabeza varias veces, sin pronunciar palabras.
El
señor Pérez lo miró pensando en su estupidez y dijo para sí: "Sólo el
diablo sabe porque todos estos malditos indios no fueron ahogados o colgados
por los españoles. La República sería un lugar excelente para hacer dinero,
si no fuera por esos malditos indios con su miserable maíz y fríjol. Bueno,
creo que es tiempo de dar el golpe final y de terminar el asunto de una vez
por todas".