Artemio de Valle Arizpe
Artemio de Valle Arizpe (1884-1961) ha alcanzado en los últimos años una popularidad aún mayor que la que tuvo en vida. Cronista de la capital mexicana a partir de 1942, es el principal escritor de la tendencia literaria llamada "colonialista", que encuentra sus temas y a veces su lenguaje en los tiempos virreinales. Escribió más de sesenta libros, entre los que destacan sus biografías picarescas La Güera Rodríguez y El Canillitas. Aristocrático y popular, se preocupó por dejamos lo mismo narraciones sobre los secretos de virreyes que la verdadera historia de la torta en México.
Prisión de amor
Una vía llevaba don Agustín de Iturbide y Arámburo,
Arregi, Carrillo y Villaseñor y por otro camino distinto iba doña
María Ignacia Rodríguez de Velasco, pero en un cruce de esas
sendas el destino los juntó y se trabaron sus vidas. Y aquí
de la eficacia expresiva de los simples símiles: la carne y la uña,
el olmo y la vid, la llama y el pabilo.
En el año 1808, en el que villanamente fue depuesto y arrestado el
virrey don José de Iturrigaray por algo más de trescientos dependientes
de casas españolas de comercio y otro puñado de mozos de hacienda,
acaudillando
esta turba el ambicioso don Gabriel Yermo, don Agustín de Iturbide,
que era por aquel entonces simple subteniente -contaba treinta y cinco años-,
se apresuró ansiosamente a ofrecer sus importantes servicios al nuevo
gobierno que surgió del vergonzoso motín de los mentecatos chaquetas.
En 1809, traicionó vilmente con su denuncia a los fieles patriotas
de Valladolid -los dos Michelena, don José María el militar
y el licenciado don José Nicolás, el capitán don José
María García Obeso, el cura de Huango don Manuel Ruiz Chávez,
el franciscano fray Vicente de Santa María, el comandante don Mariano
Quevedo, el licenciado Soto Saldaña y algun otro u otros-; los denunció
por la razón de que, siendo alférez en ese tiempo, no lo hicieron
mariscal de campo como era su vivo y ardiente deseo.
El cura don Miguel Hidalgo le ofreció el nombramiento de teniente coronel
si se unía a sus huestes, cosa que rehusó don Agustín,
no por adicta fidelidad a la Corona como se creyera, sino porque miró
claro que aumentaría más sus provechos, que era lo que le importaba,
combatiendo a los insurgentes que formar en sus filas. Y así fue como
allegó grandes riquezas. Desde 1810 dedicóse tenazmente a combatirlos
y a perseguirlos con exceso de crueldad, hasta el año 1816 en que se
le separó del mando del ejército del Norte, en virtud de las
graves y constantes acusaciones que le hicieron algunas casas de importancia
de Querétaro y Guanajuato, por los numerosos desmanes y sinrazones
que cometió con ellas, y no era nada falso lo que le imponían,
pues que impulsado por loca ansiedad de enriquecerse pronto a costa de lo
que fuera, atropellaba las leyes e incurría en mil excesos e injusticias.
La hipocresía de Iturbide
Estaba a la sazón en México para responder a los cargos
que justificadamente le hacían, pero como era hombre astuto, de muchas
mañas, enredos y sin escrúpulos pacatos para romper impedimentos
y dificultades, echó sus coordenadas y cálculos y buscando embustes
y falsas apariencias se hizo muy de la amistad de don Matías Monteagudo,
prepósito que era de la Casa Profesa e inquisidor honorario, y aun
entró muy devoto, humilde y contrito en una tanda de ejercicios espirituales
sólo con el interesado fin de lograr una recomendación eficaz
para el oidor don Miguel Bataller, de quien, como auditor, dependía
el despacho de su causa.
Estos engaños los manejaba muy bien Iturbide. Tenía la ostensible
devoción de rezar todas las noches el rosario, y si andaba en campaña
lo decía a voz en grito para que lo oyeran los soldados, y si estaba
en la ciudad, por más tarde que llegara a su casa lo rezaba con sus
familiares y criados.
Escribe don Mariano Torrente en su Historia de la Independencia de México
que "para acabar de deslumbrar a los fieles realistas, pasó Iturbide
a hacer unos ejercicios ejemplares en el convento de La Profesa, durante cuyo
tiempo recibió de todos los asociados los más útiles
consejos y enérgicas amonestaciones; mas si bien aparentaba este pérfido
confidente un aire exterior edificante y una dócil conformidad con
las instrucciones de sus maestros, tenía premeditado burlar a unas
y a otros, y valerse de tan favorables elementos en su propio provecho".
Iturbide enmieló con su miel, pues tan excelente y amplia obtuvo la
recomendación que deseaba, que se sobreseyó su proceso, devolviéndole,
además, aunque sólo fuera de nombre, el mando de sus tropas,
al frente de las cuales se hizo poseedor de buen historial de ferocidades
con las que deslucía sus triunfos, porque Iturbide, al lado de enorme
luz, proyectaba sombras llenas de contrastes.
El gobierno, como para estar contento con él y tenerlo a su lado de
buen amigo, le arrendó a bajo precio, que nunca le cobró. La
Compañía, finca rústica cercana a Chalco, que fue propiedad
de los jesuitas y que no se vendió como todos los bienes que les intervinieron
a los padres ignacianos, por estar dedicada a fomentar con sus productos las
misiones de California. Esa hacienda la utilizaba el Estado con mucho provecho
para favorecer graciosamente a aquellos sujetos que le convenía tener
gratos.
Siguió el coronel Iturbide en México metido alegremente en un
alborotado desenfreno. Escribe don Vicente Rocafuerte que "vivía
sólo entregado al juego. que es una de sus favoritas pasiones, y abandonado
a sus vergonzosos amores". El irrecusable don Lucas
Alamán dice: "Iturbide. en la flor de la edad, de aventajada presencia,
de modales cultos y agradables, hablar grato e insinuante, bien recibido en
la sociedad, se entregó sin templanza a las disipaciones de la capital,
que acabaron por causar graves disensiones en el interior de su familia",
o sea que estaba muy separado de su esposa, la rica doña Ana María
Huarte. Don Agustín pasaba de pasión y llegaba a desatino y
locura. Con abundante prodigalidad derrochaba y así deshizo una gran
máquina de bienes. Sólo empleaba la noche en liviandades, "en
medio de una sociedad ---cito a Poinsett- que no se distinguía por
su moral estricta, él sobresalíapor su inmoralidad". Él
mismo en sus Memorias, que dictó a su sobrino don José R. Malo,
afirma que al retirarse a la capital del virreinato fue a seguir "cultivando
mis pasiones". Vida abrasada y frenética.
Crueldad y rapiña
Puso siempre por obra la impiedad. Los ruegos no hallaban en él
clemencia. A donde llegaba hacía cruel carnicería. Furores y
crueldades ejecutaba con los insurgentes. Tiñó siempre los castigos
con mucha sangre. Cientos y cientos de estos patriotas fueron fusilados. Dice
don Francisco Bulnes que "era un hombre de guerra notablemente cruel
y acostumbrado a matar tanto como a comer y dormir". Hablando de la crueldad
de Iturbide asienta don José María Coellar que "cuandono
mataba o causaba un daño efectivo, lo inventaba en sus partes militares.
en los que se nota no sólo el deseo de agradar a sus superiores con
promesas falsas, sino cierta voluptuosidad morbosa que se deleitaba con hacer
muertos aunque fuera con la pluma en el papel". Y don Justo Sierra afirma,
por su parte, que "tenía detrás una larga historia de hechos
sangrientos y de abusos y extorsiones; era la historia de su ambición...
exageró su celo, lo que calentó al rojo blanco, por lo mismo
que no era sincero, y la espada de represión se tiñó
en sus manos de sangre insurgente hasta la empuñadura" y así
y todo muchos hay que quieren hacerla pasar por un blanco cordero sin mácula,
cuando no era sino hombre, todo un hombre hecho de carne pecadora. El padre
jesuita don Mariano Cuevas, en su libro El Libertador, se afana en querer
persuadir que no era sino un delicado y suave san Francisco de Asís
con sable y charreteras.
Con su genio altivo, dominante y arrebatado de orgullo, manifestaba dondequiera
su necio despotismo. A un tal Gilbert, que dizque había dicho de él
cosas feas y que, por lo tanto, no le parecieron, lo obligó a firmar
un recibo de veinticinco azotes que le mandó dar a muy buen son, bien
repicados. Esto mismo hizo alguna vez Federico el Grande, y el coronel Iturbide
quiso imitarle. Sí fue de su sola invención el ordenar que al
alcalde de Xalapa, don Bernabé El ías, le pusieran una albarda
con todos sus atalajes por el gravísimo delito de no haberle podido
facilitar unas mulas que necesitaba para que cargasen no se que cosa
Si necesitaba dinero, que siempre lo había menester y con urgencia,
"lo tomaba donde podía" sin ningunas dificultades, lo asienta
así don Carlos Navarro y Rodriga. Esto lo hizo repetidas veces y no
sólo cuando andaba en la guerra persiguiendo y matando insurgentes,
sino que aun siendo emperador ordenó el secuestro de todos los' cuantiosos
bienes de la mayor parte de los herederos de Hernán Cortés,
de los que sacó no pocos provechos.
Carecía de escrúpulos para apoderarse de lo ajeno. Aprovechaba
bonitamente su elevado puesto militar para realizar negocios suculentos que
le rendían crecidas ganancias. Llevaba a Guanajuato cargamentos de
azoggue, necesarísimo para beneficiar la plata y, además, conducía
otros muchos artículos también indispensables a los mineros,
todo lo cual vendía a elevadísimos precios porque solía
mañosamente "retardar el envío de estos cargamentos, siendo
jefe de las fuerzas que custodiaban los convoyes". Esto afirma, y no
miente, el dicho don Carlos Navarro y Rodrigo.
Hasta con la vida negociaba el señor don Agustín de Iturbide.
Vaya aquí un solo botón de muestra para saber cómo las
gastaba este señor. Se aprisionó a don Juan Sein para fusilarlo,
pero se le perdonó el grave delito de ser simpatizador de la Independencia
mediante el pago de ocho mil pesos contantes y sonantes que se repartieron
amigablemente el virrey don Félix María Calleja, su listo secretario
Villamil y el no menos avisado don Agustín.
El padre Lavarrieta, que conoció muy de cerca tanto a este señor
como a su familia, rindió un informe confidencial al virrey Calleja
en el que, claro, nada nuevo decía que no supiese este sanguinario
sujeto. "No solamente -pone en su escrito, julio de 1816- se hizo comerciante
sino monopolista del comercio; poniendo comisionados en todos los lugares,
detenía los convoyes; vendía la lana, el azúcar, el aceite
y los cigarros por cuenta de él, y para conducir sus cargamentos fingía
expediciones del real servicio".
Pero todas estas abundantes riquezas y muchas más que allegó
con perseverante dedicación y cuidado, se le fueron en pitos y flautas
o como la sal en el agua, y bajó pobre de su inestable trono y en el
destierro pasó penurias y hasta tuvo que empeñar alhajas que
le dieron cosa de catorce mil pesos para poder vivir algún tiempo con
mediana holgura.
Tertulias de La Profesa
Primero, mucha humildad y suavidad, los ojos en tierra fingiéndose
ovejita de Dios, para lograr el perdón por sus cosas nefandas, aparente
sumisión que encubría finas habilidades; pero después
de haberlo conseguido, sacó a relucir todo su carácter imperioso,
violento, apasionado. ¿Qué objeto embaucar con hechizos y embustes
para pasar por mojigato? Entonces trabó relaciones con la Güera
Rodríguez, torbellino brillante y suntuoso. Siempre se les veía
a los dos por dondequiera. Se decían ambos dulces cosas apasionadas,
mientras que con los ojos se cambiaban el alma. Mutuamente estaban presos
y encadenados de amores.
Pero lo diré mejor con las autorizadas palabras de don Vicente Rocafuerte,
que tomo de su Bosquejo ligerísimo de la revolución de México
-páginas 21 y 22, que también cita sin ninguna rectificación,
las acepta y hace suaves sin la menor discrepancia, el descendiente de la
Güera Rodríguez, don Manuel Romero de Terreros y Vinent, marqués
de San Francisco, en La corte de Agustín " emperador de México,
página 9-: "Contrajo (Iturbide) trato ilícito con una señora
principal de México, con reputación de preciosa rubia, de seductora
hermosura, llena de gracias, de hechizos y de talento, y tan dotada de un
vivo ingenio para toda intriga y travesura, que su vida hará época
en la crónica escandalosa del Anáhuac. Esta pasión llegó
a tomar tal violencia en el corazón de Iturbide, que lo cegó
al punto de cometer la mayor bajeza que puede hacer un marido; con el objeto
de divorciarse de su esposa, fingió una carta (y aun algunos dicen
que él mismo la escribió), en la que falseando la letra y firma
de su señora se figuraba que ella escribía a uno de sus amantes;
con ese falso documento se presentó Iturbide al provisor pidiendo el
divorcio, el que consiguió, haciendo encerrar a su propia mujer en
el convento de San Juan de la Penitencia. Esta inocente y desgraciada víctima
de tan atroz perfidia, sólo se mantuvo con seis reales diarios que
le asignó para su subsistencia su desnaturalizado marido". y añade
Rocafuerte en una nota: "iQué mudanzas! iY cuán voluble
es la rueda de la fortuna! Ahora cinco años esta desventurada criatura
hubiera cambiado su suerte por la última criada honrada de México,
y hoy que tiene una corona en la cabeza, no hay individuo de ningún
sexo que pueda aguantar el peso de su orgullo, su impertinencia y vanidad",
Sólo para mantener tela de conversación de lo que por entonces
acontecía en España, se reunían en animada tertulia en
una sala llena de libros y con viejas pinturas de la santa Casa de Ejercicios
llamada por todos La Profesa, varios señores orgullosos, personas de
la nobleza, adinerados propietarios, gente del alto clero, militares, oidores,
todos los fieles partidarios del absolutismo que sentían y respetaban
como un dogma.
El jefe de estos tertuliantes retrógrados era el prepósito don
Matías Monteagudo, hombre de mucha representación y valimento
en el partido español, por lo que contribuyó en la indebida
deposición del virrey don José de Iturrigaray, y también
por haber influido mucho en el Santo Oficio de la Inquisición para
que se procesaraal cura batallador y heroico estratega don José María
Morelos y Pavón, Entremetió Monteagudo su baja obra con los
inquisidores y de ella se derivó la condenación del gran caudillo.
Sobresalían también en esas reuniones de altivos, el prepotente
inquisidor don José Antonio Tirado, que jamás se prestaba a
transigir, fiscal que fue en la causa desrazonada del heroico cura de Carácuaro;
el oidor don Miguel Bataller, regente de la Audiencia, quien decía
a menudo con cara ceñuda y blandiendo el índice, autoritario
y amenazador: "Mientras exista una mula tuerta manchega en España,
ésta deberá dominar a los mexicanos". Todos estos enhiestos
tertulianos abominaban de la Constitución porque les extinguía
sus antiguos privilegios y prerrogativas que creían, con muy sólida
convicción, que deberían de ser perdurables a través
del tiempo, sin mudanzas ni variaciones, estar firmes en un mismo estado aunque
la tal Constitución no era sino un fácil asidero que los reyes
soltaban o tomaban según les convenía.
Esta tertulia de señores presuntuosos y de escasos alcances, poco a
poco pasó adelante; de sólo conversaciones sin trascendencia,
la reunión se mudó en junta secreta de conspiradores, si no
con la aquiescencia del virrey, sí, al menos, con su benévolo
disimulo. Pretendían los conjurados que en la Nueva España no
se jurase la Constitución, con el pretexto de que el amado don Fernando
-ibonito bribón!- había sido cruelmente obligado a aceptarla
en contra de sus altos principios religiosos y morales -¿cuáles
principios tenía ese malvado mentecato?-, y que mientras se
establecía el benéfico absolutismo, la única forma buena
de gobierno que hacía feliz a todo el mundo, se gobernase en México
con las sabias e inigualables leyes de Indias. Esto sí es verdad, pues
ese cuerpo legislativo es lo mejor que ha habido.
Libertad para los ricos
Todo esto no era sino proclamar la libertad de México, que así
no iba a aprovechar en nada al pueblo, sino únicamente a las clases
altas, clero y gente noble, para conservar íntegros sus privilegios,
fueros y riquezas. Aceptados sin discrepancia estos propósitos, se
formuló una nueva proposición que tuvo cabida y consentimiento
en todos aquellos señores: proclamar la Independencia, ya de tan urgente
necesidad, y libre la Nueva España I.¡f! le ofrecería
su gobierno a un Infante español, para que en ella mandase como soberano
absoluto, sin Constitución ni otras zarandajas que le estorbaban sus
actos con impedimentos.
Más para acaudillar esta revolución era menester un jefe militar,
¿Dónde encontrarlo? Sonaron varios nombres que no tuvieron eco
eficaz. Pero la Güera Rodríguez, de vitalidad desbordante, con
ánimo y pecho brioso, que era muy asidua concurrente a esas reuniones
y andaba entre todos los conjurados con alegre familiaridad, habló
de su amado coronel don Agustín de lturbide con ardiente entusiasmo
y con el fogoso donaire que ponía en todas las cosas de su vida, siempre
alegre, proponiéndolo como el jefe adecuado para esa gloriosa campaña
que se iba a emprender. El doctor don Matías Monteagudo, con su gran
autoridad, la secundó, alentando a los dudosos, diciendo además,
encarecidos loores de ese hombre audaz, persistente, valeroso, que huía
de toda pusilanimidad y que siempre cobraba ánimo en las dificultades
y confianza en el peligro.
¿Para qué más? Los conjurados aceptaron a don Agustín
de lturbide con alegre beneplácito, si" ponerle ningún
pero, pues no atrevíanse, por temor y respeto, a contradecir al prepósito
Monteagudo. Cedían todos sin réplica a su autoridad y talento.
Además, de sobra sabían con qué saña feroz combatió
Iturbide a los insurgentes y, con esa excelente táctica, estaban seguros
que conduciría a buen éxito la campaña que se le encomendaba
con tantísimo entusiasmo. Era el fuerte Varón de Dios como rezaba
el anagrama latino Tu vir Dei que con su apellido Iturbide, compuso uno de
sus asiduos aduladores, o "el del camino fuerte", que esto en el
áspero vascuence es lo que quiere decir su dicho apelativo, o bien
el Agustinos Dei Providentia, como decretó el adulador Congreso que
llevase este lema la moneda imperial que se iba a acuñar con el busto
de don Agustín.
Hay por ahí algunos que niegan ese hecho verídico alegando peregrinas
razones, pero por tradición se sabe su certeza, y, además, don
Carlos María de Bustamante lo asegura porque lo supo bien, pues este
señor en todas partes metía los ojos y hasta las narices para
averiguar verdades. Don Agustín de Iturbide estaba rendido por el deslumbramiento
de esa bella mujer, quien alcanzó, por lo mismo, mucha cabida con él.
Don Agustín le fiaba todos sus pensamientos. Se desabrochó con
ella su pecho y dábale parte de sus secretos más ocultos. Así
es que "cuando marchó al sur -dice Bustamante - con la idea de
hacer la Independencia de México, consultaba sus planes y propósitos
a la Güera como se refiere que el romano Numa Pompilio lo hacía
con cierta ninfa sabia en las artes mágicas".
"Dicese que algún descendiente de la Rodríguez conserva
aún en su poder cartas muy curiosas del emperador, en que pedía
consejo a su amiga, lo cual demuestra el alto concepto que de ella tenía
el entonces árbitro de los destinos de la nación mexicana".
Los amores con la Güera
En la página 10 de La corte de Agustín /, emperador de México,
escribe su autor, que lo es don Manuel Romero de Terreros y Vinent, marqués
de San Francisco y caballero de Malta como dije antes que se añade
a este título, lo que es cosa verdaderamente importantísima
para sus contemporáneos: "Que no existe prueba fehaciente para
el aserto" (de los amores de la Güera con Iturbide. Fehaciente o
fehaciente significa lo que hace fe en un juicio, véase esto en cualquier
diccionario, y no se entabló juicio alguno, que yo sepa, para demostrar
los líos de esa dama y el héroe trigarante. Nadie tenía
interés en probar eso que de público se sabía y estaba
tan a la vista, a no ser su esposa, Ana María Huarte, si fuese ciega
esta señora y no viese lo que todos veían. Ciego es el que no
ve por tela de cedazo. No hubo tampoco persona alguna que llevase un notario
para que dijese extrajudicialmente de lo que hacían doña María
Ignacia y el señor don Agustín.
Continúa diciendo don Manuel Romero de Terreros y Vinent, marqués
de San Francisco y caballero de Malta, que "pronto se propagó
en todo el país la especie de que el jefe de las tres garantías
tenía relaciones amorosas con la famosa Güera Rodríguez
y hasta llegó a decirse que éstas tuvieron gran influjo en la
Independencia". Para reforzar esto del "gran influjo", copia
don Manuel Romero de Terreros y Vinent, marqués de San Francisco y
caballero de Malta. lo que escribe don Guillermo Prieto en una página
de sus Memorias: "que este influjo era tal" que cambió la
ruta señalada para el desfile del Ejército Trigarante "porque
así lo quiso la dama favorecipor el caudillo de las tres garantías".
Salía sobrando enteramente este refuerzo con la cita de don Guillermo
Prieto, pues era demasiado conocido ese influjo por lo que había de
por medio entre Iturbide y esa dama "famosa", como la llama el señor
Romero de Terreros.
Estas felices relaciones amorosas de la placentera doña Ignacia Rodríguez
las dice don Mariano Torrente en su documentada Historia de la Independencia
de México, quien trató muy de cerca al taimado don Agustín
de Iturbide, pues al llegar en destierro a Liorna lo encontró en este
puerto en donde Torrente había sido cónsul de España.
Como don Mariano era hombre culto y conocedor de idiomas que hablaba con la
corrección y soltura del propio, Iturbide lo tomó a su servicio
como secretario porque creyó que en ese desempeño le sería
muy útil. Se dice que el encuentro de estas dos personas no fue nada
ocasional, sino buscado a propósito y con maña, ya que el sapiente
y políglota don Mariano era un hábil espía de Fernando
VII. Este "baldón de la especie humana" le pagó la
edición de su libro, bien nutrido de noticias importantes.
Pues bien, don Mariano Torrente dice en esa obra de la amistad. digámosle
así, con suave eufemismo, que unió a Iturbide y a la célebre
señora Rodríguez, pero sin poner el nombre de ésta y
aunque lo calle por "decencia" se saca en el acto Que es a ella
ni más ni menos a quien se refiere de manera clara y patente. Está
su nombre tan oculto como aquello que traía en una canasta el quídam
del cuento y que decía al que se encontraba: "Si me adivinas lo
que traigo aquí, te doy un racimo".
Don Rafael Heliodoro Valle examinó minuciosamente en Washington el
copiosísimo archivo par ticular de don Agustín de Iturbide y
Arámburo que se guarda en la Biblioteca del Congreso, y con todo aquello
que de él copió compuso trece largos artículos llenos
del mayor interés. con el título común de Redescubriendo
a Iturbide que publicó en el diario Excelsior de esta ciudad de México
del 28 de diciembre de 1950 al 20 de enero de 1951.
Antes que el señor Valle, ya había explorado ese riquísimo
archivo don Mariano Cuevas. arisco y atrabiliario padre jesuita, quien solamente
utilizó para escribir su libro El libertador, apasionado como todos
los suyos, las piezas firmadas por don Agustín. Olvidó el padre
Mariano que las "personal idades históricas deben ser reconstruidas
no sólo por lo que dijeron bajo su firma, sino por lo que les dijeron
otros, en ese tono que el ambiente epistolar permite que suene claro, redondo,
a pesar de los años que amontonan pátina y olvido".
Carta de cobro
Pues bien, entre lo mucho que utilizó el señor Valle de los abundantes papeles iturbidianos, está la curiosa carta de un fraile en la que enumera algunos adeudas que tenía doña María Ignacia Rodríguez de Velasco, y don Rafael Heliodoro la precede con este párrafo después del título que le dio de Deudas de la Güera Rodríguez: "Deploro cordialmente que el licenciado Artemio de Valle Arizpe no haya conocido el documento que va en seguida. porque le habría dado mucho color en su delicioso libro reciente La Güera Rodríguez. La presencia de este documento entre los cartapacios de Iturbide es una prueba indudable de que tenía magníficas relaciones. Dice así:
Colegio de San Gregorio, diciembre
20/1822.
Muy señora mía:
La ejecutiva necesidad en que estoy de dar cumplimiento a las obras pías
que son a mi cargo. me hizo ocurrir al Excmo. señor D. Domingo Malo,
en solicitud del justo pago de la cantidad de novecientos treinta y tres pesos,
dos y medio reales, que por razón de réditos adeuda usted a
este colegio, por los vencidos en dos años cumplidos en catorce del
último agosto. y un tercio más en catorce del presente diciembre,
por el capital de ocho mil pesos que su Hacienda de la Patera reconoce a favor
de mi colegio.
No es de menos atención para mis deberes el otro crédito de
cuarenta pe sos que por el capital de cuatrocientos adeuda usted también
por dos años de réditos cumplidos en 15 de septiembre último
al Colegio de San Pedro y San Pablo, hoy a Temporalidades, cuyo cobro es a
mi cargo, y cuyo destino recomendable me estrecha a reclamarlo.
Dicho señor me contestó no ser ya de su administración
los bienes de usted por tenérselos ya entregados; por cuya causa suplico
a su bondad se sirva providenciar el pago referido del cual depende únicamente
el cumplimiento de las obras pías a que está afecto y a que
es responsable en todo evento la finca hipotecada; sirviéndose al mismo
tiempo disimular la molestia de su afto. Servidor y Capellán Q.S.M.B.
Fr. Juan Francisco
Calzada. "
Es indudable que la donairosa Güera, de tan suelta gracia, no le envió esta carta de cobro a Iturbide con el único objeto de que la viese, sino que se la entregó para que después de que se hubiera enterado de su contenido, le mandara pagar esos adeudas, cosa que, de seguro, haría gustoso, teniendo en cuenta lo extremadamente desprendido que era, agregado a esto la sabrosa intimidad que mantenía con la desenvuelta dama. Si esta señora hubiese cubierto las sumas que le cobraba el fraile, estaría entre sus papeles la dicha carta y no habría razón alguna para que se encontrase entre los de don Agustín.
Los atractivos seductores
Escribe el mentado historiador Mariano Torrente: "La primera persona
a quien confió Iturbide el sigiloso Plan de La Profesa fue a una de
las señoras principales de México, en la que la naturaleza había
prodigado de tal modo sus favores, que parecía que se había
empeñado en formar un modelo de perfecciones. Su talle elegante, su
rubicundo color, sus ojos rasgados, la frescura de su tez, sus bien delineadas
formas, y el más interesante conjunto de gracias competían con
la amabilidad de su carácter, con la dulzura de su voz, con la sutileza
de sus conceptos, sagaz previsión, agudeza de talento, rara penetración
y práctica del mundo. No es extraño, pues, que un ser adornado
de tan seductores atractivos hubiera merecido toda la confianza de quien tenía
bien acreditada su afición a quemar incienso ante los profanos altares
del amor".
Aquí el autor pone una Nota, ésta: "Tenía ya dicha
señora más de cincuenta años y conservaba tan fresca
su belleza, que nadie que la haya conocido en aquel tiempo dirá que
haya exageración en el cuadro que acabamos de trazar. Bastará
éste por sí solo para no equivocarse en su designación,
aunque por decencia se suprima su nombre". Hasta aquí el comentario.
Sigue el texto:
"Esta nueva Ninette de L`Encos trató desde luego de influir en
el centro revolucionario fomentando la aversión en quien estaba muy
inclinado a seguir la independencia para vincular en sus manos el mando supremo.
Quedó, pues, convenido entre ambos que se sometiera al licenciado Zozaya
el encargo de reformar el Plan de La Profesa en el sentido de la independencia;
y como ese letrado no supiese pedir prestadas a su dominante pasión
por el juego las horas necesarias para este trabajo, se encargó de
él al licenciado don Juan José de los Monteros, quien formó
el que luego fue conocido con el nombre de Plan de Iguala.
"Los asociados de La Profesa, que ignoraban estos pérfidos amaños
y artificiosos manejos, trabajaban incautamente por proporcionar a Iturbide,
para destruir la Constitución, los medios que luego sirvieron para
asegurar el triunfo de la rebeldía".
Mediante la eficaz recomendación de los pacatos señores de La
Profesa al virrey don Juan Ruiz de Apodaca, que tenían sus simpatías,
lo nombró "comandante general del sur y rumbo de Acapulco"
y manifestó que iba a exterminar a los únicos rebeldes que quedaban,
al enriscado Vicente Guerrero, Pedro Ascencio y las partidas insignificantes,
pero bravas, de Montes de Oca y de Guzmán. En esa región abrupta
la Independencia se defendía por sí misma, pues allí
cada paso es un abismo y cada jornada una insolación.
Puso el Virrey bajo el mando del coronel Iturbide el mayor ejército
que hasta entonces se había formado y él, con su peculiar habilidad,
todavía lo aumentó mucho más, ayudado siempre con pronta
eficacia por Apodaca, quien no le negaba ni escatimaba tampoco cosa alguna
de cuantas le pedía, que eran muchas, ya en refuerzos, municiones o
dinero.
Los fieles realistas estaban más que satisfechos, encantados; no cabían
en sí de loca alegría, pues todos hallábanse suficientemente
informados de lo tremendo que era don Agustín con los insurgentes,
que no dejaba, como se dice, títere con cabeza, y, además, conocían
su osadía y arrojado valor, y, sobre todo, lo miraban casi a diario
confesar y comulgar con gran devoción y se sabía que era frecuentador
asiduo de iglesias y conventos y, asimismo, dizque sabíase bien que
vivía lleno de grandes austeridades y que en su casa rezaba, con todos
sus criados, largos rosarios de quince misterios y que hasta se propuso la
ardua, la penosa tarea, que Dios le tomaría muy en cuenta para la remisión
de sus más grandes pecados, de traer al buen camino a la tempestuosa
Güera Rodríguez. El coronel cimentaba interesados embustes para
llegar a sus fines, con esa máscara que tomaba de santidad.
Lo cierto de todo es que el muy marrullero, junto, demasiado junto, con esa
hermosa mujer toda ímpetu, llena de hervor vital, rezaban, a saber
qué cosas, muy solitos ambos en una casa del Puente Quebrado. Todas
estas demostraciones de acendrada piedad daban a los incautos realistas las
más sólidas garantías para el recto desempeño
de la comisión de acabar con todos los sublevados del sur, sin dejar
ni uno solo.
Como don Agustín era hombre listo y nunca se le helaban las migas entre
la boca y la mano, puso, desde luego, todo su ingenio y actividad, que era
mucha. para atraerse a Guerrero y a los suyos a fin de que se pusieran de
acuerdo de cómo darle fin a la lucha: y aunque don Vicente no le tenía
ninguna confianza a don Agustín, sabiendo, como lo sabía, y
lo sabía todo el mundo, las tremendas atrocidades que cometió
con los insurgentes, al fin pudo lograr Iturbide, valiéndose de hábiles
intermediarios, que don Vicente Guerrero se adhiriera al plan que habían
forjado y vino el famoso abrazo de Acatempan en que se acogieron como dos
buenos amigos. Esto lo comunicó al virrey don Juan Ruiz de Apodaca,
quien le contestó, satisfecho, "que nada había deseado
como el restablecimiento de la paz general conforme a las órdenes y
piadosas intenciones del rey".
Iturbide sostuvo nutrida correspondencia política con la Güera
Rodríguez, y todas las cartas que le hacían llegar a sus manos
las firmaba don Agustín con el seudónimo femenino de Damiana.
El comandante José de la Portilla declaró que Iturbide le había
mandado un oficio con otro para el virrey, pero que ignoraba las razones que
tenía para ello. si bien era de la confianza de Iturbide y su ayudante
de campo. "Que cuando vino condujo algunas cartas abiertas para las familias
de algunos oficiales que se hallan en aquel destino; otras, cerradas, para
el padre y esposa de Iturbide, y otra, que le encargó lturbide, bajo
la mayor reserva, para que la pusiera en manos de una señora conocida.
en esta capital, por la Güera Rodríguez, protestándole
al que declara que contenía sólo asuntos familiares, sin mezclarse
de ninguna suerte en los de Estado; que dicha carta le movió a curiosidad
y que bien satisfecho de que no volvería a hallarse bajo la dominación
de Iturbide sino muerto o prisionero (lo que es muy dudoso) abrió dicha
carta y la leyó al señor coronel don José! Joaquín
Márquez y Donallo y a su ayudante, capitán don Manuel Santiago
de Vargas, y habiéndole aconsejado el último que evacuase la
comisión que encargo Iturbide y extraer la contestación de la
dicha Rodríguez para que con mas conocimientos diese cuenta al Exmo.
señor virrey, no lo venficó así, sino que todas las cartas,
sin excepción las puso en manos de dicho señor excelentlsimo
y, además, le dio verbalmente todas las noticias que sabía"
"Do la Portilla aseguró que trataba de atraerse la confianza de
Iturbide, pero que no creía haberlo logrado"; y "que bien
demuestra la misma de la Rodríguez en la' que se firma Iturbide con
el nombre de Damiana, y se explica en ella en términos que no se puede
formar sentido sin tener antecedentes. y que éste no lo tenía
el declarante".
Tomé lo anterior de Redescubriendo a Iturbide de que antes ya di noticia,
por Rafael Heliodoro Valle, publicado en Excelsior de 20 de enero de 1951.
Religión, Independencia y Unión
Claro está que la correspondencia de la trasloada doña María
Ignacia con don Agustín de Iturbide está llena de frases convenidas
de antemano, de giros velados que le daban a las palabras otro diferente viso
para entenderlas en modo interpretativo, de otra manera de como estaban escritas.
Era una clave ingeniosa estudiada con cuidado y de común acuerdo entre
los dos amantes para esconder el sentido recto de todo lo que se comunicaban
y nadie desenvolvía el secreto por más que sudaran y se atareasen
el entendimiento los más ingeniosos para develarlo. Ninguno participaba
de sus secretos misteriosos,
Grande y fina habilidad demostró el coronel lturbide para hacerse en
la Puebla de los Ángeles con una imprenta para imprimir el famoso Plan
de La Profesa reformado en sentido de la Independencia por el licenciado don
Juan José Espinosa de los Monteros; pero estuvo aún más
hábil y astuto para adquirir suficiente dinero del obispo don Juan
Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, a quien le sacó más de
veinticinco mil pesos, con sutilísimos engaños bien tejidos,
y aun se burló de la creeldad del virrey Apodaca para hacer que saliera
de México la conducta llamada de los manilos, que conducía al
puerto de Acapulco más de quinientos mil pesos, producto de las ventas
de lo que trajo la nao de la China. Pegósela buena al ofrecerle lo
que no pensaba hacer.
Ya de entero acuerdo con el teniente coronel don Vicente Guerrero, así
como con todos sus parciales para unirse y proclamar la libertad de México,
se publicó en Iguala la famosa proclama, fundando la necesidad de la
Independencia en el curso ordinario de las cosas humanas y cuyos artículos
esenciales eran la unión entre europeos y mexicanos, la conservación
de la religión católica sin tolerancia de otra alguna y el establecer
una monarquía moderna con el título de Imperio Mexicano para
ofrecer el trono a Fernando VI; pero que si éste no se presentaba personalmente
en México a jurar la Constitución que habían de dictar
unas cortes, serían sucesivamente llamados los infantes sus hermanos
y, a falta de estos serenísimos señores, el archiduque Carlos
de Austria u otro individuo de casa reinante a quien eligiese el futuro y
renombrado Consejo.
A estos principios se les llamó de las Tres Garantías, Religión,
Independencia y Unión, y se adoptó una bandera con los colores
blanco, verde y rojo, puestas las tiras en sentido diagonal. con una estrella
dorada de cinco picos en cada franja. Éstas simbolizaban el cumplimiento
de las Tres Garantías: el color blanco, la pureza de la Religión;
el verde, el movimiento insurgente, la Independencia; el rojo, al grupo de
españoles que secundaban este patriótico movimiento, que era
la anhelada Unión. Don José Magdaleno Ocampo, sastre de Iguala,
fue quien hizo la primera bandera del México independiente.
Con ardoroso entusiasmo y alegría se proclamó este plan y juró
sostenerlo a costa de su sangre todo el numeroso ejército reunido en
Iguala. Hubo tedéum solemne y nutridas salvas entre largos repiques.
Con himnos y loores alababan todas las bocas al inmaculado patriota don Vicente
Guerrero y a don Agustín. Fueron grandes las alegrías. Resonó
el lugar entero con gloriosas aclamaciones. Se hizo de ello fiesta y regocijo.
Con sobra de razón todo esto, pues México se había independizado
de España. lturbide se nombró a sí mismo "Primer
Jefe del Ejército".
Fernando, rey de la
Nueva España
Está bien comprobado, sin lugar a duda, que estuvo en poder de la Güera
Rodríguez la famosa carta de Fernando VII, escrita de su letra y por
su mano, de la cual salieron los principios del Plan de Iguala, pues dio la
exacta solución para hacer la Independencia. Don José Presas
trajo personalmente esta misiva al virrey don Juan Ruiz de Apodaca, la cual
vio el marqués del Jaral de Berrio, así como otros señores
respetables que pertenecían a la logia Arquitectura moral, sita en
la calle del Coliseo Viejo. Como el virrey también era masón,
por eso se la mostró a esos sus conmilitones.
La carta del abyecto y protervo Fernando era ésta:
Mi querido Apodaca:
Tengo noticias positivas de que vos y mis amados vasallos los americanos,
detestando el nombre de Constitución,
sólo apreciáis y estimáis mi real nombre: éste
se ha hecho odioso en la mayor parte de los españoles que, ingratos,
desgraciados y traidores, sólo quieren y aprecian el gobierno constitucional
y que su rey apoye providencias y leyes opuestas a nuestra sagrada religión.
Como mi corazón está poseído de sentimientos católicos,
de que di evidentes pruebas a mi llegada de Francia con el restablecimiento
de la Santa Inquisición y de la Compañía de Jesús
y otros hechos bien públicos, no puedo menos de manifestaros que siento
en mi corazón un dolor inexplicable; éste no calmará
ni los sobresaltos que padezco mientras mis adictos y fieles vasallos no me
saquen de la dura prisión en que me veo sumergido, sucumbiendo a picardías
que no toleraría si no temiese un fin semejante al de Luis XVI y su
familia.
Por tanto, y para que yo pueda lograr la grande complacencia de verme libre
de tantos peligros, de la de estar entre mis verdaderos y amantes vasallos
los americanos y de la de poder usar libremente de la autoridad real que Dios
tiene depositada en mí, os encargo, mi querido Apodaca, que si es cierto
que vos me sois tan adicto como se me ha informado por personas veraces, pongáis
de vuestra parte que ese reino quede independiente de éste; pero como
para lograrlo es necesario valerse de todas la inventivas que pueda sugerir
la astucia (porque considero yo que ahí no faltarán liberales
que puedan oponerse a estos designios), a vuestro cargo queda el hacerlo todo
con la perspicacia y sagacidad de que es susceptible
vuestro talento; y, al efecto, pondréis vuestras miras en un sujeto
que merezca toda vuestra confianza para la feliz consecución de la
empresa; que en el entretanto yo meditaré el modo de escaparme incógnito
y presentarme cuando convenga en mis posesiones; y si esto no pudiese yo verificarlo
porque se me opongan obstáculos insuperables, os daré aviso
para que vos dispongáis el modo de hacerlo; cuidando, sí, como
os lo encargo muy particularmente, de que todo se ejecute con el mayor sigilo
y bajo de un sistema que pueda lograrse sin derramamiento de sangre, con unión
de voluntades, con aprobación general y poniendo por base de la causa
la religión, que se halla en esta desgraciada época tan ultrajada,
y me daréis de todo oportunos avisos para mi conocimiento y gobiemo
por el conducto que os diga en lo verbal (por convenir así), el sujeto
que os entregue esta carta. Dios os guarde: vuestro Rey, que os ama.
Femando. Madrid. a 24 de diciembre de 1820.
De esto vino, principalmente, que se nombrara a lturbide para realizar
el plan propuesto por el monarca, ese "chispero infame y manolo indecente".
Como la Güera Rodríguez andaba en la intriga para la designación
de su amigo con el fin de que fuera él quien tuviese el mando de las
tropas que irían al sur, dizque a sosegar a los rebeldes, ella tuvo
en su poder la mentada carta del falaz rey chulón. Llegó ese
papel a poder suyo o bien porque se lo dio el mismo don Agustín de
lturbide, a quien, a su vez, se lo había entregado don Juan Ruiz de
Apodaca para que se enterase de los deseos de Fernando, o bien, puede ser,
que alguien lo sustrajo de donde lo tenía bien guardado el virrey y
se lo entregó a doña María Ignacia, que se hallaba patrióticamente
muy metida en el ajo.
El caso es que, de cualquier manera de éstas, la Güera poseyó
la tal misiva y ésta no apareció entre sus papeles particulares,
acaso porque la destruyó para no comprometer al rey Fernando, quien
siempre la negó, pues era un bribón de siete suelas, pero no
un tonto, y ya con esto el infame se aferró más en que nunca
había existido esa carta que aquí, repito, vieron muchas personas
llenas de probidad que no tenían por qué mentir de tan común
acuerdo.
Arcos triunfales
El día 27 de septiembre de 1821 el Ejército Trigarante hizo
en México su vistosa entrada triunfal, entre las claras voces de los
clarines, el tarantántara de los tambores y el alborozado estruendo
de los repiques, en los que se injertaba alegre el múltiple y constante
estallido de los cohetes. La ciudad ardía en gran deleite que expresaba
en vítores fervorosos al libertador. México entero, encendido
de gozo, echó llave a sus casas, y amos y criados se trasladaron a
las calles por donde iba a pasar el vistoso desfile de las tropas trigarantes.
Aquellos que no tenían quién les sirviera cerraron sus puertas
y fueron a aumentar el contento popular, que atronaba con músicas y
con larga algazara de festivos vivas que prolongaban los ecos; las campanas,
llenas de júbilo, avivaban a los corazones ansiosos.
Ese día lo señaló todo el mundo con piedra blanca. Se
decía por todas partes que esa gran hazaña de don Agustín
de Iturbide merecía esculpirse en mármoles y grabarse en bronce.
La carrera que iba a seguir el Ejército Libertador se acordó
fuese desde la Tlaxpana por San Cosme, Puente de Alvarado, costado de la Alameda,
Mariscala, San Andrés y calles de Tacuba, para pasar en seguida frente
al Palacio Virreinal en donde estaría el virrey don Juan de O'Donojú,
recientemente llegado a México. Pero Iturbide mandó desviar
la columna con el galante fin de que doña María Ignacia Rodríguez
de Velasco presenciara el desfile y lo viese a él muy arrogante al
frente de sus tropas invictas. Cambió a última hora las órdenes
de la marcha y quiso pasar por la calle de La Profesa, en la que estaba la
casa morada de esa magnífica señora con quien tenía sus
alegres veleidades.
Se hallaba doña María Ignacia con el cuerpo bañado en
deleite, como beatificada con arroyos abundantísimos de bienaventuranzas.
Se hizo la marcha desde el Paseo de Bucareli por las calles de San Francisco,
que no podían estar más llenas de gente entusiasta, toda ella
con el alma llena de gozo y fiesta. En esas engaladas rúas no hubiese
cabido un arroz, como suele decirse para ponderar la gran muchedumbre que
hay en un lugar.
Se detuvo un instante el héroe en la esquina del convento franciscano
en donde el cabildo municipal había mandado levantar un elevado arco
de triunfo, cuya arquitectura adornaban banderas y largos gallardetes con
los colores trigarantes. AII i el Ayuntamiento tuvo el alto honor de entregarle
las' llaves de la ciudad, que eran de oro, puestas en una bandeja de gruesa
plata repujada, las que en el acto devolvió Iturbide después
de un breve discurso del regidor decano y de un gentil intercambio de sonrisas,
saludos y otras bien estudiadas y exquisitas cortesanías, y siguió
un redoble profundo de tambores junto con la regocijada resonancia de las
trompetas y campanas. Llenaba el aire un largo retumbar de gritos y de aplausos.
La famosa Güera estaba puesta al balcón con el rostro dado suavemente
de blanquete, con tenues frescores en las mejillas que armonizaban con el
desleído azul de sus ojos. Se hallaba muy entre sedas, con encajes
y joyas lucientes y con el alma cargada de gozo. El brillo de las armas, entre
un ondear de plumas, le anunció mil próximos contentos, expansiones
vehementes.
Iba don Agustín muy enhiesto, airoso y bizarro, con un uniforme muy
galano; en cada vuelta del galón de oro se veía prendido un
minúsculo relumbre. Montaba muy gallardo un caballo alazán,
braceador y de gran alzada.
El bélico frisón se lozanea del ronco tarantántera incitado,
como d ice en su Arauco domado Pedro de Oña. Rodeaba a Iturbide el
brillante bullicio de su Estado Mayor, además de un crecido estol de
altos personajes ataviados con todo fausto. Los ojos de doña María
Ignacia, guiados por el alma, lo descubrieron pronto, entre tanto ardiente
colorín y tanto refulgir de metales. La alegría que le salió
a la cara voceó y pregonó en el acto el buen hallazgo. Los ojos
de él también dieron con lo que apetecía e igualmente
les salió el contento al verla tan radiante, vestida y adornada con
esmero suntuoso, y con mil alhajas fulgurantes. Ambos cambiábanse el
alma con la mirada, mientras el versicolor abanico de nácar aleteaba
con muelle parsimonia, poniendo aire fresco en el rostro de la dama y llevándose
perfumes.
Don Agustín, con voz magnífica de mando, detuvo la columna,
y ante la pasmada admiración de todo el mundo, se desprendió
del sombrero una de las simbólicas plumas tricolores que en él
llevaba ondeando, y con uno de sus ayudantes de campo la envió muy
galán a la donairosa y traviesa dama, quien la tomó con delicada
finura entre el índice y el pulgar, como si fuese cosa quebradiza,
de suma fragilidad, y con magnífico descaro se la pasó por el
rostro varias veces, lenta y suavemente, acariciándoselo con voluptuosa
delectación. Su rostro con aquel roce se le coloreó de alegría
con el pregusto de futuros y largos contentos. Su gozo en aquel instante era
igual a las ansias de su deseo. Por el aire diáfano, traspasado de
sol, de aquella mañana limpia como un diamante, bajó la sonrisa
de ella a pagarle a Iturbide la rendida fineza. Más tarde celebraron
el fausto acontecimiento con las expresiones de rigor en tales casos, tras
de mucha ausencia y mucho deseo.
Don Manuel Romero de Terreros y Vinent, marqués de San Francisco, en
su libro Ex antiquis, páginas 227 y 228, dice que la Güera "tuvo
gran amistad con lturbide", y itanta!, digo yo, y cuenta lo que es bien
sabido de que don Agustín desvió el desfile del Ejército
Trigarante de las calles de San Andrés y Tacuba por donde iba a pasar,
para que fuera por las de San Francisco "con el objeto de que ella pudiera
admirarlo desde su casa de la calle de La Profesa" y cuenta, además,
"que detuvo la marcha y, desprendiendo de su sombrero una de las plumas
tricolores que en él llevaba, la envió con uno de sus ayudantes
a la hermosa Güera".
A propósito de esta pluma quiero poner aquí, ya que viene a
pelo, lo que don Jesús Galindo y Villa escribe en el capítulo
titulado Las reliquias del general, que es uno de los de su ameno libro Polvo
de historia. El general don Vicente Riva Palacio era poseedor de muchos curiosos
objetos históricos entre los que estaba una silla que fue del cura
Hidalgo, una espada de Mina, una parte del uniforme militar de su abuelo,
el general don Vicente Guerrero, etcétera, y el "penacho o plumaje
tricolor, que Iturbide usaba en su gran sombrero de empanada, cuando en medio
de las aclamaciones de un pueblo delirante de gozo, entró en la ciudad
de México el venturoso 27 de septiembre de 1821, al frente del Ejército
Trigarante. Dicen que se lo regaló la famosa Güera Rodríguez".
Por la noche fue adecuada la celebración de las paces firmadas en Iguala.
En la fachada del Real Palacio, en la del Ayuntamiento, así como en
todas las casas del Estado, se hicieron profusas iluminaciones que dizque
fingían bien la claridad diurna. Además de esto la noche que
se asentaba en la Plaza Mayor se aclaró más, aunque fugitivamente,
en los multicolores fuegos pirotécnicos que se multiplicaban en castillos,
altos y complicados, y en aisladas girándulas. También llenaron
la noche el sin fin de los cohetes voladores que volcaban brillantemente sus
flores de luz. Todo esto estaba hecho con mucho arte por los mejores polvoristas.
La Güera e Iturbide, con sus almas también muy de fiesta, presenciaron
desde un balcón del palacio, junto con el virrey y las encumbradas
personas de su corte, el incendio' multicolor de los castillos y el bullicio
de la gente que llenaba la plaza.
El cetro Y la corona
"Iturbide -vuelvo a citar a don Carlos María Bustamante- después
de idear el notabilísmo Plan de Iguala, lo juró solemnemente,
así como los demás jefes de la revolución separatista;
en aquel documento se hacían promesas muy formales al pueblo mexicano
respecto del sistema de gobiemo que había de regir la nueva nacionalidad.
No se dijo allí, ni por asomo, que un mexicano ocuparía el solio
del imperio, porque a la sabiduría política de Iturbide no se
ocultaba entonces que intentarlo era fracasar, como sucedió más
tarde. Pero la popularidad del héroe de cien batallas, del libertador,
del verdadero Padre de la Patria, iba creciendo más y más cada
día; y no cien, ni mil, ni cien mil mexicanos, pedían a gritos
la consagración de Iturbide emperador, sino toda la Nueva España,
como un solo hombre", y sucedió entonces que el famoso guerrero
y libertador aceptó el cetro y la corona que se le ofrecía,
sin pensar que con ello las promesas de Iguala se disipaban como nubes de
verano, y que el pueblo, que al fin todo lo comprende y todo lo descubre,
tacharía de ambicioso al que antes colmara de honores.
Naturalmente, la Güera Rodríguez tuvo conocimiento de la resolución
adoptada por Iturbide; y cuando él solicitó el parecer de su
bella amiga, ésta díjole con la penetración de un augur,
poco más o menos, lo siguiente: guardaos muy bien de aceptar la corona,
don Agustín, porque yo sé que cuantos hombres entran a Palacio
pierden la cabeza. -Daré garantías, conservaré el orden
-repuso Iturbide.
-Pensad observó la dama-, que la primera cabeza que caerá será
la vuestra. Cuando el Presidente del Congreso puso a lturbide la refulgente
corona imperial, se le ladeó rápida hacia una oreja con lo que
estuvo a punto de ir a dar al suelo, y en el acto exclamó don Rafael
Mangino, con un cierto dejo de ironía:
-¡Cuidado, no se le vaya a caer a Su Majestad!
-iYo haré que no se me caiga! -contestó también rápido
don Agustín. Pero a pesar de todo lo que hizo no la pudo sostener firme
en su cabeza con las violentas arremetidas que le daban los liberales.
Al fin se le vino abajo definitivamente al del "camino fuerte",
que esto, en vascuence, significa Iturbide, como aquí decimos, o Itúrbide,
como en España se pronuncia este apellido, con acento en la u.
Su Alteza Serenísima
El archivo del general don Vicente Guerrero, que posee el general don
Juan Andreu Almazán, guarda una hoja volante que salió a luz
en 1882 de la "Imprenta Imperial (contra el despotismo)" y su autor
la firma sólo con sus iniciales: D.B.T. Dice así ese papel:
DUDAS, PARA B. QUE QUISIERA RESPONDERLAS, QUE LE HAN
OCURRIDO A UN TRISTE EVANGELISTA'
1 a. Si a la Güera Rodríguez por la unión carnipostática
con el Smo. Sor. Iturbide le corresponde la S.A. [El título de "Su
Alteza"]
2a. Si esta, u otra distinción, a las subalternas de que por más
tiernas usa S.A.S. ["Su Alteza Serenísima", Iturbide]
3a. Si en el caso de coronarse este Héroe, las sobredichas Señoras
han de ser comprendidas en la familia imperial.
4a. Si las Cortes exigirán a S.A.S. los ocho millones que se ha embolzado.
5a. Si los dos de contribución al Venerable estado eclesiástico
se destinarán a las urgencias del Imperio o a las del presunto Emperador.
6a. Si las pérdidas que este hace en los albures han de ser por cuenta
de la Hacienda Imperial, o de la suya particular.
7a. Si agotado el numerario por S.A.S. será permitido el robo, y ha
de sellarse el cobre, u otro metal.
8a. Si nuestra libertad consiste en que el Sr. Iturbide se corone, y nos gobierne
a su advitrio, o en que se formen las Cortes y benga uno de los llamados por
el plan de Iguala y Tratados de Córdova.
Compatriotas: interesado en la felicidad común del suelo en que nací,
no puedo menos de deciros que huyendo del fuego hemos caído en las
brasas, y que al paso que vamos llegará el día que ni tengamos
que comer ni a quien pedírselo, y lo que es mas, ni a quien robárselo,
porque en la metálica hidropesía de nuestro regenerador se traban
estas cosechas de oro y plata de tal modo que en el presente año ni
semillas se hayan para la nueva siembra. Despreocupémonos, que nos
sucede ya lo que a la culta Francia, que no pudiendo sufrir la tiranía
de Napoleón, se acogió a su legitimo Gobierno.
Imprenta Imperial (contra el despotismo) de D.B.T. México 1882.
Del imperio al paredón
En el efímero relámpago del imperio, doña María
Ignacia Rodríguez de Velasco, que era la quintaesencia de la astucia
y avisadísima en extremo de todo lo que le tocaba, no quiso ocupar
puesto alguno en la corte, como esperaban todos que lo tuviese, y puesto prominente,
al lado de la emperatriz doña Ana María Huarte, ya como camarera,
ya como dama de honor o dama de palacio. ¿Para qué quería
nada de esto la Güera Rodríguez? Ella tenía puesto muy
firme y principal en el corazón de Iturbide, el flamante emperador.
A don Manuel Romero de Terreros y Vinent, marqués de San Francisco,
le causa gran admiración -página 10 de su Corte de Agustín
" emperador de México-, de que si su antepasada la Güera
Rodríguez "tuvo tanta influencia en el ánimo de Iturbide,
llama mucho la atención que esta señora no figurara con cargo
alguno cuando se formó la corte del nuevo imperio. Ni en la Gaceta
Imperial ni en las listas separadas que se publicaron al efecto, se halla
el nombre de la célebre dama". Esto es como un dolido reproche
que hace don Manuel Romera de Terreros y Vinent. marqués de San Francisco
y caballero de Malta, a Iturbide por no haberle dado puesto alguno sobresaliente
en su flamante corte.
Ya dije antes el puesto que ocupaba la listísima señora. ¿Habría,
acaso, otro mejor para ella?
En cambio sí consiguió con su valimiento elevados cargos para
sus tres hijas, que fueron, como consta en la Gaceta Imperial de México
de 20 de julio de 1822, "Damas Honorarias", así como para
sus yemas y su hijo don José Jerónimo de Villar Villamil, mayorazgo
de López de Peralta. Este señor fue nombrado "Mayordomo
de Semana", e igual cargo tuvo el conde don Pedro José María
Romero de Terreros y Trebusco y Rodríguez Sáez de Pedros de
la Costera Rivas Cacho, marido muy feliz de doña María Josefa,
hija mayor de la Güera. Este encumbrado caballero era por nombramiento
del virrey Apodaca, capitán del Escuadrón Urbano de Patriotas
de Femando VII.
El esposo de doña María de la Paz, la segunda hija de la notable
doña María Ignacia, era el señor don José María
Rincón Gallardo y Santos del Valle, marqués de Guadalupe Gallardo
y mayorazgo de Ciénega de Mata o la Grande. Este caballero tuvo el
puesto de "Caballerizo Mayor" que, como su nombre lo indica, tenía
a su cargo el importante gobierno y cuidado de las caballerizas y de los que
servían en ellas, así como, algo de más calidad, el oficio
de ir a caballo a la izquierda del carruaje que ocupaban las imperiales personas.
Fue "Mayordomo Mayor de Su Majestad" don José María
Echéverz Espinar de Valdivieso Azlor y Vidal de Lorca, marqués
de San Miguel de Aguayo y de Santa Olaya, y maestrante de Ronda, marido de
doña María Antonia, la tercera de las hijas de la templadísima
Güera Rodríguez. El marqués de San Miguel de Aguayo era
muy adinerado, poseía extensas posesiones en las provincias de Coahuila
y Texas.
A todos estos perínclitos señores no les cabría la rimbombancia
de sus nombres, apellidos y títulos, en una simple tarjeta de visita,
sino que para ponerlos todos completos necesitarían una serpentina.
Después del imperio fugitivamente deslumbrante, vino en seguida la
amargura del destierro; luego el sangriento cadalso de Padilla y el jamás
de la muerte. La sepultura es lo verdadero, lo que no falla, es puerto seco
que está a la raya de este reino terrenal y entrada del celestial.
Polvo y ceniza era don Agustín de Iturbide, como todas las criaturas
humanas hechas del deleznable barro mortal. Viene de través el cierzo
de la muerte y marchita y acaba con el vigor y juventud. Todo pasa como agua
corriente de río que no se detiene, como flor que se mustia y acaba.