Francisco L. Urquizo
La Decena Trágica es el nombre con que han pasado
a la historia los días del 9 al 18 de febrero de 1 913 en que el ejército
porfiriano se rebeló contra el Presidente Madero y convirtió
a la capital en campo de batalla.
Los libros históricos se escriben generalmente como si los únicos
protagonistas fueran las grandes figuras. La originalidad de este cuaderno
es que los sucesos están vistos desde los ojos de un soldado raso.
Un hombre, arrancado por la leva del suelo que cultivaba, describe en su propio
lenguaje la destrucción de cientos de vidas de sus hermanos durante
un enfrentamiento resuelto de antemano por los altos jefes militares En defensa
de intereses que no son suyos, este "Juan", representante de su
pueblo. se ve obligado a matar y luego a vivir lisiado
Su pregunta: "¿Hasta cuándo dejaremos de ser bueyes y embestiremos
a los que nos arrean?" fue contestada en su tiempo por Villa y Zapata
que respondieron como soldados del pueblo y lucharon por una sociedad a la
medida de sus anhelos y necesidades.
La Decena Trágica es un cuaderno formado por los dos últimos
capítulos de la novela Tropa vieja que el general Urquizo publicó
en 1943.
Francisco L. Urquizo (n. en San Pedro de las Colonias, Coahuila, en 1891;
m. en México, en 1969) fue maderista y ministro de Guerra en el gabinete
de Carranza, a quien acompañó hasta su muerte en Tlaxcalantongo.
El Presidente Cárdenas lo reincorporó al Ejército Mexicano
en 1934. Durante la segunda Guerra Mundial fue subsecretario de la Defensa
y en el último año de Ávila Camacho se hizo cargo de
dicha secretaría. En su extensa y magnífica producción
literaria destacan ¡Viva Madero! De México a Tlaxcalantongo.
Tropa vieja y Soy soldado de levita, su última novela.
La Decena Trágica
El comienzo de la traición
Cuando menos lo esperábamos, una mañana tronó el cohete.
Era el día 9 de febrero, domingo por cierto.
Apenas acabábamos de comer el rancho, después de la primera
lista del día, cuando se presentó en persona y sin anuncio alguno,
el comandante militar de la plaza de México, general de división
don Lauro Villar. Piocha larga, fornido; cara de hombre resuelto y acostumbrado
a mandar siempre; aunque anduviera vestido de paisano, cualquiera que lo viera
había de pensar que aquel hombre no podía ser sino un general.
Habló con el mayor unas cuantas palabras de prisa, y a toda carrera
nos hicieron armar y nos municionaron a doscientos cartuchos. En menos que
el aire, estábamos ya en la calle marchando camino a los trancazos.
En un momento corrió la voz. Se habían sublevado varios cuerpos
de la plaza: había habido un cuartelazo y teníamos que pelear,
a los pocos minutos, con los mismos de nosotros.
Ibamos al Palacio Nacional, que decían que estaba ya en manos de los
muchachos de la Escuela de Aspirantes, que desde Tlalpan habían llegado
sublevados y se habían apoderado de él, desarmando a los del
20o. Batallón que daban guardia en las