Roque González Garza
La batalla de Torreón fue un hecho de armas decisivo que abrió
el camino para la toma de Zacatecas y finalmente para la caída del
usurpador Victoriano Huerta. Centro agrícola, comercial, ferroviario
y militar de una amplia región norteña, Torreón era una
pieza clave defendida personalmente por José Refugio Velasco, comandante
en jefe del Ejército Federal.
Pancho Villa, al frente de la División del Norte, inició el
ataque el 3 de marzo de 1914. Con 8200 soldados y apenas 29 cañones,
atacó a lo mejor de las tropas huertistas, que presentaron una resistencia
empecinada. Sin embargo, no pudieron contra el impulso de las fuerzas revolucionarias
y el 16 de marzo los villistas entraron triunfalmente en Torreón.
Este relato no es obra de historiadores sino de protagonistas de la historia:
fue escrito día tras día a medida que se desarrollaban los combates,
y reconstruye ambiente, escenario y personajes de aquel momento épico.
Roque González Garza (1885-1962), quien escribió el texto en
colaboración con J. Pérez Rul y P. Ramos Romero, se incorporó
al villismo y tomó parte en muchas batallas. Representante de Villa
en la Convención de Aguascalientes, un 1915, a los 30 años,
fue por breve tiempo Presidente de la República. Exiliado, volvió
al país a la muerte de Carranza. Esta narración fue publicada
en 1914 y es casi desconocida. El equipo de Cuadernos Mexicanos le ha hecho
algunos mínimos ajustes para difundirla entre sus lectores
La batalla de Torreón
Día 20 de marzo de 1914
Se pide y es negada la rendición de la plaza de Torreón
Villa y Ángeles piden por teléfono al general J. Refugio Velasco
la rendición de la plaza de Torreón, desarrollándose
el siguiente diálogo: (Llama el general Ángeles, contesta el
capitán Eguiluz, y después de cerciorarse quién es su
interlocutor, entrega la bocina al general Velasco,)
Angeles.: Buenas tardes, mi general.
Velasco: Buenas tardes. ¿De dónde habla usted?
A: De Bermejillo, mi general. V.: ¿Qué ya tomaron Bermejillo?
A: Sí, mi general.
V: Lo felicito.
A: Gracias.
V: ¿y qué les hicieron?
A: Nada. Con objeto de evitar tanto derramamiento de sangre, creemos cumplir
con un deber pidiendo a usted la plaza de Torreón.
V.: Un momento. (El general Ángeles creyó que con estas palabras
Velasco trataba de eludir toda conversación sobre el particular; y
agregó:) ¿De modo que es inútil toda conversación
sobre este asunto?
V.: ¿Es inútil?
A: Eso es lo que yo pregunto. En lugar de contestar, Velasco pasó la
bocina al coronel Solórzano, que con argumentos baladíes trató
de convencer al general Ángeles de que los constitucionalistas debían
deponer las armas. Poco después sonó el timbre y