Ángel del Campo
Cuentos del arrabal. Para los mexicanos de nuestros días, el porfiriato,
la época que se extiende de 1877 a 1910, aparece como una era de paz
fundada en la represión de todas las inconformidades, el silencio impuesto,
la profunda desigualdad social. Aquellos tiempos idos se nos presentan como
una foto deslavada que habla de vidas ajenas sin relación alguna con
lo propio.
Los cuentos que hemos llamado "del arrabal" por ser éste
su escenario predominante, y que su autor reunió en el libro Ocios
y apuntes, son el testimonio de un escritor que padeció como horizonte
diario aquella injusticia. Colección de acuarelas pintadas ante nuestros
ojos, tienen la virtud de volver parte de nosotros mismos el sufrimiento y
la diversión, la injusticia y el trabajo.
El trabajador víctima da la usura, la anciana fanática religiosa
que gasta su tiempo calumniando, el burócrata empobrecido, el enamorado
a quien la muerte le arrebata al objeto de su amor, las muchachas y los niños
del otro fin de siglo dejan de ser extraños y ausentes, se convierten
en nuestros vecinos y a veces en una imagen de nosotros mismos.
Ángel de Campo (1868-1908) usó los seudónimos de Micrós
y Tic-Tac. Capitalino de la clase media, fue el novelista y el cronista extraoficial
de la ciudad de México en sus cuentos y crónicas. Cosas vistas.
Ocios y apuntes. y en La rumba, la única novela que le dejó
escribir el ejercicio forzado del periodismo.
Pues ya le digo a usted, la niña está ocupada; me dijo que le
dijera a usted que viniera mañana.
-Dígale usted que soy doña Chole, ya me conoce... doña
Chole la de la Candelaria, la señora que le trae los dulces de las
monjitas.
-Voy a avisar; pero ya le digo a usted lo que me dijo la niña.-Y la
criada desapareció dejando a doña Chole, la de la Candelaria,
plantada en el quicio de la puerta; sacó nuestra vieja, porque vieja
era, un pañuelo y se secó el sudor; lanzó un bostezo,
se persignó la boca, y después de tres estornudos acompañados
de las imprecaciones ¡Jesús. María. José!...
-Que pase usted.
Al oír la voz de la criada pasó a una pieza, sentóse
en una silla, compúsose el tápalo verdoso, colocó a un
lado la maravilla, verdosa también, y cruzó las manos sobre
el Lavalle de grasosa pasta.
Doña Chole, la de la Candelaria, era una vieja bien fea, semicalva;
peinaba las pocas greñas pegándolas a la frente sucia; ojillos
vivarachos, boca despoblada de dientes y los que le quedaban, de un color
indefinible, se acercaban más al maíz negro que a las perlas;
un lunar adornado de un gracioso ricito daba un aire peculiar a su barba temblorosa.
El saquillo de merino lustroso por el uso, dejando ver pedazos de forro por
las desgarraduras