Niñas Siamesas

En 1915, ante el asombro del mundo entero, en San Antonio, Texas, de los Estados Unidos de América, un médico mexicano que se hallaba ahí desterrado por haber servido en México al gobierno espurio del general Victoriano Huerta, separó a dos hermanas siamesas, una de ellas moribunda por grave enfermedad no contagiosa, para lograr que la otra viviera sana y normal hasta llegar a ser una madre de familia.

Ese médico eminente fue Aureliano Urrituia, antiguo indio de Xochimilco y luego mozo de un hospital mexicano, donde sintió la vocación de su vida, habiendo hecho los estudios de médico en la facultad de Medicina de México, de la cual llegó a ser director y maestro de cirugía.

Las dos niñas "siamesas" o unidas en sus cuerpos, tenían en común algunos órganos, entre ellos el hígado y habían crecido así hasta llegar a la niñez, causando el asombro y la lástima de la gente que las veía. Pero mientras que una de las niñas se mostraba sana y animosa, la otra era enfermiza y lánguida, hasta que fue enfermando de una dolencia incurable, que los médicos diagnosticaron llegaría pronto a su término, causando la muerte de la niña enferma, que necesariamente arrastraría también a la hasta entonces sana.

La cirugía quedaba como un remedio extremo, pero ninguno de los médicos norteamericanos de esa época se atrevía a practicar la separación de ambas niñas, sobre todo porque tenían en común el hígado, que entonces no se sabía operar con éxito. Fueron consultados varios especialistas en cirugía, y ninguno se atrevió a practicar tan delicada e inusitada operación, hasta que el mexicano Urrutia dijo él podría hacerla, con grandes probabilidades de éxito. En los anales de la cirugía del siglo XX ha quedado indeleble el recuerdo de esa famosa operación, ejecutada maravillosamente, y la cual alcanzó resonancia en todo el mundo.

Varios médicos quisieron estar presentes en la operación que el mexicano habría de practicar, y ante eminencias del extranjero, en un hospital de San Antonio, Texas, Aureliano Urrutia fue cortando y cortando la parte que unía a las dos niñas siamesas, la enferma y la sana, y cuando llegó al hígado, lo dividió en la parte necesaria para dejar a cada una de las niñas con un fragmento de tan vital órgano. Pero la niña enferma, como lo esperaban todos los médicos, murió poco tiempo después, mientras que la sana, aunque nadie lo esperaba, vivió desde entonces normalmente, creciendo hasta alcanzar la edad propicia para su matrimonio. Tuvo hijos en él y murió ya a edad avanzada, como cualquier persona normal, gracias a la operación maravillosa del mexicano.