A la llegada de los españoles a México,
éstos se encontraron, como lo afirman diversos historiadores,
con el sorprendente hecho de que los Aztecas, atrasados en
muchas cosas, superaban a los europeos de esa misma época
en dos aspectos científicos de capital interés: la Astronomía
y la Medicina. Tanto confiaron en los médicos indígenas los
españoles, que muchas veces acudieron a los cirujanos indios
para que curaran sus heridas y arreglaran sus cuerpos maltrechos
en la guerra.
Carlos de Cuesta D. hace un somero estudio
de la cirugía Azteca y la considera muy superior, desde luego,
a los conocimientos europeos de esa época.
Por ese tiempo se despreciaba grandemente
en Europa a la cirugía, que apenas adquirió importancia a
fines del XIX, en que se reedificó sobre los fuertes pilares
de la anestesia, que permite insensibilizar al paciente; la
asepsia, que evita que la herida quirúrgica se afecte, y la
hemostasia y la transfusión, que evitan la pérdida de sangre
o la reponen si se hubiera perdido. Los Aztecas, en cambio,
con la necesidad imperiosa de atender a sus heridos de guerra
y con los recursos de una abundante flora medicinal, desconocida
en el viejo continente, pudieron desarrollar un arte quirúrgico
en el que, con maestría reducían luxaciones, curaban fracturas,
aplicaban remedios calientes o sangraban en los sitios grandemente
inflamados.
Con sus bisturís de obsidiana habrían
abscesos y flemones, a fin de evacuar el pus, curar ulceras,
quemaduras y fístulas, y suturaban las heridas usando el cabello
como hilo. En excavaciones realizadas por el arqueólogo Alfonso
Castro en Monte Albán se han encontrado cráneos trepanados,
con una maestría que permite suponer un progreso técnico sorprendente,
manifestado de igual o modo en las incrustaciones dentarias,
realizadas con el doble fin de curar las piezas careadas o
simplemente por motivos estéticos. Tales incrustaciones se
hacían con, Oro, Jade y Turquesas.
Algunos historiadores, como el doctor
Fernando Ocaranza, conceden a los indígenas precortesianos
de México, grandes conocimientos ortopédicos, afirmando que
llegaron hasta injertar varillas de Ocotl, para consolidar
fracturas viciosas de los miembros. Pero lo que es innegable
es que, para hacer sus operaciones, siglos antes de la invención
del cloroformo, primer anestésico creado en Europa, los indios
mexicanos procuraban al enfermo una anestesia hasta de cuatro
horas, dándole el sumo de una hierba que Gregorio López dijo
ser la Mandrágora; pero que el doctor Ignacio Chaves afirmó
que era el Toloache, solanácea semejante al beleño y al Peyote