La Cirugía en la Época Colonial

Durante el virreinato, la cirugía adquirió un sorprendente auge, mientras que en Europa se le consideraba como un "arte inferior", y a la obstetricia un "arte denigrante". Tal fobia existió en Europa contra la cirugía, en los siglos XVI y XVII, que en Alemania, para el ejercicio de ciertos cargos públicos, se llegó a exigir que el candidato a ocuparlos jurara "tener la sangre limpia y no ser hijo de cirujano". Sin embargo en México, que por la influencia indígena aprendió a mirar en la cirugía un verdadero arte mayor médico se escribieron de inmediato, pasada la Conquista, obras quirúrgicas notables.

En 1578 Alfonso López escribió en la Nueva España el primer tratado quirúrgico de América, que tituló: "Suma y recopilación de Cirugía, con un arte para sangrar muy útil y provechoso". Después de esa obra apareció otra del médico agustino García de Farfán, titulada: "Tratado breve de Cirugía y del conocimiento y cura de algunas enfermedades", que fue la primera obra publicada por un médico "mexicano", nacido en España, pero que se doctoró en nuestra Real y Pontificia Universidad de México, fundada en 1551. La Real y Pontificia Universidad de México no tuvo Facultad de Medicina sino hasta el 7 de enero de 1519. fecha que señala la iniciación oficial de la enseñanza médica en el Nuevo Mundo.

En esa escuela, como lo recuerda Carlos de la Cuesta D, se enseñaba tanto la Medicina propiamente dicha, como la cirugía hasta el año 1768 en que, pasando sobre el desdén de los médicos a la cosa quirúrgica Carlos III obligo por decreto se hiciese la fundación de la Real Escuela de Cirugía, autónoma en todo a la de Medicina. En México fue también donde se efectúo la primera autopsia americana por el maestro Juan de Correa, cirujano del Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España en el año 1647, para que los alumnos de cirugía pudieran conocer objetivamente el cuerpo humano. No obstante este dato extraído del libro Dádivas de México al Mundo, de Heriberto García Ricas; el Dr. Carlos Agustín Rodríguez Paz nos reporta una cita de "un lito extraído a un hijo de un señor Villarreal por el Dr. Correa entre 1535 y 1545 en la Ciudad de México. 

El protocolo encontrado por el historiador y médico Francisco Hernández del Castillo revela la antigüedad de las prácticas en cadáver y las lucubraciones propias de la época. La histórica autopsia le fue practicada a un fallecido por cálculos en el riñón y en el informe se asienta cómo Dios creó "dos riñones, para que si uno padeciese obstrucción y taponamiento en el vaso uretero, el otro quedase libre". Y el curioso documento termina así: "No quisiera que se me tuviese por mordaz y prolijo, habiendo sido mi deseo siempre como lo será, estimar venerando, venerar queriendo, querer agradando, agradar aprendiendo, aprender sirviendo y servir con voluntad y amor a todos los de la Facultad de Medicina y ciruxía en la cual quisiera aprovechar, para honra y gloria de Dios, Nuestro Señor, bien y salud al prójimo Laus Deo".

Por un sentido de caridad bien entendida, durante la Colonia, México fue el primer país del mundo que dejó de considerar a los locos como endemoniados y los trató como enfermos en los hospitales especiales que fundó, como manicomios, el primero de ellos en el siglo XVIII.

Para La enseñanza anatómica, fue también México el primer país que empleó un maniquí especial, en cuyo interior estaban dispuestos todos los órganos vitales, y que fue construido en Chiapas, en el siglo XIX, por el doctor Juan Felipe Flores. Y algo que honra sobremanera a los médicos mexicanos es que, antes de que Lister preconizara en Inglaterra sus métodos de antisepsia, en 1867, y antes de que Pasteur diera a conocer la acción de los microbios, en México se seguían, quizá intuitiva y empíricamente los métodos de desinfección prematuros.

EL primer médico mexicano de quien se tiene noticia que empleara la asepsia en la Medicina, fue el doctor Juan María Rodríguez, quien hacia hervir todos los instrumentos que empleaba para operar. El cirujano Montes de Oca, por su parte, y como lo recuerda Carlos de la Cuesta D., hacia el lavado cuidadoso de las manos y de la región operatoria; lavaba con licor de Labarraque primero la piel y después la herida y dejaba en ella canalización; Brazetti usaba tintura de yodo en las heridas de la cabeza, para evitar la erisipela: Barceló Villagrán e Hidalgo Carpio usaban el alcohol para limpiar Las heridas, y Juan María Rodríguez, a quien antes aludimos, el aguardiente alcanforado con igual fin.

"He usado -decía Rodríguez- antes y después de que Lister diese a luz su método antiséptico, los desinfectantes clorato de Labarraque, el agua fenicada, el alcohol y el permanganato de potasa, y todo el que quiera, puede cerciorarse con sus propios ojos, compulsando las ordenanzas del servicio".

Mención especial merece en la Historia de la Cirugía en México el doctor José María Gama, a quien se debe reconocer la gloria de haber sido el iniciador de la canalización de las heridas quirúrgicas, ideada por él en 1856, antes de que fuera empleada en Francia por Chassaignac, como lo testifica el doctor Arístides Moll en su interesantísimo libro titulado: "Esculapius in Latin América".

La canalización ideada por el doctor Gama tenía por objeto drenar las colecciones supuradas, que en nuestros días no tienen más que ese tratamiento, ya que ni los modernas antibióticos logran reabsorber las colecciones purulentas ya formadas, según es sabido.

Al respecto nos dice el Dr. Carlos Agustín Rodríeguez Paz lo siguiente: "Es bien cierto que García Izcabalzeta marca 8 títulos en Médicina editados en nuestras tierras antes que los gringos, que el primer drenaje EN EL MUNDO, de un absceso hepático se hizo en un virrey hacia 1621, que la primera Cesarea Postmortem se realizó en Baja California por Monjes Franciscanos hacia 1782 y que los primeros artículos de medicina y cirugía en el continente se publicarón en la Gaceta de México por Médicos militares hacia 1789; muchas glorias tiene la cirugía novohispana, desgraciadamente desconocidas para el mundo".

Para más información, consultar la Revista Médica del Hospital General de México 1993; 56: 161-165.