EL JUGUETE TIPICO DE LOS MEXICANOS

AVES      AVIONES
CABALLOS     CALAVERAS
CARAS      FIGURAS DE BARRO
FRUTAS      INSTRUMENTOS MUSICALES
MIMBRE      MOVILES DE MADERA
MUEBLES      MUÑECOS
PAYASOS      UTENCILIOS DE COCINA
VARIOS  
Juguetes Mexicanos

Después de consumada la Conquista Española, vino la dominación colonial que duró casi tres siglos. Durante ese largo tiempo, la vida en la Nueva España estuvo sujeta a una radical transformación, en la que intervinieron necesariamente las influencias llegadas del extranjero. Estas influencias, como es natural, procedían en su mayor parte de España, por el trasplante de un estilo de vida que tomaba cada día mayor dominio aquí; pero también se recibieron de otros países europeos y hasta de Asia, pues hay que recordar que, durante todo el período colonial, México fue el corredor por el cual Europa se comunicó con el Lejano Oriente.
Dicha comunicación, establecida por los frágiles barcos que arribaban a nuestras costas de ambos litorales, trajo aparejado un intenso tráfico de mercancías hombres e ideas que, a la larga aportaron un abultado bagaje cultural que, desde muy temprano, empezó a reflejarse en la arquitectura, en la escultura en la pintura y en las artes menores de aquel tiempo. Fu como las artesanías nativas florecieron, pues se enriquecieron formas con los diseños, técnicas, herramientas y materiales aportados por los europeos; en tanto que las artesanías no nativas de México, que llegaron con éstos, como la talabartería, la herrería, el vidrio soplado y otras, bien pronto tomaron carta de naturalización en el país, adoptadas por los artífices locales.
Con los años, las artesanías advenedizas, y las autóctonas que lograron sobrevivir y prosperar durante todo el tiempo de la Colonia, estuvieron sometidas a una paulatina modificación y depuración de estilo, a través del filtro de la inspiración, el sentimiento estético, la imaginación y la habilidad manual de los mexicanos, que fueron absorbiendo y cambiando los elementos ajenos hasta adaptarlos a su gusto y sensibilidad. Y sucesivas generaciones de artesanos, al transmitirse las técnicas de su manufactura, las formas y los diseños, dieron pie a un auténtico proceso de sedimentación de la cultura, que conformó finalmente lo que hoy conocemos como artesanías populares tradicionales; éstas evidencian la combinación de los diversos elementos europeos, indígenas y orientales que dieron a México su personalidad artística.
Ejemplos vigentes de esta síntesis cultural que se operó durante tres siglos son, por supuesto, los juguetes populares producidos en la actualidad.
En realidad, a lo largo de toda su historia, México ha venido recibiendo influencias externas que han marcado de un modo u otro sus diferentes manifestaciones artísticas. Si durante la Colonia recibimos, en este aspecto, contribuciones decisivas de España y Asia, más tarde, cuando México se hizo independiente, ya en pleno siglo XIX, pródigo en avances técnicos y sociales, adquirimos nuevas ideas de corrientes culturales venidas de Francia y de otros países europeos. Así, el juguete mexicano experimentó su mayor auge durante el siglo pasado, cuando empezaron a llegar nuevos tipos de juegos y juguetes por el intercambio constante con otros países; hasta entonces, éstos eran casi desconocidos para los niños mexicanos que sólo sabían de los venidos de España. Los juegos de mesa, por ejemplo, tan populares en Francia durante el siglo XVIII, hacen su aparición aquí durante el XIX y pronto adquieren el favor de la gente. Y conforme avanza el siglo, que es cuando se producen los grandes inventos, como la máquina de vapor y el ferrocarril, llegan al país las máquinas de juguete que serán arrastradas con un cordel por los niños mexicanos.
Poco después, empieza la fabricación de juguetes en gran escala, con materiales más modernos; algunos de cuerda, con movimiento propio. Francia, Suiza, Alemania e Inglaterra compiten por ganar los mercados internacionales en este ramo. En México, hacen rápidamente su aparición estos nuevos juguetes e influyen de inmediato en los nuestros. Entre otros, en las muñecas, ya que entonces, como sustituto local de las importadas, que tenían cara y manos de porcelana, se utilizó madera policromada, trapo y cera. A estas muñecas las podemos ver retratadas en las pinturas de dicho siglo, en brazos de las niñas mexicanas.
El papel y el cartón son también, en ese siglo, materiales importantes en la fabricación de juguetes. Es precisamente cuando aparecen las muñecas de papel recortables y con un gran guardarropa, igualmente de papel. Al principio venían de Europa y luego se fabricaron aquí; esto permitió que llegaran fácilmente a las manos de todas las niñas. Las muñecas de cartón, hechas con moldes, se vuelven de igual modo común y es en los estados de Jalisco y Guanajuato donde se manufacturan principalmente. Hoy, en Celaya se mantiene viva esta tradición, en la casa de Pedro e Ignacio López, del barrio de Santiago. Complemento indispensable eran las "casas de muñecas". Las fabricadas en el país se ajuaraban con muebles en miniatura y pequeños trasteros llenos de cacharritos de barro, de madera, de hueso, de vidrio estirado o de cristal de La Granja; hoy en día valen mucho dinero.
Los soldados y títeres de juguete se fabrican desde épocas remotas. En México se vuelven comunes a raíz de la Independencia. Había entonces soldados de barro policromado, de plomo, de madera y hasta de plata. Los títeres se hacían de barro o de madera, representando personajes populares o del teatro,
y fielmente vestidos; algunos, como los poblanos, eran verdaderas muestras del talento
popular.
Finalmente, a principios del presente siglo, y coincidiendo con la fabricación de vehículos de motor, aparecen los juguetes de alta tecnología, llegados primero de Alemania, luego del Japón y más recientemente de los Estados Unidos. (En la actualidad, muchos de estos juguetes modernos se fabrican en México bajo patentes extranjeras.) También en ese momento, los artesanos mexicanos ofrecen su propia versión de cochecitos, camiones, autobuses y aviones, de hojalata y madera, los cuales continúan produciéndose hasta nuestros días.
Como ya hemos visto, paralelamente a los juguetes llegados del extranjero, que siempre los hubo y los seguirá habiendo, ha existido también una vasta producción local, inspirada a veces en las piezas importadas, para satisfacer las necesidades de los niños mexicanos. Muchos de estos juguetes locales están ligados a algunas de las más añejas tradiciones y costumbres del pueblo mexicano. Por esto mismo, los juguetes no cambian generalmente sus características físicas ni se cambian tampoco los materiales con que se hacen, para no perder el atractivo y la utilidad que tenían originalmente, y convertirse en algo distinto a un juguete. Es por eso que los juguetes populares, al conservar sus características tradicionales, se convierten en auténticas muestras del arte popular. Estas características son, básicamente: su forma, que muestra, como ya lo dijimos, las distintas influencias que convergen en el arte mexicano, especialmente en el arte popular; su fuerte colorido; la ingenuidad y la variedad de sus formas; y el ingenio que denotan sus sencillos pero eficaces mecanismos, que les permiten silbar, sonar, zumbar, traquetear o moverse, brincar o saltar de muchos modos distintos.
Uno de los mecanismos más ingeniosos es el de los payasitos chilladores. El artesano improvisa un pequeño fuelle hecho con papel y dos tablitas, de 82 x 43 x 9 mm y de 82 x 43 x 7 mm. La tablita delantera, la más gruesa, tiene una perforación central de 13 mm de diámetro, cubierta por ambos lados con otro trozo de papel. Con la brasa del cigarrillo, el artesano hace un pequeño orificio en el centro de ese trozo de papel, por el cual escapa el aire. El fuelle es, al mismo tiempo, el cuerpo de la figura; éste se viste con retazos de telas multicolores y se une con pegamento a un palito de 18.5 cm de largo, que sirve de eje al juguete. Va rematado por una cabecita de barro cocido con el rostro pintado como un payaso. El peso de la cabeza, hecha con molde, acciona con fuerza el fuelle, al sacudir el juguete con la mano.
Otros juguetes muy ingeniosos son las chicharras zumbadoras de Córdoba, Veracruz, hechas con cartoncillo, cerdas, brea y madera; y los avioncitos, de una simplicidad extraordinaria, que ya casi no se encuentran; éstos zumban al hacerlos girar, por el roce que produce la punta de un alfiler sobre la cara interna de una tapa requemada de botella de refresco.
Y por lo que hace al colorido, todos sabemos cómo se las gastan los artesanos mexicanos con los morados, rojos, verdes y amarillos, los cuales mezclan con diversos elementos para acentuar
su tono y darles brillo y firmeza. Por ejemplo, en Santa Cruz de Juventino Rosas, Gumersindo España agrega "pegadura" y alcohol industrial a las anilinas "para que no se bajen con la claridad del sol ni se peguen en las manos de los niños". Primero, hierve a baño María un kilo de cola granulada en un cuarto de litro de agua. Al hervir, la cola se asienta en tres niveles, y de ahí el artesano va tomando "pegadura" para cada color. El pegamento que queda más arriba, muy claro, sirve para el verde y el amarillo; el segundo, más espeso, para el rosa, el morado y la negrosina; y el tercero, o sea el bagazo, se usa para pegar la madera. Si el verde queda subido, Gumersindo le agrega unas gotas de alcohol; si el rosa queda oscuro, lo baja con cola. Para hacer el color café mezcla morado con naranja, buscando el tono deseado. El pegamento sirve en este caso para que el naranja no resalte, ya que lo asienta en el fondo del recipiente. Para que el morado no se corte, lo mezcla con azul de metileno.
El color azul lo mezcla con negrosina. Esto es, al azul de metileno le agrega unos granitos de negrosina para que no baje de color. El negro que utiliza en los ojos y las cabezas de los boxeadores o en las escamas de los cocodrilos, se logra con negrosina mezclada con ceniza de olote para que el negro quede fijo. En tanto que, al amarillo, le agrega harina de trigo para que espese y agarre en el copalillo, pues de lo contrario no pinta. Actualmente se produce una gran variedad de juguetes con todos los materiales que los artesanos tienen a su alcance: barro, cartón, papel, madera, palma, hojas de maíz, papacla, chicle, plomo, hojalata, cobre, vidrio, cuerno, etc., con los cuales los artesanos manufacturan maravillosas fantasías de forma, color y movimiento a veces, parece increíble que, con materiales tan simples, se produzcan juguetes tan vistosos, como las muñecas y las mulitas de Santa Ana Acatlán, Jalisco, hechas con pasto y hojas secas de maíz. Esto es quizá parte del encanto de todos nuestros juguetes populares y demuestra, por un lado, la ingeniosidad ancestral del pueblo mexicano para entretener a sus niños con materiales muy sencillos y, por otro, explica, en parte, su bajo precio y su distribución por todo el territorio nacional.
Esta amplia distribución, que veremos con mayor detalle más adelante, y la forma como se trabaja en los centros jugueteros, son circunstancias que determinan una producción difícil de cuantificar. Sin embargo, puede adelantarse que, aunque todavía existen varias decenas de artesanos jugueteros que trabajan durante todo el año o parte de éste, se detectan ya claramente diversas circunstancias que afectan el volumen de la producción. de cuantificar. Sin embargo, puede adelantarse que, aunque todavía existen varias decenas de artesanos jugueteros que trabajan durante todo el año o parte de éste, se detectan ya claramente diversas circunstancias que afectan el volumen de la producción.
Al contrario de lo que ocurre en los países altamente industrializados, donde los juguetes populares han desaparecido o se han convertido en objetos de museo, aquí en México todavía se producen para uso de los niños; y buena parte de ellos va a dar a manos de los pequeños, sobre todo en las zonas rurales, donde el bajo poder adquisitivo de la población no permite a los padres de familia la compra de juguetes modernos, caros, para sus hijos.
Para los niños de la ciudad de México, en cambio, ciertos juguetes populares no resultan ya muy atractivos, como las muñecas de cartón y de trapo, que han sido fácilmente reemplazadas por muñecas hechas con materiales modernos y con movimiento mecánico; o como las sencillas diversiones proporcionadas por los antiguos juegos de salón, la oca, la lotería las llamadas serpientes y escaleras, que han cedido su lugar, igualmente, en ciertos estratos sociales, a juguetes electrónicos caros en los que la avanzada y fría tecnología de los tiempos modernos ha sustituido la habilidad manual y al sentido estético de los artesanos. Lo cierto es que, incluso entre los sectores menos favorecidos de la capital, los juguetes populares han perdido terreno en el aprecio de los niños. Quizás los que tienen todavía algún éxito son los juguetes de temporada, como los de época de muertos y los de Navidad.
Hace unas cuatro o cinco décadas, cuando aún no ocurría el explosivo crecimiento de nuestras ciudades, que trajo como consecuencia la pérdida de ciertas características de nuestra vida cotidiana, sobre todo en la capital, los juguetes populares constituían verdaderos instrumentos de juego, diversión y entretenimiento; y por sus propias limitaciones técnicas, el mismo juguete permitía a la imaginación infantil complementarlo y darle sentido a su existencia dentro del universo de los juegos cotidianos. Aunado a lo anterior, la ausencia de juguetes como los que ahora existen, la carencia de otros medios de diversión o entretenimiento, como el cine y la televisión, e incluso la limitada difusión de las prácticas deportivas, hacían que los juguetes populares tuviesen una mayor significación en la vida diaria de todos los niños de aquel tiempo. Su importancia era real, puesto que no existía otra cosa. Además, el escaso desarrollo comercial de entonces, el bajo poder adquisitivo de las grandes mayorías, tanto en el campo como en las ciudades y, naturalmente, la falta de una producción masificada como la que ahora existe (ya que los fabricantes de aquel tiempo no tenían tampoco la capacidad productora de los empresarios modernos), determinaban que el mercado interno se satisficiera en una amplia proporción con la producción popular.
Así pues, en esa época, los juguetes populares tenían una demanda generalizada en el campo y en las ciudades. Trastecitos, muebles y muñecas para las niñas, y cochecitos, soldados, pistolas, baleros, trompos y canicas para los niños. También había juguetes de uso común, como las máscaras de cartón, los silbatos y las alcancías. Estas últimas tenían antaño una gran aceptación, pues hasta los adultos guardaban en su cochinito, no obstante que al pueblo mexicano, en general, no siempre le ha sobrado el dinero para el ahorro.
La composición de los juguetes para uno y otro sexo está íntimamente relacionada con lo que comentábamos anteriormente: con la influencia que el juguete ejerce sobre los niños; ya que mediante el juguete el niño aprende de sus mayores al imitarlos en sus juegos. Ciertamente, desde esta óptica, es necesario reconocer que la existencia de juguetes tan bien delimitados para los dos sexos es una realidad de este país, que ha llegado a interpretarse como una forma de perpetuar la marginación de las mujeres, relegándolas a un papel secundario dentro de la sociedad mexicana. Así, las niñas únicamente pueden jugar con muñecas y trastecitos, cosa que les fomenta desde pequeñas la aceptación del rol materno. Pero, en todos los países y en todas las épocas, el hombre ha hecho muñecas y trastecitos para sus niñas. Los continúa haciendo incluso en los países que han dado pasos de avanzada en cuanto a la igualdad de los sexos y estoy seguro de que continuarán fabricándolos, porque, ¿Qué padre podría negar a su hija una muñeca? Seguramente, para resolver esta cuestión, existen ahora los modernos juguetes educativos, de los padres buscamos afanosamente para nuestros hijos; y que, como los de antes, pretenden también enseñar, despertar la habilidad y el ingenio de los niños de hoy, pero ahora sin distinción de sexos. Empero, mi impresión es que los que encontramos en México tienen grandes limitaciones, pues muchas veces estos juguetes están concebidos para niños de otros países, no para los mexicanos, lo cual hace que éstos tropiecen hasta con la barrera del idioma en la publicidad de tales juguetes.
En realidad, un aspecto destacado de esta cuestión es la sensible carencia de juguetes educativos y de publicaciones hechas en este país para los niños mexicanos, de acuerdo con su idiosincrasia, su medio, su educación y su sensibilidad.