Los juguetes mexicanos a través del tiempo
Autor: Carlos Espejel
Varias fueron las circunstancias que llevaron mi atención hacia los
juguetes populares y que, finalmente, me indujeron a escribir esta obra. Una
de ellas fue un viaje hecho al Japón, a principios de los años
70, donde visite un museo dedicado enteramente a juguetes populares de ese
y otros países, entre ellos, La India y México. Lo importante
de esta experiencia fue que, mientras recorría el museo, compuesto
de varias salas, me preguntaba si los mexicanos tendríamos tantos juguetes
de ese tipo, como para llenar un museo con ellos; y mentalmente iba haciendo
un recuento de los que conocía, convencido casi de que, nuestro inventario
en este campo, no era muy extenso. No obstante, una de las primeras cosas
que hice a mi a México, fue desalojar un espacio en las bodegas del
Museo Nacional de Artes e Industrias Populares, institución de la cual
fue director entre los años de 1972 y 1976; y durante muchos meses,
estuve aguardando ahí los juguetes que encontrada en mis frecuentes
viajes por el interior del país.
Por fin, un día decidí ver lo reunid y grante fue mi sorpresa
al descubrir que había logrado integrar una amplia y variada colección
de auténticos juguetes para uso de los niños mexicanos. En la
actualidad, esa colección es, junto con el espléndido surtido
de miniaturas que el Museo poseía ya en aquel entonces, una de las
muestras más valiosas con que cuenta la institución. Y también
es el conjunto más importante de juguetes y miniaturas de México
reunidos en un solo lugar. Algunas de las fotografías que aparecen
aquí fueron tomadas durante mi gestión en el Museo. Sirvan estas
líneas como reconocimiento a esa institución, ya treintenaria,
que hizo posible ilustrar en parte esta publicación.
En aquel tiempo, al recordar mis experiencias durante la recolección
de cada pieza, caí en la cuenta de que, muchos de los juguetes reunidos,
como los volantines, los mueblecitos de crin, los gallitos de pelea, los pajaritos
que picotean en un mismo cajete, los títeres y los baulitos de tejamanil,
estaban en vías de desaparición; por lo que, al acudir a los
fabricantes para adquirir algunas muestras, lo que hice en realidad fue extender
anticipadamente su certificado de defunción, pues pronto iban a dejar
de producirse todos. Este hecho me hizo comprender la importancia que adquiría,
a partir de ese momento, el muestrario reunido y la urgente necesidad de complementar
el trabajo de recolección con una constancia escrita, testimonio de
la existencia de tales objetos.
Otro fuerte acicate para escribir este libro lo constituyó la carencia
de publicaciones recientes sobre la materia. En efecto, de autores nacionales,
existen únicamente dos obras de esta clase. Dichas obras son: la de
Don Gabriel Fernández Ledesma, publicada con el título juguetes
mexicanos e impresa en los talleres gráficos de la Nación, en
1930; y la de Don Francisco Javier Hernández, " El Juguete Popular
en México ", aparecida en 1950 dentro de la Enciclopedia Mexicana
del Arte, de la Casa Ediciones Mexicanas. Ambas, difícilmente accesibles
en la actualidad, pues no han sido reeditadas hasta ahora.
Hay, eso sí, varias publicaciones, algunas muy viejas, que tratan marginalmente
el tema de los juguetes. Entre otras, la obra monumental de Gerardo Murillo,
el Dr. Atl, que apareció en 1922 bajo el patrocinio de la entonces
Secretaría de Industrias y Comercio, con el nombre de Las Artes Populares
en México; la obra de Frances Toor, denominada Mexican Popular Art,
impresa en México en 1939, así como su correspondiente reedición
de 1973, hecha ya en los Estados Unidos por Blaine Ethridge - Books y la llamada
A Treasury of Mexican Folkways, aparecida en 1947, de la misma autora, con
quien, dicho sea de paso, este país está en deuda: gracias a
ella podemos ahora disponer de múltiples y muy valiosos testimonios
de primera mano sobre nuestro folklore, mismos que se habrían perdido,
tal vez para siempre, sin la acuciosa recopilación efectuada por esta
mujer norteamericana, a quien podemos considerar al lado de los primeros promotores
y divulgadores del Arte Popular Mexicano: el Dr. Atl, Diego Rivera, Roberto
Montenegro y Miguel Covarrubias.
A este respecto, habría que recordar el número 125 de la Revista
Artes de México, dedicado al juguete mexicano, escrito bajo la entusiasta
y acertada coordinación de Teresa Castelló Iturbide. Y asímismo,
diversas publicaciones sobre arte y artesanías populares, aparecidas
unas tras otras, durante la pasada década, cuyos autores hablan también
parcialmente de juguetes, hasta llegar a la última, Mexican Folk Toys,
de Florence H y Robert M Pettit, editada en Inglés en 1978, por Hastings
House Publishers, de Nueva York.
Sin embargo, por la lejana y escasa difusión que tuvieron las dos primeras
y únicas obras de autores mexicanos, mismas que, como antes dije se
encuentran ya fuera del alcance del público, y que por las otras sólo
trata esta materia en forma tangencial, dentro del gran esquema de las artes
populares; y muy principalmente, porque en varias de dichas obras, sobre todo
en la más reciente, hay la tendencia - común entre personas
relacionadas con esto- a considerar como juguetes muchos objetos que nunca
lo fueron, por ser piezas de reciente creación jamás pensadas
para manos infantiles; por todo ello, repito, es que considero sumamente útil
y oportuna esta nueva publicación, emprendida por la Secretaría
de Educación Pública por conducto de su Dirección General
de Publicaciones y Bibliotecas, sobre los juguetes populares de México.
Sobre todo en el momento presente, cuando un buen número de ellos estan
por desaparecer del inventario artesanal de este país, y convertirse
en parte de la historia de sus artesanía por causas que más
adelante se analizan.
Así pues, esta obra pretende ser básicamente un recuento de
los principales juguetes populares tradicionales que aún se producen
en México. Este particular enfoque persigue un objetivo secundario,
no por eso menos importante: informar sobre ellos a las nuevas generaciones
y fijar gráficamente para el futuro las características de dichos
objetos, manufacturados por artesanos anónimos a lo largo de todo el
año, o bien, durante determinadas festividades tradicionales. Esperamos
que nuestro trabajo atraiga el interés de los coleccionistas, estudiosos,
comerciantes y público en general hacia esta rama tan hermosa de las
artesanías mexicanas y logre, hasta donde sea posible, la prolongación
de su vida como parte importante de la cultura popular de nuestro país.
Antes de seguir adelante, deseo referirme a la segunda de las obras antes
mencionadas, la de Don Francisco Javier Hernández: en ella su autor
niega rotundamente la existencia de juguetes durante la época precortesiana,
basando su curiosa tesis en prolijas consideraciones rematadas con el siguiente
texto que reproduzco íntegramente: " Nada hay que se refiera en
los códices o en las crónicas antiguas, sin embargo, a los juguetes
que hubieran podido usar para su recreo, los niños de la época
prehispánica. Hasta hoy no parece haberse hecho mención específica,
relativa a representaciones de juguetes encontrados en algún códice,
ni se sabe de noticias que al respecto haya proporcionado alguno de los cronistas
clasicos que nos son tan familiares ". (1)
Dicha tesis, que el autor reafirma en un artículo posterior, intitulado
"¿ Hubo juguetes en la época prehispánica ?",
se complementa con este razonamiento: " lo mas seguro es que... la aspiración
legítima de los niños para jugar o divertirse se haya visto
contrariada drásticamente, reprimida, ya que el niño precolombino
en México, se asomó desde muy temprana edad a un mundo mágico,
intensamente saturado de religiosidad y simbolismo; de concepciones pesimistas
que eran dentro de ese ámbito, la explicación del mecanismo
del binomio vida - muerte; luz y sombra; día y noche". (2)
Abusando de la bondad del lector, he copiado también este párrafo,
solamente para dejar asentada con toda claridad la idea de ese gran estudioso
del juguete que es Don Francisco. Y porqué, sin ánimo de enmendarle
la plana, voy a disentir cordialmente de su tesis para exponer la contraria.
Yo creo que el hombre de todos los tiempos y de todas las latitudes ha hecho
siempre juguetes. Ninguna sociedad, por inmersa que pudiera estar en sus concepciones
filosóficas o preocupada por los problemas cotidianos de su existencia,
podría ignorar a sus niños hasta el grado de no fabricar juguetes
para ellos.
Pero, además, este supuesto es inconcebible desde un punto de vista
práctico; porque si bien el juguete es primordialmente un objeto para
entretener o divertir a los pequeños, es asimismo uno de los elementos,
a veces muy sutil, de los que se valen todas las sociedades para orientar
y educar a sus miembros, para despertar la habilidad y capacidad de los pequeños,
y para transmitir a las nuevas generaciones, como lo veremos más adelante,
el modo de resolver las necesidades específicas de cada sociedad y
los rudimentos tradicionales de su propia cultura.
Por ello, estoy convencido de que en México, como en todas partes,
desde los tiempos más remotos, han existido los juguetes. Seguramente
desde los lejanos días en que este país comenzó a formarse,
nuestros antepasados, pertenecientes a las complejas y refinadas civilizaciones
que se desarrollaron en nuestro suelo, y por quienes los niños eran
notablemente bien tratados, pues entonces existía una casi universal
bondad de los padres hacia los hijos, (3) tuvieron que haber previsto y resuelto
las necesidades de esparcimiento y los gustos de sus pequeños, al mismo
tiempo que los requerimientos de supervivencia del grupo.
Sabemos de cierto que, en el México precolombino, los padres de un
niño recién nacido le mostraban objetos de juguete relacionados
con el papel que iba a desempeñar en la vida. Si era varón,
se le mostraban pequeñas armas y utensilios que los padres ponían
en sus manos haciendolo simular los movimientos para usarlos; si era mujer,
que tejía y que hilaba en instrumentos de juguete.
Entonces, esos juguetes existieron, posiblemente elaborados con materiales
perecederos, como madera, palma, cortezas duras de calabaza y otros productos
vegetales que no alcanzaron a conservarse hasta nuestros días por su
deleznable naturaleza, sin que eso suponga su inexistencia. Todavía
hoy creemos que algunos juguetes producidos con estos mismos materiales, tal
vez han conservado su forma ancestral. Por ejemplo, las sonajas de palma,
coloreada y los bulitos laqueados, e incluso cierta juguetería de barro,
como la de Jamiltepec, cuyas tortuguitas con piedrecitas en su interior son
de un estilo inconfundiblemente indígena; al igual que las muñequitas
de este mismo lugar, de simple diseño, que tuvieron seguramente su
antecedente en formas y técnicas prehispánicas.
Y de aquellos juguetes iniciales a la fabricación de otros para niños
de mayor edad, sólo había un pequeño paso que es imposible
no hubieran dado nuestros ancestros. Porqué, desde el momento en que
el hombre empezó a amasar con sus manos el barro, el material más
dúctil y accesible, tiene que haber modelado con él, como jugando,
muñecas, animalitos, trastecitos, silbatos, etc. Y mas los pueblos
mesoamericanos, que alcanzaron un desarrollo tan notable en su arte cerámico.
Esto se confirma porque, en infinidad de sitios, han aparecido silbatos, trastecitos
y diversas figuras de barro; como en las Yácatas de Tzintzuntzan, Michoacán,
para citar un caso bien conocido, donde se han encontrado los llamados "
tiquichitos": pequeños trastecitos de barro pulido, ollitas, patojos
y otras cosas que son, de seguro, reproducciones en pequeña escala,
con la misma forma de las piezas grandes que antiguamente usaban los adultos.
Muchos de estos objetos, que en la actualidad ya no se fabrican para uso cotidiano,
han vuelto a ser reproducidos por los alfareros de dicho lugar, tomando como
modelo precisamente los juguetes antiguos.
A mayor abundamiento, hasta nosotros han llegado otras piezas arqueológicas,
modeladas también de barro durante la época prehispánica
que, desde su hallazgo, fueron tenidas por juguetes. Entre ellas, las que
menciona el mismo Francisco Javier Hernández: el perro con ruedas hallado
en Tres Zapotes, en la región de los Tuxtlas, Veracruz, y las muñecas
de brazos y piernas articulados, de Teotihuacán; estas, mientras no
exista prueba definitiva en contrario, seguirán siendo consideradas
juguetes, cosa que afirma ese autor aunque, a la vez, deje caer por tierra
su propia teoría cuando honestamente reconoce: " Habrá
que conformarse por ahora, con atribuir un supuesto carácter de esparcimiento
a todos estos ejemplares arqueológicos...en tanto que no se aclaren
en forma satisfactoria todos los aspectos de una cuestión tan importante".
(5)
Por último, otra consideración muy personal es que, a mí,
los juguetes me saltan a los ojos cuando los veo en los mercados, en los talleres
o en las casas de sus fabricantes. Me hablan, me recuerdan la época
de mi niñez y me traen a la memoria los rostros de mi abuela y de mi
padre, quienes pusieron ante mí esas hermosas piezas salidas de la
imaginación y de las manos de los artesanos mexicanos. De ahí
que esta obra represente, en buena medida, un tardío pero emocionado
agradecimiento a mis mayores, ya que ellos supieron abrir mis ojos y alertar
mis sentidos al encanto de los juguetes populares; gracias a esto, desde muy
pequeño me ví inmerso en el dilatado ámbito del arte
popular.
Ojalá que todos los mexicanos pudiésemos legar a nuestra vez
esta riqueza cultural a nuestros hijos, aunque sea ya un tanto difícil;
los juguetes populares, como todas las artesanías tradicionales, están
desapareciendo rápidamente, y nos engañamos al pensar que podremos
retener viva su presencia por medios artificiales y por lo mismo, ineficaces.
Y además, porque, a los niños de hoy, las muñecas de
cartón, las canicas de barro, los soldados de plomo, los baleros de
madera, los caballitos de tule, las figuras de palma, no les dicen ya nada;
porque poco o nada los han visto, ocupados como estan en otros menesteres
y diversiones de su tiempo, por la tecnología que vino a modificar
en pocas décadas su modo de vida y el nuestro. Culpa es de otros, los
adultos, que no supimos comprender ni ponerles oportunamente frente a sus
ojos infantiles, sin menoscabo de todo lo nuevo que les ha tocado vivir, los
valores tradicionales de su propia cultura.
Por eso, pienso que, además de para recordar a los adultos los momentos
de su niñez cuando vuelvan a mirar las piezas que aquí aparecen,
este libro servirá también para mostrar a las nuevas generaciones
el mundo fascinante de los juguetes de sus padres, rico en formas y lleno
de colorido, ingenuidad e ingenio. Mostrar esta evidencia del presente y del
pasado a nuestros jóvenes y a nuestros niños no resultará
gratuito, estoy seguro. Les servirá asimismo como orientación
y guía, para que, con los nuevos medios de que disponen, puedan producir,
en su tiempo y a su modo, objetos de igual dignidad y valor artístico.
Agradezco a la Secretaría de Educación Pública la oportunidad
que me ha brindado para destinar parte de mi tiempo a esta obra y la posibilidad
de verla hecha realidad. Sería egoísta sino la dedicase a todos
niños de México.
|
EL JUGUETE TIPICO DE LOS MEXICANOS |
|||
| AVES
|
|
||
| CABALLOS |
|
||
| CARAS
|
|
||
| FRUTAS
|
|
||
| MIMBRE
|
|
||
| MUEBLES
|
|
||
| PAYASOS
|
|
||
| VARIOS
|
|||