El grupo de códices Techialoyan
Dr. Xavier Noguez
Por las anomalías en estilo, tipo de escritura y época de confección, fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII, el ahora llamado grupo de códices Techialoyan, compuesto de aproximadamente 54 documentos, forma un conjunto independiente del resto de las pictografías coloniales confeccionadas en el centro de México, principalmente a partir de la segunda mitad del siglo XVI. El nombre proviene del Códice de San Antonio la Isla, Estado de México, población que antiguamente se llamaba Techialoyan, primer documento que fue reportado y estudiado con detenimiento por Federico Gómez de Orozco. A pesar de su impresionante número, los códices Techialoyan siguen siendo todavía un material documental poco conocido debido a su fragmentación, su dispersión (varios de ellos se encuentran en Estados Unidos, Irlanda, Francia e Inglaterra), falta de ediciones facsimilares, y la carencia de un método sintético y práctico de análisis. A pesar de que el primer Techialoyan fue publicado en 1890 y de que contamos, desde ya hace algunas décadas, con los trabajos seminales de Federico Gómez de Orozco, Robert H. Barlow, Donald y Martha Roberston, muy pocos estudios serios se han realizado en tiempos recientes en torno a estas pinturas, poseedoras de un estilo gráfico común.
Con excepción del Techialoyan 715, llamado también Códice García Granados, del que hablaremos con detenimiento más adelante, el resto del grupo de pictografías sigue un patrón más o menos general de contenido: el documento se inicia con la mención de una reunión de los habitantes del pueblo en la casa del gobierno local para verificar la información que a continuación se registra. Ilustraciones y texto dan noticia del lugar de origen de los antepasados fundadores del pueblo, los caudillos, sus conquistas, lugares de establecimiento, las parejas primigenias que dieron lugar a los linajes locales y, de manera importante, las primeras distribuciones de tierras. En algunas pictografías también se menciona la drástica redistribución de propiedades que se dio a raíz de los cambios que generó la expansión de la Triple Alianza. Un segundo momento se inicia con la conquista y la evangelización; se hace particular referencia a las nuevas autoridades que redistribuyeron o confirmaron la posesión de las tierras del pueblo, así como la designación del santo patrono, un acto de gran importancia ritual.
Finalmente se registran gráficamente, con elementos del paisaje natural a veces vinculados con escritura glífica, los linderos de las propiedades del pueblo, así como su extensión enunciada en el sistema de medidas de tradición indígena. El origen y datación del grupo de códices Techialoyan es todavía un asunto no resuelto. Se trata de dos preguntas cruciales cuya aclaración nos ayudaría a entender mejor los contenidos, la creación de un estilo formal, además de orientar nuestra búsqueda archivística hacia otros documentos asociados a este conjunto. Sólo señalaremos aquí brevemente dos nuevos caminos de investigación que han sido abiertos en recientes trabajos.
El investigador estadounidense H.R. Harvey ha planteado nuevas ideas que pueden ser de gran utilidad en la búsqueda del contexto de confección de este grupo. El autor cree que las pictografías fueron preparadas primariamente ¿exclusivamente? para los miembros de las comunidades indígenas. Los contenidos generales se planearon con gran cuidado, aunque con suficiente flexibilidad para acomodar necesidades locales. El grupo pudo ser producto de la llamada "Composición de 1643", una orden real para apoyar económicamente a la armada de Barlovento, con repercusiones en numerosas comunidades indígenas del centro de México. Con esta composición se intentaba legalizar la propiedad de la tierra por medio de la revisión y fijación monetaria del tributo. El propósito era arreglar los títulos defectuosos, y a la vez emitir "nuevos" documentos que pudieran ser entendidos por las "audiencias nativas".
Harvey también hace particular referencia a Tacuba,
la antigua Tlacopan, sucesora de Azcapotzalco como cabecera del Tepanecayotl,
luego del triunfo de los mexicas y acolhuas (ca. 1431). Dicho señorío,
que después formó parte de la Triple Alianza, parece haber jugado,
según el autor, un papel crucial en la campaña de composiciones,
en vista de que un buen número de pOblaciones indígenas de donde
proceden los Techialoyan se ubican en la región occidental de la cuenca
lacustre y en el colindante valle de Toluca.
Esta propuesta podría relacionarse con lo que se ha dicho, sin pruebas
concluyentes, en torno a las fuentes de inspiración del Códice
García Granados, el de mayor información histórica: los
datos genealógicos provenían de las pinturas murales del Tecpan
de Azcapotzalco, la primera gran capital tepaneca.
Hacia otra dirección, pero a partir de la misma
interrogante, Stephanie Wood intenta vincular la vida y obra de un noble indígena,
don Diego García de Mendoza Moctezuma, cacique de Tezontepec (Estado
de Hidalgo), "quien se ganaba la vida, por lo menos una parte de ella,
como arriero, y quien, residiendo en Azcapotzalco al principiar el siglo XVIII,
estuvo aparentemente involucrado en la manufactura y/o distribución
de los códices Techialoyan y posiblemente también en genealogías
de caciques, títulos de privilegios y escudos de armas para la nobleza
nativa. Tras el análisis de la información de su real o supuesta
ascendencia, algunas de sus actividades que quedaron registradas en documentos,
el estudio del manuscrito de san Pedro T otoltepec (documento considerado
como falso y por el cual don Diego fue arrestado y encarcelado en 1705), y
las características generales de los códices Techialoyan, la
autora propone que este personaje, en una coyuntura legal adecuada donde un
grupo numeroso de comunidades indígenas necesitaba títulos de
propiedad, realizó una ahora para nosotros encomiable pero en ese tiempo
no muy legal labor de "producir" y vender documentos "antiguos",
según las necesidades específicas de cada población.
Si don Diego fue el autor intelectual de los códices Techialoyan, será
necesario reevaluar con gran cuidado los motivos que lo impulsaron a "manufacturar'
dichas pictografías, a la luz de las mecánicas legales en torno
a la presentación, ante las autoridades coloniales competentes, de
documentos relacionados con poblaciones nativas. Como se podrá notar
en esta apretada síntesis, falta más trabajo sistemático
sobre estas pictografías tan fuera de serie. Estamos ante un número
considerable (aunque todavía no definitivo) de manuscritos que forman
un corpus vinculado, por su estilo gráfico y particular tipo de escritura.
Los documentos representan un último y heroico esfuerzo de ciertos
pueblos indígenas por preservar información documental y tradición
oral, a través de pictografías que intentan "revivir"
un formato que se había utilizado siglos atrás. Se trata de
un conjunto documental que surgió sin importantes prototipos; se desarrolló
durante un lapso determinado, y desapareció sin dejar una visible herencia.
Particularmente para los estudiosos de la etnohistoria del Estado de México,
los códices Techialoyan ofrecen una única y valiosa oportunidad
de analizar información procedente de poblaciones de antiguo asentamiento,
de las cuales tenemos un mínimo de información a través
de otros documentos. La carencia de códices que se nota para el valle
de Toluca y el norte de la entidad durante el siglo XVI es compensada con
el grupo Techialoyan, puesto que un buen número de códices proceden
de esas áreas.
Daremos ahora una reseña introductoria sobre el Códice Techialoyan
García Granados, perteneciente al mismo estilo gráfico del resto
de documentos Techialoyan procedentes de pueblos, pero que exhiben características
muy peculiares en cuanto a su contenido y uso del espacio pictórico.
Bajo este nombre, se conoce a uno de los códices más importantes
que se guardan en México. Se trata de una tira de papel amate sin imprimatura
de 674 centímetros de largo por 49.5 centímetros de ancho promedio.
Ahí fueron acomodados un considerable número de conjuntos en
por lo menos seis grandes porciones, de las cuales damos noticia en la sección
"Descripción del contenido".
Nada se sabe sobre la manera como la pictografía fue removida de nuestro
país y llevada a Europa, para ser devuelta años más tarde.
Existe la posibilidad de que el Códice Techialoyan García Granados
haya pertenecido a la rica colección documental que el historiador
milanés Lorenzo Boturini formó en México durante la primera
mitad del siglo XVIII. Los datos que proporciona en su famoso Catálogo
del Museo Histórico Indiano no son muy claros al respecto. Boturini
más bien parece indicar la existencia de pictografías y pinturas
murales que sirvieron de fuentes de información al pintor o pintores
del códice. Más tarde, hacia 1893, se dio la primera noticia
precisa del paradero de este manuscrito. El librero francés Emile Dufossé,
en tres diferentes catálogos de venta, ofrecía un "Manuscrito
mexicano original sobre papel de agave", el cual fue adquirido, en una
fecha desconocida, por el señor Alberto García Granados, quien,
a su vez, lo obsequió al entonces Museo de Arqueología en 1907.
Por este motivo, y como un especial homenaje, a la pintura se le asignó
su nombre. A partir de ese año el valioso documento ha formado parte
del acervo de la Sala de Testimonios Pictográficos de la Biblioteca
Nacional de Antropología e Historia, con el número 35-49 y la
letra "Q" que le asignó Robert H. Barlow, en un primer intento
de catalogación de este grupo.
El Códice Techialoyan García Granados presenta
conjuntos glíficos de tradición indígena, ilustraciones
provenientes del mundo hispano y glosas en náhuatl en caracteres latinos.
Fue pintado por ambos lados haciendo uso de varios colores incluyendo, de
manera excepcional en estos manuscritos, aplicaciones de oro. El anverso contiene
la parte más extensa y elaborada de información, a diferencia
del reverso, donde, en un tiempo que desconocemos y quizá con el ánimo
de restaurar la tira del papel, le fue pegado un pedazo de tela que cubre
una considerable porción. Por esta razón ahora es imposible
saber si en esa parte también existió información gráfica
o escrita.
Como se había mencionado, las formas y la escritura
de la pictografía corresponden al estilo identificado como Techialoyan,
cuya confección, según opinión de la mayoría de
los investigadores, se realizó a fines del siglo XVII y principios
del siguiente. Sin embargo, el Códice García Granados posee
características de contenido muy particulares que lo sitúan
en un lugar especial. Mientras que el resto de las pictografías Techialoyan,
provenientes de poblaciones del centro de México, presentan, de manera
sintética, información histórica-catastral, el García
Granados es mucho más amplio en estos datos, ya que, además
de los datos en torno a los gobernantes de un buen número de sitios,
se registran, con particular detalle, los antiguos linajes de Azcapotzalco,
Tenochtitlan, Tlatelolco y el Acolhuacan. Sin embargo, y a pesar del gran
cúmulo de información histórica, sorprendentemente no
se menciona ninguna fecha absoluta o relativa. Como se podrá notar
en la sección de descripción, aquí no se trata de la
historia de un solo pueblo, sino más bien de una compleja demostración
de la antigua legitimidad de ciertas ramas pipiltin o nobles indígenas
ligados a gobiernos de pueblos (tlatocayotl) en la época colonial,
así como el recuento de las tierras, en varias regiones, que gobernadores
y miembros de la nobleza nativa reclamaban como suyas, basándose en
su status de pertenencia al tlacamecayotl de las más prestigiosas casas
señoriales. El Códice Techialoyan García Granados parece
enfatizar un complejo fenómeno de propiedad territorial de estirpes
nobles, más bien que propiedades de individuos. Estamos conscientes
que los mecanismos legales de este proceso histórico requieren de una
más amplia investigación que ayude a aclarar problemas como
los planteados por el doctor Harvey y la doctora Wood.
.
. Información del CD-ROM "Códice García-Granados"
por Krismar Computación