Introducción a la Educación Pública de México


"Uno de los antecedentes más importantes para fundamentar la presente obra, fue el libro La Educación Pública en México a Través de los Mensajes Presidenciales. prologado por el doctor J.M. Puig Casauranc, Secretario de Educación Pública en 1926, bajo la presidencia del señor general Plutarco Elías Calles. Según nota preliminar puesta en aquella ocasión, la idea original de una historia de la Educación Pública en México, a través de los mensajes presidenciales, debe
acreditarse al ilustre maestro don Alberto Correa, Director General de Enseñanza Normal durante la gestión ministerial de don Justo Sierra, y preceptor del doctor Puig Casauranc. Fue el profesor Correa quien reunió los primeros materiales para esta obra y quien los puso en manos del doctor Puig, años antes de que éste fuera Ministro de Educación. Por aquella época, el señor Puig ya se había destacado como un estudioso de la historia de la Educación en México, y fue por eso que el maestro Correa le encomendó la preparación de un bosquejo histórico que sirviera de introducción al proyectado libro.
El esbozo hecho entonces por el joven Puig sirvió de base, años más tarde, al prólogo que estamos glosando. Hace notar el doctor Puig, la penosa lentitud de los primeros pasos de la obra educativa del gobierno; la constante contradicción entre un propósito justo y la penuria de los medios disponibles para ponerlo en marcha. De un modo sorprendente, las instituciones educativas fueron surgiendo, a través de la vida política de México, gracias al entusiasmo inagotable de varias generaciones de estadistas y maestros, así como el apoyo de numerosos ciudadanos, movidos todos por la convicción de que la educación de la juventud era la mejor garantía del progreso de la Nación. Leyendo los mensajes presidenciales de los primeros cincuenta años de México como Nación independiente, se asiste a un dramático diálogo entre lo que se quiere y lo que se puede, al plantearse los mismos objetivos una y otra vez, hasta desbrozar el camino y hacer posible lo que antes parecía inalcanzable.
Pueden señalarse algunos jalones importantes en aquel avance gradual; notables en cuanto se comparan con la inercia que los precedió, pero insignificantes si se confrontan con posteriores logros más felices. Como es natural, la marcha ascendente de las instituciones educativas mantiene un paralelismo constante con el progreso económico y político del país, hecha la excepción de algunas lagunas explicables por circunstancias particularmente adversas. Las reformas liberales de 1833 y de 1859, la restauración de la República en 1867, los congresos pedagógicos de 1882 y 1889, la fundación de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1904, el Congreso Nacional de Educación Primaria en 1910 y el intenso esfuerzo renovador de los gobiernos emanados de la Revolución, marcan los avances de la obra educativa del gobierno nacional y definen la fisonomía peculiar del plan educativo de la Nación mexicana; todo lo cual, dicho con absoluta exactitud y bella expresión, es el contenido histórico político del Artículo 3º Constitucional, vigente.
La primera edición de este libro contempla el proceso de integración del sistema educativo nacional hasta el año de 1926, esto es, el año que dicha edición vio la luz pública; pero de esto han pasado ya cerca de cincuenta años, los más fecundos, quizá, en creaciones educativas y los que han impreso al plan educativo nacional su fisonomía peculiar, su vigorosa naturaleza de instrumento eficiente del progreso de la Nación mexicana. Precisamente por tratarse de un libro muy útil, la necesidad de ponerlo al día resulta inaplazable; agregando, desde luego, los mensajes posteriores a la administración del general Calles y del doctor Puig; pero introduciendo también algunas modificaciones en los apéndices, a fin de dar lugar a la inserción de materiales que se omitieron en la primera edición y que tienen una importancia decisiva en la actual configuración del sistema educativo nacional.
Para tales fines, hemos preparado esta nueva edición corregida y aumentada. Nos creemos, naturalmente, en el deber de actualizar el juicio crítico expresado por el doctor Puig, analizando de nuevo los mensajes presidenciales de la primera época; concatenando este análisis .con el que haremos del periodo que se agrega; y muy especialmente, exponiendo el pensamiento educativo del señor Presidente, licenciado Luis Echeverría Álvarez, y las realizaciones logradas durante su gobierno. La política educativa de México, en este periodo gubernamental, no es ajena a las determinaciones de la historia; refleja, como es natural, la tradición educativa de México y el sentido liberal progresista, que le fue impreso hace más de cien años por la brillante generación que conocemos con el nombre glorioso de hombres de la Reforma.
El signo rector de la educación pública en México, a través de los mensajes presidenciales, fue liberal y progresista desde la primera época de nuestra existencia como Nación; lo fue, desde luego, entre los gobernantes liberales, pero también entre algunos presidentes conservadores, atrapados quizá por los ideales de la Ilustración, entonces incontrastables. La América independiente del Siglo XIX, sobre todo la que hablaba en español, pensaba en Rousseau y en Montesquieu cuando ya la vieja Europa se disponía a olvidarlos; el Espíritu de las Leyes y el Contrato Social, eran sus libros predilectos, orientaban su pensamiento político y robustecían su fe en el poder redentor de la ciencia y de las letras. Era natural. ¿Cómo sustraerse a la seducción de tales medios teniendo a la vista el ejemplo de las naciones más poderosas de la tierra, todas ellas poseedoras del más alto desarrollo intelectual?
Por otra parte, ¿quién podría negar el valor real de la ciencia y de la técnica, de las artes y las letras, y, en general, de todas las manifestaciones del pensamiento, como fuentes de bienestar humano o, por lo menos, como armas eficaces para conquistarlo? El ideal de la Ilustración erró sólo por exceso de confianza en sus dogmas; por falta de una crítica social clarividente, que previera la justa distribución de bienes tan preciados; o, dicho de otro modo, por falta de visión y de comprensión de los problemas fundamentales del progreso industrial. La preocupación educativa de nuestros gobernantes era formar hombres aptos para promover y disfrutar el progreso de la Nación y, en eso estaban bien, pero sus deficiencias fueron otras, acaso inevitables, porque la justa distribución de los bienes culturales no es ajena a la conquista de otros objetivos del bien público.
Liberado el país de la inmensa tragedia en que se debatía, durante la invasión francesa. el gobierno de la República se dispone a afrontar las demandas educativas del pueblo; don Benito Juárez encomienda a Barreda la organización de la Escuela Nacional Preparatoria; y, a su ejemplo, se reorganizan, en todo el país, las instituciones de segunda enseñanza. El plan educativo adquiere entonces, lo único que quizá .le faltaba, una doctrina filosófica; Barreda había conocido, en
París, las enseñanzas de Comte, y se había convertido en un ardiente partidario del positivismo; pero este reformador no era un intelectual puro, sino un hombre de acción que se proponía influir en los destinos de la patria, implantando un nuevo sistema educativo, adecuado para resolver los más graves problemas de la comunidad nacional. Don Benito Juárez, con su habitual laconismo, decía al Congreso de la Unión en 1870: "Próximamente se presentarán varios proyectos de ley sobre algunos puntos relativos... a la Instrucción Pública."
El l de abril de 1873, don Sebastián Lerdo de Tejada aseguraba: "Aunque una ley vigente consignó el principio de la instrucción primaria obligatoria, no han sido eficaces para este fin las reglas establecidas. Penetrado el Ejecutivo con el objeto de hacer realmente práctica su aplicación, si los poderes de la Unión sólo pueden hacerlo en el Distrito Federal y en el territorio de Baja California, debería esperarse que los estados siguieran ese ejemplo con laudable emulación. Grandes son los bienes de la instrucción superior, para no omitir lo que pueda extenderla; pero mayores e imponderables son los beneficios de generalizar la instrucción primaria, base segura de la elevación del carácter de los ciudadanos y de la grandeza nacional." Y al año siguiente, el propio presidente Lerdo insistía: "Varios estados han adoptado la idea de la iniciativa que el Ejecutivo dirigió al Congreso sobre la Instrucción Pública obligatoria."
La tradición de Juárez y de Lerdo prevaleció en las administraciones siguientes, en materia de educación obligatoria. En 1882, bajo la presidencia del general Manuel González, el doctor Ildefonso Velasco, Presidente del Consejo Superior de Salubridad, convoca un Congreso
Higiénico-Pedagógico, que había de llegar a ser famoso, y en el que se estudian por primera vez, en forma deliberativa, los problemas teóricos y prácticos de la educación nacional. Aquel mismo año, Jules Ferry, Ministro de Instrucción Pública en Francia, dio a su país una ley de Enseñanza Primaria en la que se establecía la fórmula de la escuela liberal que había de generalizarse en el mundo, esto es, la escuela laica, obligatoria y gratuita. No dejó esta reforma de conmover la opinión pública de nuestro país, ni de encender el celo reformista de la generación de educadores que hicieron el Congreso Higiénico- Pedagógico, de manera que, a partir de aquel año, laicismo legal y pedagogía moderna fueron ideas inseparables.
En 1889-1890, durante el tercer periodo presidencial del general Díaz; siendo ministro de Justicia e Instrucción Pública don Joaquín Baranda, se reunieron dos congresos pedagógicos. De sus deliberaciones salió una concepción más precisa del plan educativo nacional: se adoptaron los principios de la reforma de Ferry; se recomendó la elaboración de una nueva Ley de Instrucción Pública; se fijaron a la educación primaria fines más altos, que la simple transmisión de conocimientos elementales, asignándole, de acuerdo con las ideas de Herberto Spencer, la formación intelectual, moral y física del educando, esto es, la educación integral; asimismo, se determinó la edad escolar, la extensión de los programas, su gradación en cursos sucesivos; se diversificó la enseñanza primaria para adultos, de la que se impartía a los niños; y se entrevió la necesidad de crear un sistema de educación rural.
En 1891, la escuela laica alcanzó, en México, su confirmación legal; la Ley Reglamentaria de la Enseñanza Obligatoria, expedida aquel año, estableció expresamente las tres características: laica, obligatoria y gratuita, que la opinión pedagógica más autorizada de la época, consideraba la esencia del liberalismo escolar. Aquel mismo año se graduaron los seis primeros maestros normalistas de la escuela de México, fundada cuatro años antes. Se trataba de una escuela normal nacida al calor de las ideas pedagógicas de 1882, y de una juventud fuertemente influenciada por ellas. Recibía esta generación el legado de 1889, al mismo tiempo que la primera generación de la Escuela Normal de Jalapa.
En 1904, el general Díaz decía al Congreso: "Se han repartido este año 1,053 bancas binarias y 13,176 libros." -A catorce años de distancia del importante congreso pedagógico que hemos citado, los servicios educativos del Distrito Federal y territorios acusaban una pobreza lamentable. El doctor Puig compara estas cifras con las de 1925, 13,000 bancos escolares y 94,432 volúmenes; pero ocurrido esto más de veinte años después, la diferencia no resulta tan impresionante; sin embargo, habrá que tener en cuenta que esto ocurría cuando el proceso doloroso de la Revolución acababa de pasar por uno de sus episodios más sangrientos. Volviendo a la administración porfiriana, en 1905, se dio uno de los pasos más trascendentales de la educación pública en México, la creación de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, a cuyo frente quedó el ilustres don Justo Sierra.
A partir de esto, la instrucción primaria y la de todos los niveles recibió un impulso cada vez mayor; las distintas disciplinas científicas fueron establecidas o vigorizadas; y en el informe presidencial de
1908 aparece el dato, realmente satisfactorio, de que los servicios federales de educación comprendían 583 escuelas con 64,000 alumnos. A esta consideración estadística habrá que agregar otra, de carácter pedagógico; por primera vez, en la historia de la enseñanza en México, se daba a la educación, el papel predominante que debe tener, y se reducía a la instrucción a la categoría de medio para obtener la educación que se deseaba. Como coronamiento de esta época, más bien como testamento educativo de la administración porfiriana, se organizó y se llevó a feliz término, el Congreso Nacional de Educación Primaria, de 1910, realizado en los días del Centenario de la 1ndependencia. Un mes después estallaba la Revolución; y apenas al concluir el cuarto mes del año siguiente, se desplomaba la dictadura.
Un fervoroso anhelo de redención campesina anima a los hombres de la Revolución: en lo económico, en lo político, en lo educativo, todos tienen una actitud de servicio para la clase más desposeída de México, que constituye la inmensa mayoría del pueblo. Unos se conformarían con verla libre de la servidumbre y realizar el ideal de redención legal, expresado ya en 1857; otros quieren ir más allá, reivindicar para ella, el derecho a poseer la tierra que trabaja; otros quieren más aún, quieren un régimen de salarios altos y mejores formas de contratación; otros, en fin quieren su elevación cultural y su mejoramiento técnico. En noble emulación, pasan las diversas corrientes de la opinión revolucionaria, el corto periodo gubernamental del Presidente Madero; y al caer éste trágicamente, al embate de la reacción, la tempestad revolucionaria se desata.
La Constitución de 1917 dejó la dirección de la obra educativa en manos de los gobiernos locales; considerándola como cosa del régimen interior de los estados. Pronto se vio la incongruencia que resultaba de la adopción del principio de una educación de estado y la falta de una dirección centralizada de este ramo tan importante de la administración pública. La creación de la Secretaría de Educación. el 5 de septiembre de 1921, viene a subsanar esta deficiencia del régimen revolucionario; y la designación de don José Vasconcelos, da a la nueva secretaría un brillo extraordinario. La primera preocupación del ministro es la desaparición del analfabetismo; y su más noble objetivo es la redención de los indios, por medio de la escuela. Se trataba, pues, de elevar los estratos más pobres de la población nacional, a las condiciones de vida de otras clases económicamente mejor dotadas, integrando así una patria mexicana más igualitaria y más justa.
Pronto este fervor por los indios se hizo extensivo a todo el campesinado del país.
Rápidamente, se fueron creando y desenvolviendo las instituciones educativas adecuadas: las escuelas rurales, las misiones culturales, las escuelas normales rurales; las escuelas centrales agrícolas, las escuelas regionales campesinas, los internados indígenas, etc. Paralelamente crece en extensión y mejora la calidad de la educación urbana, los servicios de educación primaria y los de segunda enseñanza. Las escuelas normales y la Escuela Normal Superior. También se desenvuelve
la enseñanza técnica; la Escuela Práctica de Ingenieros Mecánicos y Electricistas, la Escuela Nacional de Química Industrial. La Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica. la Escuela de Comercio y Administración, la Escuela Superior de esta misma especialidad; y, como coronamiento magnífico de esta corriente educativa, el Instituto Politécnico Nacional. Al mismo tiempo se desarrolla el sistema de Universidades e Institutos de Educación Superior, la Universidad Nacional Autónoma, las universidades de los estados, unas autónomas y otras dependientes de los gobiernos locales. Los viejos institutos científicos y literarios, se convierten gradualmente en universidades de cada entidad federativa.
Puede citarse entre lo más destacado de los siguientes regímenes gubernamentales: la Campaña Nacional contra el Analfabetismo, la creación del Libro de Texto Gratuito, el Plan Nacional de Once Años, la Educación para el Trabajo, etc.
Al iniciarse el periodo constitucional del señor Presidente Echeverría, se consideró conveniente abrir una encuesta pública sobre los problemas educativos de México; se hicieron encuestas entre los maestros de diversos niveles, entre asociaciones de profesionales, empresas industriales y asociaciones de toda índole; se llevaron a cabo veintidós asambleas regionales, en las que participaron 25 mil personas: autoridades de la Secretaría de Educación Pública, funcionarios estatales y municipales, rectores y directores de universidades e institutos de educación superior; y asimismo, representantes de la iniciativa privada. La política educativa adoptada por el régimen es, pues, producto de las reflexiones de mucha gente interesada en la educación pública; sus planteamientos se fundan en la experiencia y toman en cuenta la opinión de muchas personas; y asimismo, toman en cuenta las circunstancias actuales y una razonable previsión del futuro próximo. Se apoya también en el artículo tercero constitucional y en todos los preceptos relativos contenidos en nuestra Carta Magna.
El propósito del Estado mexicano, al poner en marcha la reforma educativa actual, es el mismo que lo ha conducido a modernizar otras instituciones políticas y sociales: hacer más justa la vida nacional, mediante una mejor distribución de los bienes materiales y culturales; y propiciar una mayor participación ciudadana en la actividad política y social del país. Entendida como un derecho y una aspiración, la educación debe beneficiar a todos los habitantes del país, entendida como un proceso intencional, debe contribuir al desarrollo de la capacidad crítica de los educandos, a fin de permitirles percibir y aquilatar sus propias aptitudes, comprender su papel en la vida colectiva: y entendida como un servicio público, la educación se realiza a través del sistema educativo nacional, para cumplir con los propósitos señalados por el C. Presidente de la República: ampliar y reorientar permanentemente el sistema.

Prof. Luis Álvarez Barret

México a través de los Informes Presidenciales
"La Educación Pública"
Secretaría de la Presidencia, México 1976, Tomo 11