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PRIMERA CHARLA
| Porqué
de mi Pasión por la Gastronomía |
Pasión
Gastronómica... Tradición Familiar |
PRIMERA
CHARLA
Porqué
de mi Pasión por la Gastronomía
"Los saberes
domésticos son tradicionalmente femeninos, y se transmiten familiarmente,
los aprenden desde pequeñas, de las mujeres mayores: mamás, abuelas, tías
y hermanas..."
Pasión
Gastronómica... Tradición Familiar
Para comenzar
esta confesión diré que mi motivación es doble, soy historiadora por vocación
y profesión y, gastrónoma por elección. Llevo más de 30 años intentando
unir ambos saberes y explicar por medio de ellos cuanto existe y sucede
en la historia de mi patria, y creo que así cumplo con la función social
del historiador, a lo cual aspiro.
Soy pacifista
de entraña y encuentro que un campo humano donde no hay rijosos es la
gastronomía. En ella aún los contrarios se alían e integran un buen aliño.
Además, el hombre y la mujer se enriquecen en este campo hasta con las
experiencias más desafortunadas como son las guerras e invasiones.
Tuve, además,
la fortuna de convivir con mujeres talentosas y singulares, que fueron
en sus dominios hogareños verdaderas reinas: en especial en sus cocinas
donde el cotidiano preparar la comida se convertía en actos de amor: una
abuela y una Mamá Carmela.
Mi abuela,
doña Vicenta, vivió gozosa sus 94 años, y hasta los últimos de su vida
aceptó, que en su cocina se cambiara por el gas el carbón, que usaba alimentando
las seis ornillas del largo bracero revestido de azulejos. Aprendí con
ella los secretos de la cocina tradicional de la Aristología Mexicana,
del cocimiento suave y sostenido, según la cantidad de carbón, que se
usaba.
Haciendo
una " casita " con palitos de ocote olorosos a resina, aprendí
a encender la lumbre y mantenerlo vivo depositando entre cenizas las brasas
en una pequeña cazuela de barro, para conservar durante todo el día el
fuego permanente del hogar.
Muchas
tardes sabatinas de mi lejana juventud se fueron lavando los tesoros de
barro que decoraban la cocina de mi Abuela.
Jarros
y cazuelas de diversos tamaños y colores. Las moleras de San Juan de Dios
y del Barrio de la Luz de Puebla; las verdes de Patamba y las de "
cascarón " del Valle de Bravo; los de barro de olor de Jalisco, los
que se pegan en los labios, pintados por Velázquez en las Meninas; y de
Oaxaca, los negros que suenan a plata, los blancos de Tzinzuntzan, en
tanto doña Vicentita descifraba los orígenes y contaba la historia de
los cacharros.
Con ella,
estando a su lado, aprendí que la cocina como todo fenómeno humano tiene
una lógica, un sentido, una estructura y su propio espíritu, que no puede
transgredirse sin grave daño. Por ello tiene tanta importancia respetar
sus tiempos, sus modos y maneras, apreciar los insumos, las materias que
se usan para lograr un buen resultado, unos buenos platillos. Años después,
leyendo a Ling Yu Tang, la recordaba, "Si tenemos que matar para
vivir hagamos con ello una obra de arte que lo justifique y explique".
La otra
mujer con quien viví fue mi Mamá Carmela, la segunda esposa de mi padre,
una dama michoacana altamente ejecutiva y moderna. Su suegro, don Sotero
Pérez Rentería, alto y recio saltillense, le decía: "mata pollo y
pon la mesa" por la festiva rapidez con que cocinaba.
Esa amada
mujer me introdujo en la cocina moderna, desde la licuadora y los demás
electrodomésticos hasta los microondas. Me descubrió la vida de los insumos
exóticos, el despliegue fastuoso de las cocinas extranjeras que se disfrutaban
en la Ciudad de México hacia los años 1950, y la posibilidad del aprendizaje,
sistemático, con la maestra Josefina Velázquez León.
Además,
como parte de mi razón cultural, consideró que la gastronomía mexicana
es una expresión cultural que merece ser analizada y estudiada, así podremos
valorarla en su cabal contenido y significación. Este sigue siendo mi
sustento.
De mi padre,
don José Héctor Pérez, heredé el fino aprecio de las excelencias gastronómicas,
del resumen cotidiano de los mercados y su desciframiento.
Del unir
en alegría familiar actos religiosos y festejos dominicales y aún cívicos,
que terminaban en gozos: deleitosos pastelitos de El Globo, "comida
en el Café Tacuba, desayunos en Sanborn`s de los Azulejos, repositorios
tradicionales de la historia y gastronomía de la antigua Ciudad de México”.
Para mí,
todo ello está unido por lazos entrañables que tienden a debilitarse y
quizá a desaparecer. En todo caso sirvan estas líneas y repitamos con
Paco Ignacio Taibo, el escritor, aquella frase: "... para parar las
aguas del olvido... "
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