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El Vidrio y la Hojalata

El vidrio no lo conocían los antiguos indígenas de México, y fue introducido por los españoles. Fue la ciudad de Puebla el lugar donde se establecieron las primeras fábricas de vidrio en toda la América. Hacia siglo XVII se producían ya en la nueva España una gran variedad de vidrios; eran de excelente calidad los de color blanco cristalino, los verdes y azules, que se exportaban a las principales ciudades de Centroamérica y Sudamérica. Los productos mexicanos, que eran muy apreciados, llegaban hasta Perú.

Esa antigua habilidad de los artesanos coloniales del vidrio la heredaron y acrecentaron, en nuestros días, los hermanos Avalos, Camilo y Francisco, quienes establecieron una fábrica en la Ciudad de México, para producir objetos artísticos de vidrio. Allí han elaborado, por varias generaciones, desde las curiosas y diminutas figuras de animales, floreros, trastos y objetos diversos de adorno y juego, hasta los colosales emplomados de los vitrales catedralicios que adornan las vitrinas de muchas iglesias nacionales y extranjeras. Fue el año de 1889 cuando se estableció el primer horno pequeño de estos artistas, que fue creciendo hasta convertirse en la actual gran fábrica de la calle Carretones, tan famosa.

Camilo aprendió a dibujar y pintar en sus mocedades, en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos, y todos sus conocimientos los puso al servicio del arte del vidrio, mostrando gran habilidad para la caricatura. A él se deben las obras de gran tamaño, los vitrales y las figuras de ornato, jarrones y piezas mayores. Su hermano Francisco se dedicó, en cambio, a las miniaturas en vidrio de colores, creando esas deliciosas figurillas minúsculas que bajo la apariencia de flores, de seres humanos y animalitos, nos demuestran la ternura que latía dentro del corazón del sensible artista. Los alumnos de ambos hermanos, forman ya una gran escuela de artistas del vidrio.

Cuando España prohibió que se labrara la plata en la nueva España, impulsó en cambio la hojalatería. El artesano mexicano imitó en hojalata la platería europea creando un estilo local muy singular. Hizo de hojalata marcos para espejos y retablos, candiles de brazos, candeleros de mesa y jarrones. Actualmente quedan aún muy buenos hojalateros en Oaxaca, Puebla, Guadalajara, Taxco, Cuernavaca y la Ciudad de México, quien han creando nuevas piezas y estilos pero que cultivan las formas antiguas también, con gran arte.

La cestería o tejido de palma, labor muy antigua en la cultura precortesiana, perdura aún en la hechura de cestos y canastas de coloridos adornados, tan del gusto del turismo, extranjero. Lerma, en el estado de México, es en la actualidad la mesa la meca del tejido del tule. En la Mixteca, Oaxaca, y en Puebla, se producen, con palma, sombreros, cestos petates, canastas y juguetes.

En la región de San Juan del Río, hasta Querétaro, se hace cestería de vara de sauce, al igual que en Taxquillo Hidalgo. El carrizo y el tule se emplean en Michoacán, para petates y chiquihuites. Y en otros sitios se teje bejuco, bambú delgado, henequén y maguey.

En Puebla hay otra industria artística popular, la de la cerería, establecida allí desde tiempos anteriores a la conquista. Por esa región se produce bastante cera de la que empleaban los orfebres indígenas, principalmente los aztecas y zapotecas-mixtecas. Después, al establecerse el culto católico en la nueva España, las cera vegetal y de abeja se empleó en Puebla para hacer los cirios, muchos de ellos llenos de delicadas figuras superpuestas: hojas, flores, rostros, angelitos, animales y otros motivos decorativos, que a veces son coloridos, dorados y plateados. Y llegaron a producirse cirios tan grandes de hasta tres metros de altura que pesaban 70 kilos cada uno, con perfectas imágenes religiosas esculpidas.