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Tlaquepaque, Texcoco y Oaxaca

Tlaquepaque, (Ciudad sobre la montaña), es un pueblo de alfareros finos, situado junto a Guadalajara y cerca de Tonalá, en Jalisco. Tonalá, a pocos kilómetros de San Pedro Tlaquepaque fue el centro de la alfarería regional que delegó su nombradía a Tlaquepaque. Antes de la conquista española, ya los naturales de Tonalá hacían hermosas vasijas de barro, y la alfarería tonalteca era famosa en toda la comarca, y consistía en objetos para el servicio doméstico, para los templos, para la casa y la guerra. Cada hogar era un pequeño taller consagrado al arte de la cerámica, como lo siguió siendo todavía, y como lo son en San Pedro Tlaquepaque.

La loza de Tonalá es encarnada, del color de la tierra roja de esa región jalisciense, y no hay mercado mexicano que no expenda esa loza, extraordinariamente bella. Es una cerámica tosca, más bien dedicada a confeccionar útiles domésticos, entre los que sobresalen los cántaros para el agua, con sus vasos de barro, que guardan el agua fresca y saturada del sabor del barro. En Tlaquepaque, en cambio, la alfarería se ha industrializado mucho, y existen ahí grandes talleres no familiares, dotados incluso de tornos mecánicos; pero todavía se producen allí obras individuales, de artistas que trabajan a mano figuras, adornos, jarrones, vasijas y cuadros.

Texcoco, a 40 kilómetros al noreste de la capital mexicana, produce otra alfarería muy típica, diferente a todas las demás, y que se vende, como la de Tlaquepaque, en todos los mercados del país: es la alfarería no refractaria, hecha para no ponerse sobre el fuego y que por lo mismo se barniza al exterior con un gris barniz plumífero. Son recipientes destinados solamente a servir, para contener el pulque, tan de uso en la región; pero más que el color, son originales las formas antropomorfas y fitomorfas de esos recipientes, que llevan hacia la altura media del cuerpo que representan numerosas " uñas " para sostener los vasos de asa.

Silvia Rendón dice que los vasos antropomorfos presentan siempre rostros humanos masculinos sonrientes, con frecuencia ornamentados con adornos capitales de diseño floral, dispuesto sobre un tocado en forma de mitra o corona señoriales de la antigüedad prehispánica. Los vasos fitomorfos representan generalmente calabazas con tallos que son los vertederos, o piñas con el nacimiento de un tallo que tiene el mismo objeto. En los vasos antropomorfos es constante una decoración exterior granulosa, que representan las pieles humanas de los desollados que vestían los sacerdotes Xipe, dejando hacia fuera el panículo adiposo, que aparece granulado.

Aparte de las citadas formas de recipientes para el pulque, se hacen en Texcoco unos vasos zoomorfos llamados cochinitos, que se usan como alcancías, cajitas o floreros, según sea la abertura del lomo. Así también recipientes llamados canastas, que son ollas con asidera encima y que se usan para contener frutas con alimentos no calientes. Con igual fin se hacen charolas, platones y tazas, llamados jarritos chascos, porque tienen el fondo plano y parecen, a primera vista, como rotos, y están decorados con serpientes reptantes.

En Oaxaca, la loza adquiere su originalidad por estar hecha de barro grueso de color negro, sonoro cuando se le golpea y que se dice que contiene uranio. Ese barro se usa para hacer unas ventrudas ollas y ollitas, con vertedero hacia arriba, como boca de botella, y en las que se guarda el mezcal de olla propio de la región. Del mismo barro hacen los alfareros las urnas funerarias, para guardar ahí las cenizas de los muertos, y objetos de adorno cuyos motivos copian generalmente de los antiguos artefactos indígenas, zapotecas o mixtecos, también propios de la región.

La cerámica negra y policromada, que ahora se hace imitando modelos antiguos, tuvo su nacimiento hasta la V época de Monte Albán, cuando se apoderaron de ella los mixtecos, que bajaron de las serranías occidentales del Valle de Zimatlán.