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Los Talleres Caseros

Dice un turista norteamericano, capaz de haber hecho un cuidadoso y profundo estudio sobre las artes populares mexicanas, que en un país de 36 millones de habitantes, como -era México en esos años-, 20 millones producen, en sus talleres domésticos, una gran parte de los artículos necesarios para la vida diaria, y los hacen con sentido artístico además de utilitario, creando verdaderas obras de arte popular. En general, los artesanos mexicanos encauzan su producción en tres sentidos: artículos útiles y de uso común para la población en que viven; curiosidades populares de arte para los turistas nacionales y extranjeros; artículos para cambiarlos por otros de otros lugares.

Una familia entera puede tomar parte en la confección de estos artículos de arte popular, en talleres caseros que son supervivencia de tiempos muy anteriores a la industrialización maquinizada. A menudo una villa entera se especializa en la confección de determinado producto. Tal es el caso de Tlaquepaque, pueblo unido a Guadalajara, donde se hace la máxima alfarería del occidente; e igual cosa ocurre en Taxco, entre México y Acapulco, que es el centro de platería y orfebrería más conocido de México, en el mundo entero; en Saltillo, cuyo nombre recuerda los hermosos sarapes multicolores de lana; en Puebla, cuya loza de Talavera fue famosa en el mundo, desde los tiempos coloniales.

Ese trabajo familiar, no mecanizado, permite producir obras de arte manual distintas una de otra, nunca en serie; cada objeto es un original sin firma, creado por la inspiración momentánea del artista humilde, pero asombrosamente apto y cabal. En esas obras pueden notarse tres influencias predominantes: la primera y más notable, que da originalidad suma a cada obras de arte popular, es la influencia indígena nativa, a veces entroncada directamente a épocas precolombinas; la segunda es la influencia española, que creó, además, algunas artes no conocidas en el México indígena, como la herrería y la del azulejo poblano; y la tercera, la influencia china, llegada en los objetos que traía la nao de Filipinas y que fueron imitados en México, como las lacas coloridas y perfumadas.

El autor norteamericano que seguimos en esta parte, afirma, a su vez, que México es uno de los tres grandes centros de artes manuales del mundo moderno, compartiendo ese privilegio con Rusia y China. Lo saben los turistas de todo el mundo, que regresan de México a sus países cargados de los bellos artículos mexicanos del arte popular. El primer turista que llegó a México fue, sin duda alguna, Hernán Cortés, que desembarcó en Veracruz en 1519, y tal como lo hacen ahora los modernos turistas, admiro las obras del arte popular indígena, y las adquirió profusamente. Mandó a su patria filigranas de oro y plata, adornos de jade y obsidiana, vistosas capaz de plumas de brillantes colores, y muchos otros artículos que calificó de " productos de un arte exquisito, de notable inspiración ".

Desde pequeños, los niños aztecas aprendían el oficio al cual se consagrarían durante toda su vida; lo aprendían juntamente con el apego a las buenas costumbres: amor a la verdad, a la honestidad y al trabajo, con lo cual resultaban, en lo general, íntegros y buenos. Sus oficios más comunes eran la pesca, la casa, el comercio, la agricultura, la guerra, el sacerdocio y la administración pública, para los hombres; mientras que las mujeres se dedicaban a la molienda, el hilado, el tejido, la cocina y el servicio religioso. Las artes las cultivaban igualmente hombres y mujeres.

Prescott dice de los artesanos de aquellos tiempos: " venían al mercado los plateros de Azcapotzalco, los alfareros y joyeros de Cholula, los pintores de Texcoco, los canteros de Tenayucan, los monteros de Jilotepec, los pecadores de Custlahuac, los fruteros de tierra caliente, los fabricantes de sillas y esteras de Cuautitlán y los floristas de Xochimilco ". Xóchiquetzal era la diosa de las flores y la patrona de los bordadores, pintores y tejedores; Era, además, la primera esposa de Tláloc, el Dios del agua.