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Máscaras Antiguas

Los danzante y bailarines usaban también máscaras para sus bailes, hechas algunas de mosaicos, y con cabelleras y penachos de oro y plumas. Sahagún nos dice que en el cantar huasteco llamado Cuextecaiutl, se usaban máscaras " con narices, agujeros y cabellos bermejos ". En las ceremonias que se hacían a Cuetzaplcóatl, el Códice Ramírez nos da curiosos datos sobre las representaciones teatrales que se hacían en la fiesta del dios del aire. Los actores representaban enfermos que acudían en busca del alivio al santuario del Dios, entablando diálogos que, por los mismos defectos físicos y enfermedades de los actores, resultaban regocijantes. Otros, vestido de animales, referían sus vidas y hazañas y se subían a los árboles, donde eran casados por los sacerdotes, que con ellos sostenían ingeniosos diálogos. La representación terminaba con un baile, en el que intervenían todos los actores con sus atavíos y sus máscaras.

Considerada, pues, la máscara como la esencia de la divinidad, del héroe guerrero, de la muerte y de la representación teatral, hay que saber que se usó en México desde la más remota antigüedad. Miguel Covarrubias nos dice que lo más antiguo que se conoce en máscaras corresponde a las culturas arcaicas de la Meseta Central, que parece que floreció a fines del primer milenio a.de J.C. De ese periodo son también las máscaras Olmecas, las Tarascas de Occidente y las Mayas antiguas de Monte Albán. En períodos posteriores resaltaron entre todas, las máscaras Teotihuacanas y Mayas, entre los siglos IV y X de nuestra era, en Teotihuacan, Cholula, Monte Albán, Xochicalco, El Tajín, Palenque, etc.

Las máscaras Teotihuacanas mortuorias de este periodo muestran " rostros hieráticos finos, cortados en línea recta a la altura de la frente, ahuecados por detrás, y con orejas rectangulares perforadas, para fijarles un par de orejeras de jade. Tienen los labios entreabiertos y sensualmente y los ojos socavados para recibir una incrustación de concha y obsidiana. Muchas de esas máscaras tienen en las pupilas una decoloración característica, posiblemente lograda por la acción del fuego. La máscara Teotihuacana muestra el rostro del fardo mortuorio: colocábase el muerto sobre una especie de trono y se le ponía la máscara con sus orejeras y collares de jade, mientras se le tocaba con un casco empenacho de plumas de Quetzal.

En el renacimiento Tolteca de Tula, encontramos una gran variedad de hermosas máscaras que identifican separadamente a los dioses; pero seguramente la culminación de tal arte la lograron los aztecas, en los siglos XIV y XV, ya que ellos hicieron que la máscara no solamente distinguiera la personalidad del Dios, sino que el jeroglífico o dibujo escritor en ella, indicara claramente el carácter individual de la divinidad: la emplumada serpiente indicaba siempre que se trataba de Quetzalcóatl, dios del viento; las serpientes dobladas y retorcidas eran del culto de Xiuhtecutli, el Señor del Fuego; las fajas de turquesa, como las ostentadas por el cráneo perteneciente al Museo Británico, indicaban ser de Huitxilopochtli, dios solar y de la guerra; Xipe, dios de la nueva vegetación, es siempre un rostro de párpados caídos y piel desollada; al dios de los muertos, Mictlantecuhtli, se le reconoce por la mandíbula descarnada; y así cada Dios tiene su efigie y su símbolo.

Para las máscaras de mosaico de piedras coloridas, según Salvador Toscano, " la piedra más fina y apreciada era la turquesa, con la cual obtenían el color azul de los mosaicos; igualmente apreciado era el jade, que les proporcionaba el color verde pálido. La concha rojiza y el color eran utilizados para obtener tejuelos de color encarnado; mientras la obsidiana les proporcionaba el negro, y las láminas de oro que usaban el color amarillo ". Con esta elemental paleta, los mosaicistas recubrían con labor de mosaico innumerables objetos: cráneos, máscaras, navajas, cetros, sonajas, yelmos, pectorales, vasos, orejeras, escudos y hasta ídolos de gran tamaño como el Tlahuizcalpantecutli del Museo de Viena, incrustado con concha y acabado con obsidiana en los ojos y en la dentadura.