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Técnicas de Laqueado

Dos técnicas principales se emplean para la manufactura de las " lacas ", como se da en llamar a las bateas, cajas y otros objetos laqueados o maqueados de Michoacán y Guerrero. En una el diseño se incrusta en lacas de varios colores, sobre un fondo liso; y en la otra se aplican una serie de colores a un objeto, y después, con un instrumento puntiagudo, se atraviesan las diversas capas, para que todos los colores y dibujos aparezcan en el producto terminado. Cada capa se pule frotándola prolongadamente, y se le da una mano de laca transparente al conjunto, y se vuelve a frotar y pulir. El secreto de la laca legítima se descubre tocando la superficie, pues su aspecto al tacto es semejante a los trabajos grabados.

El término laca se aplica de manera general a todos los objetos decorados con materias orgánicas y minerales, que se cubren con una película brillante e impermeable. Su origen se remonta a la época precortesiana. Los tarascos de Michoacán fueron sus primeros cultivadores, y un grupo azteca incrustado cerca de ellos, en guerrero. Desde entonces se han empleado los mismos materiales, aplicándose a los guajes pintados una sustancia llamada "aje", especie de grasa o ungüento que se extrae de un pequeño insecto llamado AJE. Ese ingrediente hace el papel de ursushi de las lacras japonesas, y a ella le agregan los indígenas una pequeña cantidad de carbonato de magnesia y de cal dolomía, como mordente de las materias colorantes, que así quedan firmemente fijadas en la calabaza.

Los motivos ornamentales de esa clase de trabajos se inspiran preferentemente en la flora y la fauna regionales. Los michoacanos presentan muy depurados dibujos en sus estilizaciones y los de Guerrero cierta simplicidad decorativa, que acusa un fuerte dominio de la forma, según afirma el profesor E. Galindo. El maqueo o laqueado, se empleó antiguamente en muchos lugares, que luego dejaron de hacer esa industria. Los principales sitios conocidos que manufacturaron lacas fueron: Peribán, Quiroga, Uruapan y Pátzcuaro, en Michoacán y el pueblo de Olinalá, en Guerrero.

Los antiguos laqueadores, usaban, como los modernos, la cáscara seca de cucurbitáceas y otros frutos de corteza dura, así como la madera suave, no resinosa . Para impermeabilizar esos materiales, empleaban aceites o resinas vegetales con colores en polvo, que al ser absorbidas formaban capas; éstas se recordaban según el dibujo, y se rellenaba el hueco con nuevos colores, hasta completar la decoración. En Uruapan, Peribán y Quiroga predominó la decoración de flores, mientras que en Pátzcuaro se usó el oro con motivos europeos, y los mencionados medallones y escenas con personajes conocidos.

La manufactura de esos objetos ha variado poco desde la conquista, en que fueron conocidos por el mundo entero, y menos todavía antes del siglo XVIII. Los indios llamaban a la dolomía, especie de cal viva y común, tepútzchuta, la que mezclaban a la grasa de "aje" o "axe", como antes se le decía. La grasa de ese animal se preparaba recogiendo una gran cantidad de gusanos Coccus axin, que estando vivos se arrojaban en una vasija, con agua hirviendo y se movían con un palo, hasta que empezaban a despedir una sustancia amarillenta; entonces se retiraban del fuego y se colocaban sobre un lienzo de manta rala, a manera de cedazo, sobre la boca de una olla con agua fría, y se machacaban para que colara la sustancia aceitosa.

Dicha materia oleaginosa se dejaba enfriar por uno o dos días, al cabo de los cuales se sacaba la masa que había resultado; se lavaba muy bien con agua fría y se envolvía en hojas de maíz, para su mejor conservación. Más tarde, cuando se empelaba para aplicar la laca, se vertía en una taza de porcelana o barro un poco de aceite vegetal, preferentemente de linaza cruda, y tomado un trozo de "aje" se le prendía fuego, dejando que goteara sobre el aceite, cuya mezcla se agitaba de tiempo en tiempo, hasta que se espesaba medianamente; luego se le añadía polvo de dolomía en cantidad suficiente para darle la consistencia de una papilla fluida.

Este producto imperfecto se llamaba sisa y servía como mordente que para fijar los colores. Para dar el barniz de color maque a las piezas de madera, se comenzaba por untarlas de sisa, cuidando de extender uniformemente esa capa grasosa. Si el pavón habría de ese grueso, se cubría con polvo de dolomía y se frotaba con la palma de la mano hasta conseguir darle a la capa un espesor igual en todas sus partes; pero si se deseaba delgado, no se añadía nada de polvo y se proseguía en el acto a extender sobre la capa de sisa el color del fondo, en polvo muy fino, valiéndose de muñecas de algodón.

Para obtener un pavón o fondo de aspecto hermoso y bien pulido, es necesario frotar con la palma de la mano durante largo tiempo, cuidando de humedecer con sisa fluida los puntos que tienden a secarse, antes de quedar perfectamente bruñidos. Las piezas así tratadas se dejan reposar por muchos días, hasta que el barniz aparece seco y resistente, y entonces reciben la incrustación de los diversos colores. Para ello se rayan primeramente sobre el maque, con un punzón fino, los contornos de las figuras que desean pintar; en segundo lugar, con ayuda de una lámina de acero tallada en bisel, se levanta capa de maque en todas las partes del dibujo que debe ser del mismo color: el verde de las ramas, hojas, cálices y flores, por ejemplo. Y finalmente se unta de sisa de madera puesta al descubierto, con el nuevo color, como se hizo antes.

El nuevo color se deja secar después de bruñirlo como el anterior, y cuando esta consistente y duro el barniz, se aplica el color siguiente, realizando las mismas operaciones anteriores. Una vez completó el colorido del dibujo, para concluir la pieza se le frota con una mezcla de "aje" y aceite, enjugándola después con un lienzo suave. En cuanto al oro, cuando se emplea en la decoración de estas lacas, no se haya embutido, sino sobrepuesto al final.