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Bateas de Michoacán

Existen en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid unas bateas o jícaras de Michoacán, una de las cuales muestran en la cenefa y en los medallones centrales, escenas de la vida de don Quijote de la Mancha, principalmente aquella en que don Quijote se encuentra con la Duquesa; otra ostenta escenas mitológicas, y una tercera muestra la corriente flora y fauna michoacana, como en la mayor parte de las bateas antiguas. Los ejemplares de la serie que se hizo en el siglo XVIII, son escenas del Quijote, miden un metro y nueve centímetros de diámetro, y su ornamentación consiste en un circulo o un óvalo central, con alguna escena de la inmortal novela; una bordura de ricos y variados dibujo, interrumpida por cuatro medallones con figuras sobre el mismo tema general, y entre ellos y el óvalo central, follajes, arabescos y adornos coloridos y dorados.

En otro tiempo abundaron las despensas coloniales en las bateas de Michoacán que, según Manuel Romero de Terreros, se emplean para varios y muy diferentes usos, desde él bañar en ellas a los recién nacidos, hasta el de servir de recipientes para copiosas ensaladas de Nochebuena. Pero a mediados del siglo XVIII se multiplicaron de tal manera que no había hogar, por modesto que fuese, que no poseyera una o más vasijas de esa clase. Por esa época fue cuando se puso de moda, entre las clases altas mexicanas y españolas, él mandara a hacer bateas grandes, ostentosas, con escenas tomadas del Quijote, o con cuadros mitológicos e históricos. Alcanzaron gran estimación y fueron enviadas a España como regalo para los Reyes y los nobles.

Algunas de esas bateas fueron hechas con escenas cortesanas, en las que participaban figuras vistiendo a la moda del siglo XVIII y jugando a la "gallina ciega", al columpio, paseando por hermosos parques artificiales, bailando las danzas de salón o divirtiéndose en tertulias bajo techo, o en días campestres. Esas bateas son generalmente hechas sobre grandes calabazas, calabacines o guajes, que se cortan para formar un recipiente de poca hondura, y las mayores son trabajadas sobre maderas aromáticas del trópico. Sus dibujos y sistemas de maqueo o laqueado cambian, según la región en que la batea fue hecha.

Las de Olinalá en guerrero, tienen mayor influencia china que las que se hacen en Michoacán, o en Pátzcuaro.

Las lacas michoacana se hicieron desde antes de la conquista española, y las influencias posteriores modificaron sólo su estructura exterior, pero nunca su secular proceso de producción.

Don vasco de Quiroga, deseoso de hacer guardar a los indios sus tradiciones y costumbres, imprimió al arte del maqueo en Michoacán ciertas modificaciones, especialmente en lo referente al dibujo y a la introducción de nuevos colores, desconocidos hasta entonces. Con esa renovación, el arte tomó nuevo impulso, y durante los siglo XVII y XVIII, produjo los más maravillosos trabajos de su género. La declinación en la calidad del trabajo comenzó a mediados del siglo XIX, y sólo en las últimos tiempos ha habido un renacer, con el crecimiento de la producción, la nueva belleza de los estilos, y una ampliación del número de objetos a los cuales se aplica: bateas, jícaras, charolas, juguetes, cajas, costureros, baúles, nichos, muebles, cuadros y otros objetos.

La industria en Peribán desapareció; en Uruapan y Quiroga degeneró por el mal gusto de quienes pretendieron industrializarla y mejorarla y, sólo en Pátzcuaro, gracias a los esfuerzos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y a la paciente y laboriosa enseñanza del Salvador Solchaga, se logró revivir y conservar el estilo local auténtico. En los últimos tiempos se usó el pincel para dibujar las escenas deseadas, antes del laqueado, aunque se respetaba el primer laqueado de fondo, generalmente en color negro o azul muy oscuro, para pintar luego las figuras que se quería conservar, las que, una vez secas, se pulían y cubrían de laca.

Tata vasco impulsó igualmente Michoacán el arte plumario y el labrado de las famosas máscaras michoacanas, pero ambas artes no perduraron, como el laqueado. Los cronistas que hablan de Michoacán nos dicen que los indios de esa región habían descubierto, lo mismo que los artistas orientales, la manera de extraer de cierto insecto parecido a la mosca, que daba sus huevecillos en determinados árboles, una masa que disuelta en aceite vegetal se convertía en un líquido fluido que se asimilaba al objeto aplicado, dejando encima una película resistente, brillante e insoluble, que tenía,, además la propiedad de recibir y retener materias colorantes.

Esa es la pintura llamada "aje"en Michoacán, que fue usada por los artistas indígenas desde los tiempos precolombinos, por los colores característicos de aquellos tiempos: rojo, negro, ocre y amarillo. Los misioneros españoles del siglo XVI hablan, con admiración, de como " se inventó esta pintura en la provincia y fuera de ser tan vistosa, el barniz es tan valiente que a porfía se deja vencer del tiempo con la misma pieza a que está pegado ". En el año 1639, el padre Larrea elogiaba lacas michoacanas en esa forma, por su gran belleza y excelente calidad y durabilidad.